sin dudas, el más conocido y polémico de los detractores de la Santa Inquisición (siglo XVII-XIX). Su trabajo cumbre será la Historia Crítica de la Inquisición española. Obra grande en malicia, repleta de especulaciones que da por ciertas, e integrada en su mayor parte por documentos y testimonios truncados, como reconocerán, entre otros, notables enemigos de la Inquisición como Charles Lea y Cecil Roth. Asi y todo, la obra de este desacreditado funcionario de la Inquisición siguió siendo -aun lo es- fuente obligada de consulta de no pocos historiadores; lo que explica, en menor o mayor grado, la desinformación que existe en torno al asunto. Opina al respecto Menéndez y Pelayo: «Tenía Llorente razón en muchas cosas, mal que pese a los vascófilos empedernidos, pero procedió con tan mala fe, truncando y aun falsificando textos y adulando servilmente al poder regio, que hizo odiosa y antipática su causa». Por esto mismo dice el protestante Schafer que «no puede darse fe a sus palabras sin examinarlas antes con detención» Algo más hay que decir sobre Llorente Primero, hágase notar que aun conociendo sobradamente el tribunal su condición jansenista, sólo procederá contra su persona al probársele haber vendido información del tribunal a la condesa de Montijo, también jansenista, donde entre otras cosas le explicaba cómo burlar la vigilancia del Santo Oficio.
A raíz de este episodio, estimando que habia traicionado el secreto a que le obligaban sus funciones inquisitoriales, la Suprema le condenó, el 12 de julio de 1801, a la pérdida de sus títulos de secretario y comisario del Santo Oficio, una multa de 50 ducados y un mes de retiro en el convento de franciscanos recoletos del desierto de San Antonio de la Cabrera, a nueve leguas al norte de Madrid. En esto consistió todo: su castigo. Y es a partir de esta condena que Llorente : se considera víctima de una institución a la que había aceptado servir. Inexplicablemente resentido, se convertirá pronto en el máximo enemigo de la Inquisición Se «indignará» por las «torturas» de la Inquisición; no obstante, nadie le torturó ni quemó, a pesar del grave crimen de traición. Pretendió incluso haber escrito una monumental obra sobre el Santo Oficio, aunque, curiosa e inexplicablemente, quemó la evidencia de la que dijo haberse servido para «probar» los abusos del Tribunal. Sin negar su erudición, hay que decir que son ciertamente numerosas las incoherencias que encontramos en su trabajo. Cómo arribó al increíble número de 349.000 «víctimas» teniendo sólo algunas actas de los procesos en la mano? No se sabe. Resulta además cuanto menos sospechoso que recién luego de 18 años en funciones «descubriera», «repentinamente», la «crueldad» del Santo Oficio. Parece, en verdad, más el acto de un hombre resentido -pues procederá a la denuncia una vez castigado, con toda justicia, por la Inquisición- que el de alguien que obra en recta conciencia.
Por último débese considerar: cuánto crédito merece el juicio de un enemigo manifiesto de España y la Iglesia? No hay que olvidar que Llorente fue masón, carbonario y jansenista; peor aún, no tuvo empacho en ocultarlo. El prontuario de este personaje es realmente considerable. Aunque no hemos querido extendernos en demasía, se hace preciso por el bien de la Historia y la investigación científica desenmascarar a este embustero y las verdaderas razones que impulsaron sus acciones. Si algo se ha probado ya largamente, por parte de distintos historiadores, es una cosa: que Llorente mentía
La Inquisición: Un tribunal de misericordia Cristián Rodrigo lturralde
