De error en error llegamos así a la eclesiología modernista. El hombre, dicen los modernistas, siente la necesidad de comunicar su fe a los otros, en particular cuando ha tenido alguna experiencia religiosa fuerte. Cuando muchas personas coinciden en esta necesidad, ponen en común su fe y se constituyen en una sociedad con el fin de proteger, promover y difundir esta fe. Es decir, constituyen una iglesia. En el delirio modernista, la Iglesia es pues un producto de la conciencia colectiva, una emanación vital de la colectividad de los cristianos, y no una sociedad sobrenatural directamente fundada por Nuestro Seňor Jesucristo.
Los modernistas negaban que Nuestro Señor hubiera querido consciente y explícitamente fundar una Iglesia. Él se halbría limitado a predicar la inminente venida del «reino», galvanizando un cierto número de seguidores. Escribe Loisy: “Podemos decir que, en el curso de su ministerio, Jesús no ha prescripto a sus apóstoles, ni ha practicado él mismo, ninguna regla de culto externo que hubiera podido caracterizar al Evangelio como una religión. Jesús no ha determinado la liturgia cristiana, ni ha definido formalmente Las constituciónes y los dogmas de la Iglesia. (…) La visión de Jesús no incluia directamente la idea de una nueva religión, ni la fundación de una nueva Iglesia, sino sólo la realización
del Reino de Dios»
Cuando, sin embargo, se hizo evidente que el reino no vendría enseguida, los seguidores de Cristo sintieron la necesidad de constituirse en una sociedad, a fin de salvaguardar el anhelo y mantener viva la memoria de Cristo. Jesús ha predicado el reino, y en cambio llegó la Iglesia» es una de las frases más citadas de Loisy
Alfred LOISY, L’évangile et l’église, p. 166, cit. in Alec R. VIDLER, The Modernist Movement in the Roman Church, p. 118.
