Por eso es importantísimo contrarrestar tan grande y actual peligro, dedicándose con empeňo a fin de que las disciplinas históricas, tan nobles como son, no se transformen en una fuente de grandes males, públicos y privados. Los hombres de bien, documentados y competentes en estas materias, deben dedicarse con esmero a escribir textos de historia con el fin preciso de hacer aparecer aquello que es auténticamente verdadero y de refutar, con doctrina, las injurias criminales que ya hace demasiado tiempo vienen acumulándose. A la endeble narración se opongan la fatiga de la investigación y la reflexión; a la temeridad de las afirmaciones, la prudencia del juicio; a la ligereza de los prejuicios, la profunda clasificación de los hechos. Con todo esfuerzo deben ser repudiadas las mentiras e invenciones, ateniéndose a las fuentes; en la mente de quien escriba esté bien presente en cada momento, que «la primera ley de la historia es que no se ose decir nada falso, ni esconder nada de la verdad; para que, al escribir, no existan sospechas de partidismo o aversiones».
Primam esse historiae legem, ne quid falsi dicere audeat, deinde ne quid veri abscondere audeat” (n. 54). La frase es de Cicerón, De oratore 2,15.
Saepenumero considerantes
Carta Apostólica de Su Santidad
LEÓN PP. XIII
Sobre el estudio de la Historia de la Iglesia, con ocasión de la apertura de los Archivos Secretos Vaticanos
