Categoría: Santiago

Oración de alabanza, la fe



La revelación “de lo que ha de suceder pronto” —el Apocalipsis— está sostenida por los cánticos de la liturgia celestial (cf Ap 4, 8-11; 5, 9-14; 7, 10-12) y también por la intercesión de los “testigos” (mártires) (Ap 6, 10). Los profetas y los santos, todos los que fueron degollados en la tierra por dar testimonio de Jesús (cf Ap 18, 24), la muchedumbre inmensa de los que, venidos de la gran tribulación nos han precedido en el Reino, cantan la alabanza de gloria de Aquel que se sienta en el trono y del Cordero (cf Ap 19, 1-8).

En comunión con ellos, la Iglesia terrestre canta también estos cánticos, en la fe y la prueba. La fe, en la petición y la intercesión, espera contra toda esperanza y da gracias al “Padre de las luces de quien desciende todo don excelente” (St 1, 17). La fe es así una pura alabanza.

Orar en todo momento



Cuando se participa así en el amor salvador de Dios, se comprende que toda necesidad pueda convertirse en objeto de petición. Cristo, que ha asumido todo para rescatar todo, es glorificado por las peticiones que ofrecemos al Padre en su Nombre (cf Jn 14, 13). Con esta seguridad, Santiago (cf St 1, 5-8) y Pablo nos exhortan a orar en toda ocasión (cf Ef 5, 20; Flp 4, 6-7; Col 3, 16-17; 1 Ts 5, 17-18).

La autoridad de Pedro

Era, en muchos aspectos, como la de los demás apóstoles. Compartía la autoridad con ellos; les consultaba los diversos asuntos; recibía de ellos la corrección oportuna. Pero siempre le tocaba a él asumir la responsabilidad última. en Hechos 1, Pedro lideró al colegio apostólico para resolver la crisis abierta por la muerte de Judas. En Hechos 11, al tener que hacer frente al “partido de la circuncisión”, Pedro simplemente les explicó lo que Dios le había manifestado a él; y el recelo inicial se terminó inmediatamente, sin disenso, ni discusión, ni preguntas. “Al oír este se tranquilizaron (Hechos 11, 18) En el Concilio de Jerusalén (Hechos 15), fue Pedro quien clausuró el debate (Hechos 15, 7-12). Definió la doctrina que luego confirmó y concreto Santiago (Hechos 15, 14-18)

Tentaciones


I Corintios

10:13 … Y fiel es Dios que no permitirá seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación, os dará modo de poderla resistir con éxito

Santiago 1

1:1 Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo, saluda a las doce tribus de la Dispersión.1:2 Considerad como un gran gozo, hermanos míos, cuando estéis rodeados por toda clase de pruebas,1:3 sabiendo que la calidad probada de vuestra fe produce paciencia;1:4 pero la paciencia ha de culminar en una obra perfecta para que seáis perfectos e íntegros, sin que dejéis nada que desear.1:5 Si alguno de vosotros carece de sabiduría, que la pida a Dios, que da a todos generosamente y sin echarlo en cara, y se la dará.1:6 Pero que la pida con fe, sin vacilar; porque el que vacila es semejante al oleaje del mar, agitado por el viento y zarandeado de una a otra parte1:7 Que no piense recibir cosa alguna del Señor un hombre como éste,1:8 un hombre irresoluto e inconstante en todos sus caminos.1:9 Que el hermano de condición humilde se gloríe en su exaltación;1:10 y el rico, en su humillación, porque pasará como flor de hierba:1:11 sale el sol con fuerza y seca la hierba y su flor cae y se pierde su hermosa apariencia; así también el rico se marchitará en sus proyectos.1:12 ¡Feliz el hombre que soporta la prueba! Porque, superada la prueba, recibirá la corona de la vida que ha prometido el Señor a los que le aman.1:13 Ninguno, cuando sea probado, diga: «Es Dios quien me prueba»; porque Dios ni es probado por el mal ni prueba a nadie.1:14 Sino que cada uno es probado, arrastrado y seducido por su propia concupiscencia.1:15 Después la concupiscencia, cuando ha concebido, da a luz al pecado; y el pecado, una vez consumado, engendra muerte.1:16 No os engañéis, hermanos míos queridos:1:17 toda dádiva buena y todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, en quien no hay cambio ni fase de sombra.1:18 Nos engendró por su propia voluntad, con palabra de verdad, para que fuésemos como las primicias de sus criaturas.1:19 Tenedlo presente, hermanos míos queridos: Que cada uno sea diligente para escuchar y tardo para hablar, tardo para la ira.1:20 Porque la ira del hombre no realiza la justicia de Dios.1:21 Por eso, desechad toda inmundicia y abundancia de mal y recibid con docilidad la palabra sembrada en vosotros, que es capaz de salvar vuestras vidas.1:22 Poned por obra la palabra y no os contentéis sólo con oírla, engañándoos a vosotros mismos.1:23 Porque si alguno se contenta con oír la palabra sin ponerla por obra, ése se parece al que contemplaba sus rasgos fisionómicos en un espejo:1:24 efectivamente, se contempló, se dio media vuelta y al punto se olvidó de cómo era.1:25 En cambio el que considera atentamente la Ley perfecta de la libertad y se mantiene firme, no como oyente olvidadizo sino como cumplidor de ella, ése, practicándola, será feliz.1:26 Si alguno se cree religioso, pero no pone freno a su lengua, sino que engaña a su propio corazón, su religión es vana1:27 La religión pura e intachable ante Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en su tribulación y conservarse incontaminado del mundo

Tentación de San Antonio Abad 1543 – 1550. San Antonio es tentado por el Diablo, transformado en una mujer desnuda y al que acompaña una bruja. El fondo con la ciudad en llamas, así como los monstruos y demás elementos, están tomados del Bosco (h. 1450-1516)

Evita la familiaridad excesiva

No descubras tu corazón a cualquiera. Trata tus asuntos con personas prudentes y temerosas de Dios. “Quien se aconseja con los sabios, llegará a ser sabio” (Proverbios 12)
Cuidado al tratar con jóvenes o extraños. No adules a los ricos ni andes visitando poderosos.
Busca la compañía de personas sensibles y humildes, de piadosas y virtuosas y con ellos procura hablar de temas edificantes.
No tengas familiaridad con ninguna mujer (si eres casado) Pero encomienda a Dios a Todas, especialmente a las que son piadosas.
No pretendas gozar de otra familiaridad que la de Dios y de sus ángeles y santos. Huye de estar charlando con gente mundana.
“La amistad con lo mundano es enemistad con Dios (Santiago 4, 4). Que tu amistad sea gente piadosa y tú conversación toda según la Ley de Dios (Eclesiástico)

Imitación de Cristo (Tomás de Kempis)

Contra el orgullo y sus vanas esperanzas

No te llenes de orgullo por tus buenas obras, pues los juicios humanos son diferentes a los juicios de Dios, a quien muchas veces es menos agradable lo que a los ojos humanos es más agradable. “la mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero Dios mira el corazón (1 Samuel 16)
Al pensar en las cualidades tuyas que si conoces, piensa en las cualidades de los demás que no se conocen. Asi conservaras la humildad
No te hace daño colocarte después de todos los demás.. Pero si te dañaria muchísimo creerte o colocarte antes siquiera de uno solo.
En el corazón del humilde reina una paz continua, mientras que en el corazón del orgulloso hay frecuentes arrebatos de envidia y de cólera
Dios resiste a los orgullosos, pero a los humildes les da su Gracia (Santiago 4)

Imitación de Cristo (Tomás de Kempis)

Elías, los profetas y la conversión del corazón



Para el pueblo de Dios, el Templo debía ser el lugar donde aprender a orar: las peregrinaciones, las fiestas, los sacrificios, la ofrenda de la tarde, el incienso, los panes de “la proposición”, todos estos signos de la santidad y de la gloria de Dios, Altísimo pero muy cercano, eran llamamientos y caminos para la oración. Sin embargo, el ritualismo arrastraba al pueblo con frecuencia hacia un culto demasiado exterior. Era necesaria la educación de la fe, la conversión del corazón. Esta fue la misión de los profetas, antes y después del destierro

Elías es el padre de los profetas, de la raza de los que buscan a Dios, de los que van tras su rostro (cf Sal 24, 6). Su nombre, “El Señor es mi Dios”, anuncia el grito del pueblo en respuesta a su oración sobre el monte Carmelo (cf 1 R 18, 39). Santiago nos remite a él para incitarnos a orar: “La oración ferviente del justo tiene mucho poder” (St 5, 16; cf St 5, 16-18).