Comunismo de guerra
Muy poco después de la revolución de 1917 los bolcheviques impulsaron el llamado <comunismo de
guerra>. Se quiso llegar al comunismo tratando al trabajador como si de un soldado se tratara, y a la industria como si fuera un enorme cuartel militar, siguiendo fielmente el modelo original esbozado por Lenin y Trotsky. De esta manera, el trabajo era obligatorio y desde el Estado se asignaba a cada quien labores al margen de su voluntad; los obreros fueron <movilizados> al trabajo en términos militares y quedaron sujetos al consejo de guerra y a una disciplina férrea de corte militar; quienes abandonaban sus puestos eran considerados <desertores> y se preveía para ellos una brutal represión; quienes no producían los niveles esperados o, peor todavía, se ausentaban, eran acusados de <saboteadores> y les esperaban terribles castigos, como penas en campos de concentración; se aumentó el tiempo de la jornada laboral y se obligó a muchos obreros a trabajar incluso los domingos; se chantajeó a los obreros con la «cartilla de racionamiento», por medio de la cual se podía dejar al trabajador sin provisiones de un momento a otro; los sindicatos fueron absorbidos por el Estado y la huelga contra la empresa pública fue prohibida de facto. Como dijera Trotski, el obrero ruso debía <«Someterse al Estado soviético, acatar todas las órdenes que reciba, por que esa es su condición», Respecto de los sindicatos, también Trotski expresaría que «son necesarios no para luchar por conseguir mejores condiciones laborales [. . . sino para organizar a la clase obrera para producir» y para «incorporar a los trabajadores en el marco de plan económico único» establecido por el gobierno. Los resultados del comunismo de guerra fueron desastrosos: «El proletariado ruso se redujo a la mitad, el suministro
industrial a tres cuartas partes y la productividad industrial en un setenta por ciento», Aunque en aspectos distintos, peores tiempos aguardaban todavía al trabajador soviético: pronto llegaría Stalin
Richard Pipes, La revolución rusa (Barcelona: Debate, 2016), p. 768
*La edición del 12 de febrero de 1920 de Pravda decía: <El mejor lugar para un huelguista, ese mosquito amarillo y dañino, es el campo de concentración» (citado en Stéphane Courtois, Nicolas Werth, Jean-Louis Panné et al., El libro negro del comunismo (Barcelona: Ediciones B, 2010), p. 126.
