Diferencia entre la culpa y las consecuencias del pecado



Jesús en la cruz nos redimió del pecado eterno, nos abrió las puertas del cielo que estaban cerradas. Sin su sacrificio no hay purgatorio, ni cielo, ni esperanza alguna. Pero la redención no elimina automáticamente todos los efectos del pecado en nuestra alma. Como cuando un hijo rompe un vidrio, su padre puede perdonarlo, pero el vidrio sigue roto. Y aunque el perdón restaura la relación, algo en el alma necesita aún sanarse, purificarse, repararse.

La Escritura lo muestra con claridad. Por ejemplo, en 2 Samuel 12, David peca gravemente. Se arrepiente, y el profeta Natán le dice: «El Señor ha perdonado tu pecado; no morirás. Sin embargo…» (2 Sam 12,13-14). Y allí se menciona una consecuencia dolorosa. El perdón fue real, pero no eliminó las consecuencias temporales.

El Nuevo Testamento también habla de esta purificación post-mortem: «La obra de cada uno se hará visible… si la obra sobrevive, recibirá recompensa; pero si es consumida, sufrirá pérdida: él se sal-
vará, pero como quien pasa por el fuego» (1 Cor 3,13-1 5) Esta es una descripción clara del purgatorio: no es una segunda oportunidad de salvación, sino un estado temporal de purificación para los que ya han sido salvados en Cristo, pero aún necesitan ser limpiados. Así que el purgatorio no contradice la obra de Jesús. Al contrario, la aplica con amor sanador a las heridas que aún quedan. No es que Cristo no haya hecho suficiente, es que el alma aún no está en condiciones de disfrutar en plenitud lo que El ganó para ella. Por eso, los sufragios -como la Misa y las indulgencias- no son añadidos a la cruz, sino frutos de ella, ofrecidos en comunión por el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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