Dice Babeuf: «La obra maestra de la política consiste en modificar de tal modo el corazón humano por medio de la educación», de manera que nadie quiera ni haga sino aquello que debe querer y hacer. Por otro lado, la oposición política debe ser paulatinamente eliminada. La unidad de voluntad del aparato
político así lo requiere. El modelo de dictadura revolucionaria inaugurado por Robespierre sirve de base a la radicalizada visión babeuvista. La prensa debe ser totalmente sumisa al poder; el desarrollo del conocimiento y del saber debe ser limitado para que la igualdad no se tambalee; las artes deben ser vigiladas para que no corrompan al pueblo; la educación debe ser monopolizada por el Estado en detrimento del «régimen exclusivo y egoísta de la familia»; la permanente extensión de lo político no ha de permitir que ningún ámbito de la sociedad quede libre de intromisiones; la libertad religiosa debe ser reemplazada por una religión civil obligatoria; toda opinión contraria a la que sostiene la ideología igualitaria debe ser perseguida, y al opositor le esperan verdaderos campos de concentración que, aunque no fueron más allá de la imaginación babeuvista, preanunciaron las tecnologías totalitarias del siglo xx.
Las conspiraciones revolucionarias de Babeuf y su partido de vanguardia durarán muy poco, y su éxito práctico será nulo. Sus ideas y su modelo, sin embargo, serán preciosas herencias que recibirá la izquierda del siglo siguiente
Talmon, Los origenes de la democracia totalitaria, p. 285.
*Rousseau, en su obra sobre pedagogía, ya había enseňado algo muy similar respecto de cómo educar a un niño: «Sin duda, él no debe hacer lo que quiere, sino que debe querer lo que vosotros queréis que haga» (Emilio [Madrid: Edaf, 2008] p. 134). Es sugerente que, entre las metáforas usualmente empleadas para referirse al pueblo, la idea de «niño» haya aparecido una y otra vez
Talmon, Los origenes de la democracia totalitaria, p. 290.
