Categoría: 1 Samuel

Contra el orgullo y sus vanas esperanzas

No te llenes de orgullo por tus buenas obras, pues los juicios humanos son diferentes a los juicios de Dios, a quien muchas veces es menos agradable lo que a los ojos humanos es más agradable. “la mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero Dios mira el corazón (1 Samuel 16)
Al pensar en las cualidades tuyas que si conoces, piensa en las cualidades de los demás que no se conocen. Asi conservaras la humildad
No te hace daño colocarte después de todos los demás.. Pero si te dañaria muchísimo creerte o colocarte antes siquiera de uno solo.
En el corazón del humilde reina una paz continua, mientras que en el corazón del orgulloso hay frecuentes arrebatos de envidia y de cólera
Dios resiste a los orgullosos, pero a los humildes les da su Gracia (Santiago 4)

Imitación de Cristo (Tomás de Kempis)

David y la oración del rey



David es, por excelencia, el rey “según el corazón de Dios”, el pastor que ruega por su pueblo y en su nombre, aquel cuya sumisión a la voluntad de Dios, cuya alabanza y arrepentimiento serán modelo de la oración del pueblo. Ungido de Dios, su oración es adhesión fiel a la promesa divina (cf 2 S 7, 18-29), confianza cordial y gozosa en aquel que es el único Rey y Señor. En los Salmos, David, inspirado por el Espíritu Santo, es el primer profeta de la oración judía y cristiana. La oración de Cristo, verdadero Mesías e hijo de David, revelará y llevará a su plenitud el sentido de esta oración

Estatua del Rey David, en la capilla Borghese de la basílica de Santa Maria Maggiore en Roma

David y la oración del rey



La oración del pueblo de Dios se desarrolla a la sombra de la morada de Dios, el Arca de la Alianza y más tarde el Templo. Los guías del pueblo —pastores y profetas— son los primeros que le enseñan a orar. El niño Samuel aprendió de su madre Ana cómo “estar ante el Señor” (cf 1 S 1, 9-18) y del sacerdote Elí cómo escuchar su Palabra: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (cf 1 S 3, 9-10). Más tarde, también él conocerá el precio y el peso de la intercesión: “Por mi parte, lejos de mí pecar contra el Señor dejando de suplicar por vosotros y de enseñaros el camino bueno y recto” (1 S 12, 23)