La ideología como religión política



Es habitual comprender nuestro mundo moderno como el resultado de un proceso de secularización en el que la religión se va apagando a toda velocidad. El hombre, quedándose solo consigo mismo, quita a Dios del centro y levanta sobre sus propios hombros un mundo enteramente humano. Con sus ojos puestos en el fenómeno totalitario, el filósofo Eric Voegelin cuestionó este lugar común: en realidad, lo que se ha venido produciendo desde el final de la Edad Media no es una desaparición de la dimensión religiosa, sino un desplazamiento que fue desde lo extramundano a lo intramundano. Así pues, todo lo que ha ocurrido es que las religiones sobre naturales fueron paulatinamente reemplazadas por religiones políticas.

Esta clave nos permite comprender mejor el totalitarismo en su especificidad. De otra manera podríamos confundirlo con otras configuraciones políticas que también pretendieron una concentración absoluta del poder, como es el caso del absolutismo estatal que hallamos en los primeros siglos de nuestra modernidad política. Pero un Hitler o un Stalin son sustancialmente diferentes de un Luis XIV o un Carlos II, no solo porque en términos organizacionales aquellos se valgan del partido único apalancado en un movimiento de masas, sino también porque en términos discursivos operan con ideologias. La ideología puede concebirse como una modalidad sistematizada de religión política. En efecto, este tipo de discurso irrumpe justo allí donde la religión sobrenatural se esconde. Sus símbolos, no obstante, permanecen: irradiación, comunión, redención, sacerdocio, apocalipsis, paraíso, providencia, etcétera, adoptan contenidos mundanos, apuntan hacia fines terrenales, pero sus formas religiosas se mantienen inalteradas. La política y el poder, que han perdido su referencia a un Dios sobrenatural, no por ello se desacralizan. La función de la ideología consiste en ofrecer nuevas referencias divinas, de carácter terrenal, a las sagradas necesidades del poder.

La misma formación del Estado moderno puede leerse, según Voegelin, como el avance de la religión política. No es una casualidad que el más célebre símbolo del que se valió el Estado moderno para autocomprenderse haya sido el Leviatán. La imagen del Leviatán, un monstruo bíblico del que podemos leer en Job, la tomó Thomas Hobbes, el filósofo político más importante del siglo xvi, para caracterizar y justificar al Estado absoluto de su tiempo. Según la filosofia de Hobbes, el cuerpo político se funda a sí mismo, se origina en sí, a través de un pacto entre individuos que da lugar a una persona colectiva. La multiplicidad, caótica y peligrosa, deviene ahora unidad, y un soberano detentará el poder absoluto sobre todos esos individuos que, de otra manera, se matarían entre ellos en guerras de todos contra todos. Si bien esta unidad todavía encuentra a Dios por encima suyo, el Estado ya no está separado de la Iglesia como institución, sino que él mismo se convierte en Iglesia. Así lo ilustra la célebre tapa del libro de Hobbes: el Leviatán sostierne la espada en una mano, y el cetro en la otra. La interpretación religiosa depende también del soberano, que por algo es absoluto. Explica al respecto Voegelin: «El contrato de gobierno del que habla Hobbes crea el Estado como persona histórica, como Mortal God, como Dios en la tierra, al que los hombres deben, junto al Immortal God o Dios eterno, paz y seguridad»

Eric Voegelin, Las religiones políticas (Madrid: Editorial Trotta, 2022)
«Da grima oír unay otra vez que el nacionalsocialismo es un regreso a la barbarie, a los tiempos oscuros de la Edad Media, a la edad anterior al nuevo progreso humanístico, sin que los que así hablan adviertan que la secularización de la vida que ha traído consigo esa idea de humanidad es precisamente el caldo de cultivo en que han podido medrar movimientos religiosos anticristianos como el nacionalsocialismo» (Voegelin, Las religiones politicas,p. 24).

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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