¿El final es la muerte?



El <trabajo de la pasión> no devalúa de ningún modo la actividad divino-humana de Jesús durante su vida terrena. Su pasión abraza desde abajo toda su acción precedente, así como en cada vida humana la muerte concluye todo el obrar. La muerte no dice que la actividad anterior ha sido vana y sin sentido. En el cristianismo, la pasión no elimina el sentido de la acción humana y cristiana. Nosotros somos inequívocamente exhortados a hacer todo lo que está en nuestro poder para mitigar el sufrimiento humano en torno a nosotros, para trabajar, tanto como podamos, por la paz entre los hombres y los pueblos, para realizar las obras de misericordia corporales y espirituales que el Evangelio nos sugiere, para promover todo progreso significativo que ayude a curar a los enfermos, a vencer la miseria de las favelas a escala mundial, a eliminar toda injusticia en la discriminación racial y en la opresión de los trabajadores. Para esto no se necesita, en cuanto tal, ser cristiano, si bien en todas estas demandas los cristianos deberían ser, en el frente de lucha, los promotores de la humanidad y animadores de los resignados.

El mismo Jesús ha puesto durante su actividad pública signos visibles por los que era posible reconocer su carácter mesiánico. Cuando el Bautista encarcelado envía a preguntarle si Él era el esperado, Jesús le responde: <Id y contad a Juan lo que ois y veis: los ciegos ven y los cojos caminan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva>, como lo había profetizado Isaias (Mt 11,4-5). Resucitar a los muertos es su privilegio, pero hacer el bien a los que sufren -una gota en el océano- es un símbolo no solo de las gracias que Dios regala a los hombres, sino también del bien que los hombres deberían hacer a sus semejantes.

No en vano el médico es elogiado y recomendado en la Biblia (Si 38); pero, curiosamente, a esto le sigue otra recomendación, es decir, no tomar la muerte de un modo demasiado trágico. Todo arte humano debe esforzarse tanto por los enfermos como por su propio progreso, pero reconociendo el límite infranqueable: la muerte como signo del poder de Dios sobre la existencia finita. Esta intuición humilla y nos hace humildes: no tiene sentido querer prolongar una vida mortal ilimitadamente. Una vez más según la Biblia, el morir con <largos años > es una gran dicha. Pero dichosos son la estéril> y el <eunuco si esto los salva de la impiedad; o la muerte temprana si salva de una vida impía (Sb 3,13ss.; 4,7ss.).

Una contraprueba la aportan las novelas utópicas que nos retratan hombres multicentenarios espectrales (como Estrella de los no nacidos de Franz Werfel o Un mundo feliz de Aldous Huxley). En esta tierra, el hombre es y permanece un ser que lucha contra poderes que él puede derrotar hasta cierto punto, pero que son y permanecen eternamente superiores a él. Los virus y microbios que se hacen resistentes a los nuevos medicamentos nos ejemplifican irónicamente esta verdad. No miramos acaso inquietos hacia un tiempo en el que las máquinas se habrán encargado del trabajo del hombre y este ya no sabrá con qué <actividades en el tiempo libre>  podrá remediar su aburrimiento y, como se dice, <matar el tiempo>? También el deporte, es verdad, tiene en sí momentos de lucha; sin embargo, no es también él un simulacro inofensivo de lo realmente apasionante, de lo que en verdad cumple la existencia: la lucha por la vida?

Al final de esta reflexión están, bien sencillamente, las <Bienaventuranzas> de Jesús. Por cierto, ellas se ordenan en dos series: los que sufren (como los pobres, los afligidos, los que tienen hambre y sed, los perseguidos) y los que se dirigen a ellos con compasión (los mansos que no devuelven el golpe sufrido los misericordiosos, los que trabajan por la paz). Pero, qué sería de los segundos si no existieran los primeros? Jesús llama bienaventurado al conjunto, a la reciprocidad entre los que sufren y los que alivian el dolor. Se le malinterpretaría si se quisiera referir el sufrimiento y el alivio solo a este tiempo del mundo; la bienaventuranza y la <recompensa>, solo al cielo. Bajo la terrible realidad del sufrimiento del mundo y de la lucha (a menudo desesperada) contra ese dolor como bajo una superficie agitada del mar, Jesús ve una profundidad llamada paz, es más, beatitud. Esta mirada inaudita en la profundidad nos pone, por última vez, ante la cuestión de nuestro título: Dios y el sufrimiento.

Dios y el sufrimiento. Balthasar, Hans Urs von

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

Deja un comentario