¿Qué mayor tortura podría haber para un alma que ha odiado a Dios en vida, que ser forzada a estar eternamente en su presencia?


Eso no sería cielo, sería infierno para ella. Por eso, el infierno no es una celda impuesta, sino una puerta cerrada desde dentro. Dios no quiere que nadie se pierda (cf. 2 Pe 3,9), pero ama tanto al
hombre que respeta incluso su negativa. Así lo explicaba el Papa Benedicto XVI:

«El infierno existe y está poblado, pero no porque Dios lo quiera, sino porque el ser humano tiene el poder terrible de decirle que no a su amor para siempre.»

El Catecismo también es claro: «Morir en pecado mortal sin estar arrepentido y sin acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separado de El para siempre por nuestra propia elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra ‘infierno»

Esto cambia radicalmente nuestra manera de hablar del infierno:

No es una amenaza arbitraria, sino una advertencia amorosa.

No es imposición, sino consecuencia de una libertad llevada al extremo.

No es una falla en la misericordia de Dios, sino el respeto total de su justicia y nuestro libre albedrío.


Benedicto XVI, Homilía en la Misa de Difuntos, 2 de noviembre de 2006
Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1033.

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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