Los orígenes del Temple



La historia se remonta hacia el año 1099, época gloriosa para la Cristiandad en que los cruzados habían recuperado Tierra Santa caida en manos de los musulmanes cuatrocientos años antes.  Durante los cuatro siglos de ocupación, la convivencia entre cristianos y moros había sido, con sus más y sus menos, tolerable, permitiéndose la afluencia de peregrinos llegados desde Europa, para visitar la tierra de Cristo; sin embargo, la invasión de los turcos selyúcidas convertidos hacía poco a la fe de Mahoma y fervorosos como todo neoconverso, había cambiado el panorama, haciendo que la convivencia pacífica desapareciese. La no tolerancia de los <infieles> y la persecución contra los cristianos, fue el detonante de lo que se dio en llamar las Cruzadas, con la consiguiente reconquista y reinado cristiano de los Santos Lugares, que durará hasta 1291, fecha trágica si las hubo. Este marco histórico no sólo hará que nazcan nuevas órdenes religiosas como los templarios y hospitalarios (1113), sino que hasta una nueva espiritualidad laical en el seno de la sociedad: una espiritualidad de lucha y de conquista por el reinado de Cristo. Con la toma de Jerusalén, los peregrinos europeos seguros de caminar ahora por tierras locales retomarían sus viajes más allá del Mediterráneo para satisfacer un voto o cumplir una promesa. Los cruzados eran la garantia de su seguridad; pero eso no duraría mucho tiempo. Sucedía que también los cruzados eran una especie de peregrinos guerreros; muchos de ellos habían hecho voto de ir a la Cruzada y, una vez terminadas las batallas, volvían a sus hogares dejando los Santos Lugares reconquistados.

Esto llevaba a que, sin seguridad visible, los caminos de peregrinación se convirtiesen en verdaderas <zonas liberadas> para el pillaje y el vandalismo; el ojo del amo siempre engorda el ganado… La seguridad entonces era nuevamente necesaria; fue así como, conscientes de esta situación, algunos nobles caballeros decidieron conformarse mediante un voto solemne, para defender a los peregrinos que visitasen aquellas tierras. Entre ellos, los franceses Hugo de Payns y Godofredo de Saint- Audemar fueron los primeros en tomar la resolución (en 1119); no se trataría simplemente de una guardia o milicia cristiana, sino que se le agregaría una característica que cambiaría por completo la sustancia: serían religiosos. No se trataba, en efecto, de militares que se santificaban con las prácticas religiosas, sino de religiosos que lo hacían por medio de la milicia armada. los votos de castidad, pobreza y obediencia, se le añadiría entonces, uno más: el de la defensa armada de los peregrinos. Tal fue la decisión y el ansia de defender a los más débiles que, cinco o seis años después, ya eran nueve los miembros de la más alta alcurnia dispuestos a emprender la aventura; uno de ellos era, ni más ni menos, Andrés de Montbard, tío del gran San Bernardo, abad de Claraval. Ya en Jerusalén, los primeros < Pobres Caballeros de Cristo> (ese fue el nombre que se impusieron) luego de hacer sus votos ante el patriarca, recibieron del rey Balduino II, la posesión de la explanada del Templo (1119- 1120) y, posteriormente, de la Torre de David, primera residencia real que se identificaba con el antiguo Templo de Salomón y que los musulmanes habían convertido en la mezquita Al-Aksa. Fue por este enorme templo que, con el correr de los años recibirían el nombre de <templarios> adoptando su propia cruz que se haría famosa ( ) Quienes elegían esta vocación, se encontraban jerárquicamente distribuidos según el origen: en primer lugar los nobles caballeros, encargados de ir al frente en la batalla como era costumbre en la Edad Media; en segundo lugar los sargentos y escuderos que se incorporaban como ayudantes; luego los sacerdotes y clérigos como responsables del servicio religioso y, por último, los artesanos criados y ayudantes que obraban como hermanos legos de la orden. Tal era el fervor por <cruzarse>, que en pocos años el Temple vio engrosadas sus filas como un reguero de pólvora. Basta con visitar alguna vez el Santo Sepulcro de Jerusalén para ver grabadas infinidad de cruces templarias o cruzadas en su interior, grabadas por los guerreros que allí llegaban.

Pero la incipiente orden contaría además con una ayuda <extra> pues, como dijimos más arriba, el famosísimo San Bernardo, predicador de cruzadas y fundador de monasterios, por su parentesco con uno de los primeros caballeros, se ocuparía en persona de reunirse en audiencia con el Papa Honorio II, convocando ni más ni menos que un Concilio en Troyes (Francia, 1128) donde se regularían los detalles de la Nova Militia. El furor causado por los caballeros y la protección prestada a los peregrinos, haría que se convirtiesen rápidamente en los religiosos à la mode de las Cruzadas; en efecto, la ayuda que prestaban a la Cristiandad no era menor, al garantizar las peregrinaciones sin contratiempos, por lo que, en 1139 el papa Inocencio II les concedió una bula (Omne datum optimum) concediéndoles la independencia y la exención del diezmo para las diócesis en que se encontrasen, cosa que no agradó demasiado a ciertos prelados apegados a las cosas de este mundo. No olvidemos ambos detalles. Pero veamos ahora las virtudes de estos monjes- caballeros y su vida cotidiana

JAVIER OLIVERA RAvasI, Que no te la cuenten I, Buen combate, Buenos Aires 2013, 71-96.
DANIEL-Rors, La Iglesia de la Catedral y de la Cruzada, Luis de Caralt, Barcelona 1956;
HAROLD LAMB, Historia de las Cruzadas (2 vol), Juventud Argentina, Buenos Aires 1954;
Régine Pernoud, Los hombres de las Cruzadas, Swan, Madrid, 1987;
HILLAIRE BELLOC, Las Cruzadas, Emecé, Buenos Aires 1944.
ANDRÉ V AUCHEZ, La espiritualidad del occidente medieval, Cátedra, Madrid 1985, 89-113.

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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