Debe ser confiada para acercarnos sin vacilación al trono de la gracia, como se dice en Hebreos 4, 16. Además debe hacerse con fe que no desfallezca, como dice Santiago (1, 6): «Que pida con fe, sin ninguna vacilación». Aun racionalmente esta oración es segurísima: está formada por nuestro abogado, que pide de manera sapientísima, en el cual están todos los tesoros de la sabiduría, como se dice en Colosenses 2, y del cual dice 18 Juan 2, 1: «Tenemos un abogado ante el Padre, Jesucristo justo»; por lo cual dice Cipriano en su tratado sobre la Oración Dominical: «Como con Cristo tenemos un abogado ante el Padre por nuestros pecados, cuando pedimos por nuestros delitos, presentemos las palabras de nuestro abogado». También por otro motivo se ve que esta oración es oída más seguramente y es que Él mismo que nos la enseñó la oye con el Padre, según aquello del Salmo 90, 15: «Clamará a Mí, y Yo lo oiré». Por lo cual dice Cipriano: «Rogar a Nuestro Señor con sus propias palabras es hacerle una oración grata, familiar y devota». Por lo cual nunca deja de sacarse algún fruto de esta oración, y según San Agustín por ella se perdonan nuestros pecados veniales
Comentarios sobre el Padre Nuestro y los Diez Mandamientos. Santo Tomás de Aquino
