El sufrimiento de Jesucristo permanece un misterio, alrededor del cual solo podemos ir moviéndonos con suma reverencia. Jesús mismo no solo ha sabido de antemano de ese misterio, sino que ha distribuido su fruto por adelantado. <Nadie me quita mi vida, Yo la doy voluntariamente> (Jn 10,18). <Tomad y comed, este es mi cuerpo … Bebed todos de ella, esta es mi sangre de la Alianza, derramada por muchos para el perdón de los pecados> (Mt 26,26- 28). El dispone de su sufrimiento. Pero, en qué consiste este sufrir? No principalmente en un tormento fiísico que en aquel entonces miles de personas tuvieron que soportar igual que Él, sino en algo mucho más profundo si damos fe a los textos: en un ser abandonado por el Dios al que Él llama de una manera muy especial su Padre, con el que está unido como ningún otro y en cuyo <seno> siempre descansa. Nadie conoce al Padre sino el Hijo> (Mt 11,27). Por lo tanto, nadie puede experimentar semejante abandono de Dios como el Hijo. Este es el sufrimiento más profundo posible: saber por experiencia propia quién es Dios y haber perdido a ese Dios, aparentemente para siempre.
Pero solo ahora viene lo decisivo. Según los textos del Nuevo Testamento, ese sufrimiento no tiene lugar porque Dios se siente solidario con los que sufren, como dicen hoy muchos teólogos. El concepto de solidaridad expresa, sin duda, algo correcto, como lo podemos ver en el hecho de que Jesús es crucificado junto a dos malhechores, pero de ningún modo agota el contenido de su sufrimiento. Más bien, debemos aceptar el concepto de sustitución vicaria que ya nos es conocido a partir del <siervo de Dios>: uno puede, manifiestamente, expiar por los pecados de muchos. Esto lo sabía Israel. Con esto vamos ya pisando sobre las huellas justas, pero aún no estamos en la meta. Más allá de esto, debemos saber quién es ese uno. En los cantos del <siervo de Dios>, parece ser un hombre. Jesús, en efecto, es un hombre, pero es más que un hombre: Él es el Hijo del Padre. Por eso su sufrimiento no solo es el más profundo posible, como se ha dicho, sino que también puede ser el que expía por todos, porque tiene el poder de, descendiendo, atravesar y tomar desde abajo todo pecado, pero también todo sufrimiento del mundo, y asítransformarlo en una obra del amor supremo. Amor supremo no solo de Aquel que se dona, sino también de Aquel que lo dona: <Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, por el mundo (Jn 3,16), para reconciliarlo consigo por medio de Aquel que se hace el portador de todo pecado (2 Co 5,19- 21). Esta es la Buena Nueva cristiana tal y como la proclama el Nuevo Testamento, y solo ella en su plena totalidad orgánica puede arrojar luz sobre nuestro problema: Dios y el sufrimiento.
La pasión no es lo único en la vida de Jesús, ella está entre su vida terrena de trabajador y de predicador itinerante y su resurrección hacia el Padre, en la que toma consigo sus estigmas transfigurados en la vida eterna. El cristianismo no es una religión unilateral del sufrimiento. A este le antecede un trabajo dirigido al mundo y transformador del mundo, y le sigue una vida junto a Dios que acoge y salva en el todo lo vivido y sufrido. Según la concepción cristiana, el sufrimiento de Jesús es <inclusivo>, es decir, da acceso al sufrimiento del otro, que incluido en el suyo también puede expiar vicariamente. Pablo lo dice de un modo explícito en muchos pasajes (Col 1,24; Gal 4,19, etc.). El cristiano que conoce esta inclusión ve en ese sufrir con Cristo algo pleno de sentido, incluso algo digno de ser deseado, también si se transforma en una carga <que nos abruma de un modo excesivo, por encima de nuestras fuerzas> (2 Co 1,8). Un Esteban y otros discípulos en los Hechos de los Apóstoles se consideran bienaventurados por recibir la gracia de soportar tal sufrimiento por amor de Cristo y junto con Él.
¿Y el sufrimiento del sinnúmero de todos los demás que no conocen esta paradójica bienaventuranza? Aquí chocamos contra un límite de nuestra capacidad de expresión. Solo recordemos que en su Pasión Cristo ha sufrido más que todo sufrimiento humano, y lo ha hecho vicariamente, para que ningún sufrimiento humano, por más atroz y perverso que sea, vaya más allá del suyo, sino que quede conservado en el interior del suyo
Dios y el sufrimiento. Balthasar, Hans Urs von
