<Como Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin> (n 13, 1).
Estas palabras del evangelista Juan introducen solemnemente el gran <discurso sacerdotal> de Jesús después de la Cena del jueves santo. Son palabras que expresan muy bien las disposiciones del alma necesarias para cualquier reflexión acerca del misterio del sacerdote ¿Cómo se puede abordar el tema sin estremecerse? Es fundamental no precipitarse y abrir el alma al soplo del Espiritu Santo.
Retomando las palabras del cura de Ars, el sacerdocio es el amor del corazón de Jesús. No podemos convertirlo en motivo de polémicas de luchas ideológicas o de maniobras políticas; como tampoco podemos reducirlo a una cuestión de disciplina de organización pastoral Estos últimos meses hemos sido testigos de mucha precipitación mucho nerviosismo en torno al sínodo de la Amazonía. Mi corazón de obispo está inquieto. He recibido a muchos sacerdotes desorientados, agitados y heridos en lo más profundo de su vida espiritual por el feroz cuestionamiento de la doctrina de la Iglesia. Hoy quiero volver a decirles: ¡no tengáis miedo! <El sacerdote, recordaba Benedicto XVI, es un don del Corazón de Cristo: un don para la Iglesia y para el mundo. Del Corazón del Hijo de Dios, desbordante de caridad, proceden todos los bienes de la Iglesia y en él tiene su origen de modo especial la vocación de aquellos hombres que, conquistados por el Señor Jesús, lo dejan todo para dedicarse completamente al servicio del pueblo cristiano, siguiendo el ejemplo del Buen Pastor>.
Queridos hermanos sacerdotes, deseo hablaros sin rodeos. Parecéis perdidos desalentados, invadidos por el sufrimiento. Un terrible sentimiento de abandono y de soledad atenaza vuestro corazón. En un mundo socavado por la incredulidad y la indiferencia, es inevitable que el apóstol sufra: el sacerdote que arde de fe y de amor apostólico enseguida es consciente de que el mundo está como del revés. No obstante, el misterio que habita en vosotros puede daros la fuerza para vivir en medio del mundo. Y, cada vez que el servidor de lo único necesario, se esfuerza por meter a Dios en la entraña de su vida, aporta un poco de luz a las tinieblas
Desde lo más hondo de nuestros corazones (Mundo y Cristianismo) Sarah, Cardenal Robert
