Categoría: Trabajo

Distribución

Al venir al mundo, el hombre no dispone de todo lo que es necesario para el desarrollo de su vida corporal y espiritual. Necesita de los demás. Ciertamente hay diferencias entre los hombres por lo que se refiere a la edad, a las capacidades físicas, a las aptitudes intelectuales o morales, a las circunstancias de que cada uno se pudo beneficiar, a la distribución de las riquezas (GS 29).

Los “talentos” no están distribuidos por igual (cf Mt 25, 14-30, Lc 19, 11-27) 1937 Estas diferencias pertenecen al plan de Dios, que quiere que cada uno reciba de otro aquello que necesita, y que quienes disponen de “talentos” particulares comuniquen sus beneficios a los que los necesiten.

Las diferencias alientan y con frecuencia obligan a las personas a la magnanimidad, a la benevolencia y a la comunicación. Incitan a las culturas a enriquecerse unas a otras: «¿Es que acaso distribuyo yo las diversas [virtudes] dándole a uno todas o dándole a éste una y al otro otra particular? [] A uno la caridad, a otro la justicia, a éste la humildad, a aquél una fe viva [] En cuanto a los bienes temporales, las cosas necesarias para la vida humana las he distribuido con la mayor desigualdad, y no he querido que cada uno posea todo lo que le era necesario, para que los hombres tengan así ocasión, por necesidad, de practicar la caridad unos con otros [] He querido que unos necesitasen de otros y que fuesen mis servidores para la distribución de las gracias y de las liberalidades que han recibido de mí» (Santa Catalina de Siena, Il dialogo della Divina provvidenza, 7).

Burlas y persecuciones

Cuando una persona está en un cuarto oscuro por un largo tiempo, y viene alguien y de repente enciende una bombilla, ésta se siente encandilada, siente que la luz le fastidia, no la soporta e intenta apagarla. Esto mismo le ocurre al mundo, se encuentra sumergido en las tinieblas del pecado, y es por ello que cuando viene un cristiano con la luz de Cristo, le fastidia, le incomoda y por ello intenta apagarlo. Es así como, cuando el mundo no logra seducirnos y conformarnos a su mentalidad entonces intenta desanimarnos y apabullarnos a través de burlas y persecuciones.
Pero no hay que olvidar que el cristianismo siempre ha estado marcado por la persecución, el mismo Cristo la padeció y nos advirtió que sus discípulos serían aborrecidos y perseguidos por el mundo: “Bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan, y cuando, por mi causa, os acusen en falso de toda clase de males” (Mt 5,11). En sus inicios, el cristianismo fue víctima de violentas y sangrientas persecuciones, que se daban abiertamente, y en las que cientos de mártires derramaron su sangre. Ahora, asistimos a una persecución solapada pero feroz, a una persecución moral que se da a través del lenguaje -chistes y burlas que ridiculizan lo sagrado, lo piadoso y lo moral-, de los medios de comunicación -que se encarnizan mostrando aquellas noticias escandalosas en que aparece involucrado un sacerdote o una religiosa-, de las leyes -que atentan contra la vida, la familia, el matrimonio, la libertad religiosa-. En fin, es una persecución cultural, donde tal vez no se prohíbe abiertamente el cristianismo, pero donde la estrategia es crearle un ambiente totalmente adverso. Una persecución que busca acorralar el cristianismo, que quiere sacar la fe del ámbito público y reducirla a lo privado.
Pero Jesús nos dijo “felices los perseguidos por causa mía”, por ello debemos estar alegres, tener la frente en alto y estar dispuestos a dar la batalla. Debemos ser valientes, ir contra corriente y no resignarnos a la mediocridad de este mundo, pues los mediocres solo se burlan de aquellos a quienes no pueden imitar

Justicia social

La sociedad asegura la justicia social cuando realiza las condiciones que permiten a las asociaciones y a cada uno conseguir lo que les es debido según su naturaleza y su vocación. La justicia social está ligada al bien común y al ejercicio de la autoridad

Razones para vivir

Los ciudadanos deben cuanto sea posible tomar parte activa en la vida pública. Las modalidades de esta participación pueden variar de un país a otro o de una cultura a otra “Es de alabar la conducta de las naciones en las que la mayor parte posible de los ciudadanos participa con verdadera libertad en la vida pública” (GS 31)

La participación de todos en la promoción del bien común implica, como todo deber ético, una conversión, renovada sin cesar, de los miembros de la sociedad. El fraude y otros subterfugios mediante los cuales algunos escapan a la obligación de la ley y a las prescripciones del deber social deben ser firmemente condenados por incompatibles con las exigencias de la justicia. Es preciso ocuparse del desarrollo de instituciones que mejoran las condiciones de la vida humana (cf GS 30)

Corresponde a los que ejercen la autoridad reafirmar los valores que engendran confianza en los miembros del grupo y los estimulan a ponerse al servicio de sus semejantes. La participación comienza por la educación y la cultura “Podemos pensar, con razón, que la suerte futura de la humanidad está en manos de aquellos que sean capaces de transmitir a las generaciones venideras razones para vivir y para esperar” (GS 31).

Autoridad

La autoridad no saca de sí misma su legitimidad moral. No debe comportarse de manera despótica, sino actuar para el bien común como una “fuerza moral, que se basa en la libertad y en la conciencia de la tarea y obligaciones que ha recibido” (GS 74, 2)

«La legislación humana sólo posee carácter de ley cuando se conforma a la justa razón; lo cual significa que su obligatoriedad procede de la ley eterna. En la medida en que ella se apartase de la razón, sería preciso declararla injusta, pues no verificaría la noción de ley; sería más bien una forma de violencia» (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 1-2, q 93, a 3 ad 2).

Autoridad

Toda comunidad humana necesita una autoridad que la rija (cf León XIII, Carta enc. Diuturnum illud; Carta enc. Inmortale Dei). Esta tiene su fundamento en la naturaleza humana. Es necesaria para la unidad de la sociedad. Su misión consiste en asegurar en cuanto sea posible el bien común de la sociedad

Autoridad

Una sociedad bien ordenada y fecunda requiere gobernantes, investidos de legítima autoridad, que defiendan las instituciones y consagren, en la medida suficiente, su actividad y sus desvelos al provecho común del país” (PT 46).
Se llama “autoridad” la cualidad en virtud de la cual personas o instituciones dan leyes y órdenes a los hombres y esperan la correspondiente obediencia