Categoría: Trabajo

Mérito

El mérito del hombre ante Dios en la vida cristiana proviene de que Dios ha dispuesto libremente asociar al hombre a la obra de su gracia. La acción paternal de Dios es lo primero, en cuanto que Él impulsa, y el libre obrar del hombre es lo segundo, en cuanto que éste colabora, de suerte que los méritos de las obras buenas deben atribuirse a la gracia de Dios en primer lugar, y al fiel, seguidamente. Por otra parte, el mérito del hombre recae también en Dios, pues sus buenas acciones proceden, en Cristo, de las gracias prevenientes y de los auxilios del Espíritu Santo.

La Iglesia y la enseñanza en la Edad Media


En el siglo XII había sólo en Francia 70 abadías con escuelas. Todos los grandes obispos querían una

El Dr. Thomas Woods, doctor en Historia por la Universidad de Harvard en EE.UU. dice en uno de sus libros que:

“La Iglesia católica moldeó el tipo de civilización en que vivimos y el tipo de personas que somos mucho más de lo que la gente es consciente. Aunque los típicos libros de las facultades no lo digan, la Iglesia católica fue la indispensable constructora de la civilización occidental. La Iglesia católica no sólo eliminó costumbres repugnantes del mundo antiguo, como el infanticidio y los combates de los gladiadores, sino que, después de la caída de Roma, restauró y construyó la civilización”.

Uno de los puntos más importantes de la actuación de la Iglesia en la Edad Media cristiana fue en el campo de la ciencia. Sin la Iglesia no existiría la belleza de la arquitectura, de la música, del arte sacro, de las universidades, de los castillos, del derecho, de la economía, etc.

En el siglo VI San Cesareo de Arlés ya exponía en el Concilio de Vaison (529) la necesidad imperiosa de crear escuelas en el campo; y de que los obispos se dedicaran a esto. Igualmente fue la Iglesia la que puso en pie para Carlomagno (†814) su política escolar; y retomó la tarea educadora en el siglo X tras el fin de su Imperio.

El III Concilio de Letrán (1179), en Roma, presidido por el Papa Alejandro III (1159-1181), ordenó al clero que abriese escuelas por todas partes para los niños, gratuitamente. Obligó que todas las diócesis tuvieran al menos una. Esas escuelas fueron las semillas de las Universidades que luego surgirían: Sorbona (Paris), Bolonia (Italia), Canterbury (Inglaterra), Toledo y Salamanca (España), Salerno, La Sapienza, Raviera en Italia; Coimbra en Portugal.

En el siglo XII había sólo en Francia 70 abadías con escuelas. Todos los grandes obispos también querían tener escuelas: en Francia, en el siglo XII había más de 50 escuelas episcopales. De los siete a los veinte años los niños y jóvenes eran recibidos en esas escuelas sin distinción de clases. Había escuelas sólo para niñas y jóvenes. Las disciplinas se dividían en “trivium” (gramática, dialéctica y retórica) y “quadrivium” (aritmética, geometría, astronomía y música). Pero un gran pedagogo de la época, Thierry de Chartres, decía que el “trivium y el quadrivium” eran sólo un medio y que el fin era “formar almas en la verdad y en la sabiduría”.

En muchas escuelas los alumnos tenían enseñanza técnica de cómo trabajar el oro, la plata y el cobre. En algunas surgían las especializaciones: Chartres (letras), París (teología), Bolonia (derecho), Salerno y Montpellier (medicina).

El Concilio general de Letrán III, aprobó el siguiente canon: “La Iglesia de Dios, como madre piadosa, tiene el deber de velar por los pobres a los cuales por la indigencia de los padres faltan los medios suficientes para poder fácilmente estudiar y progresar en las letras y en las ciencias. Ordenamos, por tanto, que en todas las iglesias catedrales se provea un beneficio (renta) conveniente a un maestro, encargado de enseñar gratuitamente a los clérigos de esa iglesia y a todos los alumnos pobres” (can. 18, Mansi XXII 227s).

El IV Concilio ecuménico de Letrán (1215), renovó este decreto. Teodulfo, obispo de Orléans en el siglo VIII, promulgó el siguiente decreto: “Los sacerdotes mantengan escuelas en las aldeas, en los campos; si cualquiera de los fieles les quisiera confiar a sus hijos para aprender las letras no los dejen de recibir e instruir, pero enséñenles con perfecta caridad. No por esto exijan salario o reciban recompensa alguna a no ser por excepción, cuando los padres voluntariamente la quisiera ofrecer por afecto o reconocimiento” (Sirmond, Concilia Galliae II 215).

Es muy significativo que uno de los últimos testimonios contra la acusación de que la Iglesia obstruyó la ciencia en la Edad Media lo realizara en 1957 un grupo de expertos que, sin intención confesional alguna, escribieron la historia de la ciencia antigua y medieval:

“Nos parece imposible aceptar la doble acusación de estancamiento y esterilidad levantada contra la Edad Media latina. Por cierto la herencia (cultural) antigua no fue totalmente conocida ni siempre juiciosamente explorada;… pero no es menos verdad que de un siglo a otro – incluso de una generación a otra dentro del mismo grupo – hay evolución y generalmente progreso. La Iglesia en la Edad Media salvó y estimó mucho más de lo que frenó o desvió. Por esto, cuando sólo quiere apelar a la Antigüedad, el Renacimiento es realmente el hijo ingrato de la Edad Media” (La science antique et médiévale, sous la direction de René Taton, Presses Universitaires de France. Paris 1957, 581s).

Esos pocos datos muestran cuánto hizo la Iglesia por la enseñanza y por el saber en la Edad Media, muy al contrario de lo que muchos piensan: que la Iglesia fue contra la ciencia y la enseñanza

Comunión de los Santos

los santos no sólo hablan con Dios, sino también su conversación versa sobre asuntos de la tierra, y que esta conversación tiene un efecto inmediato y poderoso en los acontecimientos de la tierra.


Los santos reciben su poder como una bendición de Dios. Juan refiere una voz que dice: Bienaventurados los muertos, dice el Espíritu, que descansen de sus trabajos, porque sus obras les acompañan (Apocalipsis 14,13)


Está claro, Por el Apocalipsis de San Juan, que la bendición de los santos en los cielos se derrama en cascada para bendecir también la tierra

La ley natural es inmutable

(cf GS 10) y permanente a través de las variaciones de la historia; subsiste bajo el flujo de ideas y costumbres y sostiene su progreso. Las normas que la expresan permanecen substancialmente valederas. Incluso cuando se llega a renegar de sus principios, no se la puede destruir ni arrancar del corazón del hombre. Resurge siempre en la vida de individuos y sociedades:
«El robo está ciertamente sancionado por tu ley, Señor, y por la ley que está escrita en el corazón del hombre, y que la misma iniquidad no puede borrar» (San Agustín, Confessiones, 2, 4, 9)

La ley moral

La ley es una regla de conducta proclamada por la autoridad competente para el bien común. La ley moral supone el orden racional establecido entre las criaturas, para su bien y con miras a su fin, por el poder, la sabiduría y la bondad del Creador. Toda ley tiene en la ley eterna su verdad primera y última. La ley es declarada y establecida por la razón como una participación en la providencia del Dios vivo, Creador y Redentor de todos “Esta ordenación de la razón es lo que se llama la ley” (León XIII, Carta enc. Libertas praestantissimum; citando a santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 1-2, q 90, a 1):
«El hombre es el único entre todos los seres animados que puede gloriarse de haber sido digno de recibir de Dios una ley: animal dotado de razón, capaz de comprender y de discernir, regular su conducta disponiendo de su libertad y de su razón, en la sumisión al que le ha sometido todo» (Tertuliano, Adversus Marcionem, 2, 4, 5).

Solidaridad

se manifiesta en primer lugar en la distribución de bienes y la remuneración del trabajo. Supone también el esfuerzo en favor de un orden social más justo en el que las tensiones puedan ser mejor resueltas, y donde los conflictos encuentren más fácilmente su solución negociada

Los problemas socioeconómicos sólo pueden ser resueltos con la ayuda de todas las formas de solidaridad: solidaridad de los pobres entre sí, de los ricos y los pobres, de los trabajadores entre sí, de los empresarios y los empleados, solidaridad entre las naciones y entre los pueblos. La solidaridad internacional es una exigencia del orden moral. En buena medida, la paz del mundo depende de ella

La virtud de la solidaridad va más allá de los bienes materiales. Difundiendo los bienes espirituales de la fe, la Iglesia ha favorecido a la vez el desarrollo de los bienes temporales, al cual con frecuencia ha abierto vías nuevas. Así se han verificado a lo largo de los siglos las palabras del Señor: “Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura” (Mt 6, 33): «Desde hace dos mil años vive y persevera en el alma de la Iglesia el sentido de responsabilidad colectiva a favor de todos, que ha impulsado e impulsa todavía a las almas hasta el heroísmo caritativo de los monjes agricultores, de los libertadores de esclavos, de los que atienden enfermos, de los mensajeros de fe, de civilización, de ciencia, a todas las generaciones y a todos los pueblos con el fin de crear condiciones sociales capaces de hacer posible a todos una vida digna del hombre y del cristiano (Pío XII, Mensaje radiofónico del 1 de junio de 1941).

La solidaridad humana

El principio de solidaridad, expresado también con el nombre de “amistad” o “caridad social”, es una exigencia directa de la fraternidad humana y cristiana (cf SRS 38-40; CA 10):

Un error capital, “hoy ampliamente extendido y perniciosamente propalado, consiste en el olvido de la caridad y de aquella necesidad que los hombres tienen unos de otros; tal caridad viene impuesta tanto por la comunidad de origen y la igualdad de la naturaleza racional en todos los hombres, cualquiera que sea el pueblo a que pertenezca, como por el sacrificio de redención ofrecido por Jesucristo en el altar de la cruz a su Padre del cielo, en favor de la humanidad pecadora” (Pío XII, Carta enc. Summi pontificatus).