Categoría: Fe

La Biblia en la Misa

el Gran Amén
Apocalípsis

5:13 Y toda criatura, del cielo, de la tierra, de debajo de la tierra y del mar, y todo lo que hay en ellos, oí que respondían: «Al que está sentado en el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y poder por los siglos de los siglos.»5:14 Y los cuatro Vivientes decían: «Amén»; y los Ancianos se postraron para adorar

Templo de Salomón y un Templo Cristiano

El Cristiano debería tener presente la santidad de la casa de Dios y el respeto que ésta exige. El templo de Salomón no era más que la imagen de los nuestros. Sin embargo, los judíos y los paganos mismos le tenían veneración. 1 Crónicas capítulos 6 y 7, relatan que, cuando se consagró ese templo, Salomón inmoló veintidós mil bueyes y cien mil ovejas.
Mientras el rey rezaba en alta voz, un fuego misterioso bajó del cielo y devoró todas las víctimas: Una espesa nube se extendió en el recinto y la Majestad de Dios llenó todo el edificio. Al ver este espectáculo, los hijos de Israel, sobrecogidos de un temor sobrenatural, cayeron el rostro contra el suelo con profundo sentimiento de adoración. Salomón exclamó: ¿Será creíble que Dios habite verdaderamente sobre la Tierra? ¿Si el cielo, y los cielos de los cielos no pueden conteneros, cuánto menos lo podrá esta casa que he construido?
Ciertamente, aquel templo era digno de la veneración y de la admiración de los pueblos. Sin embargo, no era más que una figura de nuestras iglesias; no encerraba sino el Arca de la Alianza donde se conservaban las dos tablas de la Ley, un cesto de maná y la vara de Aarón que había florecido. Las víctimas en los sacrificios judaicos no eran sino animales matados y quemados, ofrecidos con pan, vino, bizcochos y otras cosas semejantes.
El templo Cristiano, ¡Cuánta no es la superioridad del templo cristiano, consagrado con el aceite y el crisma, rociado con agua bendita, perfumado con las nubes de incienso, santificado por la imposición de la señal de la cruz y destinado para la oblación del Santo Sacrificio¡ En lugar del Arca de la Alianza, tenemos el copón, en el cual es conservado el pan verdaderamente celeste, el Santísimo Sacramento del Altar, el verdadero Cuerpo de Jesucristo
Se llama a la iglesia, la Casa de Dios, y lo es en realidad, puesto que Nuestro Señor habita en ella en todo tiempo, Allí, el ejército angelical le sirve, le adora, le alaba y le lleva nuestras oraciones, dulce misterio figurado por la visión de Jacob (Génesis 28, 17-18), símbolo profético de la Iglesia Cristiana, en la que la piedra del altar está ungida con los santos óleos, piedra sagrada, de la que se puede decir con verdad: ¡Cuán terrible es este lugar¡ ¡Esta es la Casa de Dios y la puerta del cielo¡, Allí los ángeles suben y bajan para trasmitir a Dios nuestras oraciones y traernos sus gracias. Nuestras iglesias son también ese lugar del que el Señor nos habla por boca de Isaías: Los conduciré a mi morada santa y los colmaré de alegría en la casa de oración. Sus víctimas, consumidas sobre mi altar, me serán agradables y mi morada será llamada por todos los pueblos casa de oración (Isaías 66,7)
Debemos tener respecto que merece este lugar tan santo, ¡Ah¡, si tuviésemos una fe viva, entraríamos en él con temor, y con el más profundo anonadamiento y adoraríamos a nuestro Señor e la Eucaristía y veneraríamos a los ángeles, David lo proclama altamente: Iré a vuestra casa y os adoraré con temor en vuestro santo templo. En presencia de los ángeles cantaré vuestras alabanzas y ensalzaré vuestro Santo Nombre (Salmo 5,8), Aquellos que hablen, rían, o pequen de cualquiera otra manera durante los divinos oficios, provocan la cólera de Dios y se hacen culpables. En la iglesia, no sería bastante todo recogimiento ni todo cuidado para no decir palabra inútil, ni para orar con bastante devoción, ni adorar con bastante fervor, ni confesar los pecados con bastante humildad y arrepentimiento.
Maqueta del Templo de Salomón y el Retablo de la Iglesia San Francisco de Asís Tecpán Guatemala

La Iglesia y el Modernismo

Más abundante materia de hablar ofrece cuanto la escuela modernista fantasea acerca de la Iglesia.
Ante todo, suponen que debe su origen a una doble necesidad: una, que existe en cualquier creyente, y principalmente en el que ha logrado alguna primitiva y singular experiencia para comunicar a otros su fe; otra, después que la fe ya se ha hecho común entre muchos, está en la colectividad, y tiende a reunirse en sociedad para conservar, aumentar y propagar el bien común. ¿Qué viene a ser, pues, la Iglesia? Fruto de la conciencia colectiva o de la unión de las ciencias particulares, las cuales, en virtud de la permanencia vital, dependen de su primer creyente, esto es, de Cristo, si se trata de los católicos.
Ahora bien: cualquier sociedad necesita de una autoridad rectora que tenga por oficio encaminar a todos los socios a un fin común y conservar prudentemente los elementos de cohesión, que en una sociedad religiosa consisten en la doctrina y culto. De aquí surge, en la Iglesia católica, una tripe autoridad: disciplinar, dogmática, litúrgica.
La naturaleza de esta autoridad se ha de colegir de su origen: y de su naturaleza se deducen los derechos y obligaciones. En las pasadas edades fue un error común pensar que la autoridad venía de fuera a la Iglesia, esto es, inmediatamente de Dios; y por eso, con razón, se la consideraba como autocrática. Pero tal creencia ahora ya está envejecida. Y así como se dice que la Iglesia nace de la colectividad de las conciencias, por igual manera la autoridad procede vitalmente de la misma Iglesia. La autoridad, pues, lo mismo que la Iglesia, brota de la conciencia religiosa, a la que, por lo tanto, está sujeta: y, si desprecia esa sujeción, obra tiránicamente. Vivimos ahora en una época en que el sentimiento de la libertad ha alcanzado su mayor altura. En el orden civil, la conciencia pública introdujo el régimen popular. Pero la conciencia del hombre es una sola, como la vida. Luego si no se quiere excitar y fomentar la guerra intestina en las conciencias humanas, tiene la autoridad eclesiástica el deber de usar las formas democráticas, tanto más cuanto que, si no las usa, le amenaza la destrucción. Loco, en verdad, sería quien pensara que en el ansia de la libertad que hoy florece pudiera hacerse alguna vez cierto retroceso. Estrechada y acorralada por la violencia, estallará con más fuerza, y lo arrastrará todo —Iglesia y religión— juntamente.
Así discurren los modernistas, quienes se entregan, por lo tanto, de lleno a buscar los medios para conciliar la autoridad de la Iglesia con la libertad de los creyentes

CARTA ENCÍCLICA PASCENDI DEL SUMO PONTÍFICE PÍO X SOBRE LAS DOCTRINAS DE LOS MODERNISTAS

Mundo

El tiempo que resta es poco, y ustedes están como distraídos y ausentes. Están concentrados en las cosas de este mundo, que son pasajeras

Nuestra Señora de Kibeho, Rwuanda-Africa

1er mandamiento y la incredulidad

El primer mandamiento nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone a ella. Hay diversas maneras de pecar contra la fe:

La incredulidad es el menosprecio de la verdad revelada o el rechazo voluntario de prestarle asentimiento “Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma; apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos” (CIC can 751).

Los incredulidad de Santo Tomás

Sobre las Santas Escrituras y el Modernismo


Los libros sagrados
Algo hemos indicado ya sobre la naturaleza y origen de los libros sagrados. Conforme al pensar de los modernistas, podría no definirlos rectamente como una colección de experiencias, no de las que estén al alcance de cualquiera, sino de las extraordinarias e insignes, que suceden en toda religión.
Eso cabalmente enseñan los modernistas sobre nuestros libros, así del Antiguo como del Nuevo Testamento. En sus opiniones, sin embargo, advierten astutamente que, aunque la experiencia pertenezca al tiempo presente, no obsta para que tome la materia de lo pasado y aun de lo futuro, en cuanto el creyente, o por el recuerdo de nuevo vive lo pasado a manera de lo presente, o por anticipación hace lo propio con lo futuro. Lo que explica cómo pueden computarse entre los libros sagrados los históricos y apocalípticos. Así, pues, en esos libros Dios habla en verdad por medio del creyente; mas, según quiere la teología de los modernistas, sólo por la inmanencia y permanencia vital.
Se preguntará: ¿qué dicen, entonces, de la inspiración? Esta, contestan, no se distingue sino, acaso, por el grado de vehemencia, del impulso que siente el creyente de manifestar su fe de palabra o por escrito. Algo parecido tenemos en la inspiración poética; por lo que dijo uno: «Dios está en nosotros: al agitarnos El, nos enardecemos». Así es como se debe afirmar que Dios es el origen de la inspiración de los Sagrados Libros.
Añaden, además, los modernistas que nada absolutamente hay en dichos libros que carezca de semejante inspiración. En cuya afirmación podría uno creerlos más ortodoxos que a otros modernos que restringen algo la inspiración, como, por ejemplo, cuando excluyen de ellas las citas que se llaman tácitas. Mero juego de palabras, simples apariencias. Pues si juzgamos la Biblia según el agnosticismo, a saber: como una obra humana compuesta por los hombres para los hombres, aunque se dé al teólogo el derecho de llamarla divina por inmanencia, ¿cómo, en fin, podrá restringirse la inspiración? Aseguran, sí, los modernistas la inspiración universal de los libros sagrados, pero en el sentido católico no admiten ninguna
CARTA ENCÍCLICA PASCENDI DEL SUMO PONTÍFICE PÍO XSOBRE LAS DOCTRINAS DE LOS MODERNISTAS

Espíritu Santo

Aleluya, Venid, Espíritu Santo, llenad los corazones de vuestros fieles, y encended en ellos el fuego de vuestro amor!!