Con el fin, pues, de purificar el alma humana de estas falsedades, la Sagrada Escritura, adaptándose a nuestra cortedad, no esquivó palabra alguna humana con el intento de elevar, en gradación suave, nuestro entendimiento bien cultivado a las alturas sublimes de los misterios divinos. Así, al hablar de Dios, usa expresiones tomadas del mundo corpóreo y dice: Encúbreme a la sombra de tus alas (Sal. 17, 8). Y aun le place usurpar del mundo inmaterial locuciones innúmeras, no para significar lo que Dios es en sí, sino porque así era conveniente expresarse, Por ejemplo: Yo soy un Dios celoso (Ex. 20, 5). Me arrepiento de haber creado al hombre (Gn. 6, 7). Por el contrario, de las cosas inexistentes se abstiene en general la Escritura de emplear expresiones que cuajen enigmas o iluminen sentencias. Por eso se disipan en vanas y perniciosas sutilezas aquellos que, enmarcados en el tercer error, se distancian de la verdad fingiendo en Dios lo que ni en Él ni en ser alguno creado es dable encontrar. Con símiles tomados de la creación suele la Escritura divina formar como pasatiempos infantiles con la intención de excitar por sus pasos en los débiles un amor encendido hacia las realidades superiores, abandonando las despreciables. Lo que es propio de Dios, que no se encuentra en ninguna criatura, rara vez lo menciona la Escritura divina, como aquello que fue dicho a Moisés: Yo soy el que soy; y: El que es me envía a vosotros (Ex. 3, 14). Ser se dice en cierto modo del cuerpo y del espíritu, mas la Escritura no diría esto si no quisiera darle un sentido especial. Dice también el Apóstol: El único que posee la inmortalidad (1Tm. 6, 16). Siendo el alma, en cierta medida, inmortal, no diría el Apóstol: El único que la posee, si no se tratase de la verdadera inmortalidad inconmutable, que ninguna criatura puede poseer, pues es exclusiva del Creador. Esto dice Santiago: Toda dádiva optima y todo don perfecto viene de arriba, desciende del Padre de las luces, en el cual no se da mudanza ni sombra de variación (St. 1, 17). Y David en el Salmo: Los mudarás y serán mudados; pero tú eres siempre el mismo (Sal. 102, 27- 28)
De Trinitate. Agustín de Hipona
