La mentira se transforma, pues, en una característica circunstancial del discurso que puede convertirse en su opuesta de inmediato, con la única condición de que el partido totalitario ejerza el poder total. La propaganda es una mentira que promete convertirse en verdad por obra de la fuerza del liderazgo totalitario y de los recursos del Estado. Todo puede ser dicho, todo puede ser anunciado si se dispone de los medios necesarios para ajustar la realidad a lo que se dice, en lugar de ajustar lo que se dice a la realidad. La Idea se convierte en ens realissimum; aquellos aspectos de la realidad -incuidos determinados grupos de la sociedad que no coinciden con la Idea tienen fecha de vencimiento. Así, el totalitarismo hace volar por los aires el concepto de verdad como correspondencia: la verdad del totalitarismo es una mentira que, por medio de la fuerza, podría terminar siendo realidad. Más aún: el grado de realidad del totalitarismo es una función del grado de sumisión de las masas a sus mentiras. El totalitarismo será más real cuanto más vivan las masas por credulidad o por cinismo, poco importa- en Sus mentiras
En este contexto, las masas están sociológicamente predispuestas a perder la brújula del sentido común, a desconfiar de la realidad que tienen frente a sus narices, y por eso resulta especialmente fácil engañarlas o, al menos, tornarlas apáticas y cínicas. Hannah Arendt lo explica con toda claridad. Vale la pena citarla in extenso:
La evasión de la realidad por parte de las masas es un veredicto contra el mundo en el que se ven forzadas a vivir y en el que no pueden existir, dado que la coincidencia se ha convertido en el dueño supremo y los seres humanos necesitan la transformación constante de las condiciones caóticas y accidentales en un molde fabricado por el hombre y de relativa consistencia. La rebelión de las masas contra el «realismo», el sentido común y todas las <plausibilidades del mundo» (Burke) fue el resultado de su atomización, de su pérdida de estatus social, junto con el que perdieron todo el sector de relaciones comunales en cuyo marco tiene sentido el sentido común. En su situación de desarraigo espiritual y social, ya no puede funcionar una medida percepción de la interdependencia entre lo arbitrario y lo planeado, lo accidental y lo necesario. La propaganda totalitaria puede atentar vergonzosamente contra el sentido común sólo donde el sentido común ha perdido su validez.
<… dice la verdad el que juzga que lo separado está separado y que lo unido está unido. Y dice falsedad aquel cuyo juicio está articulado al contrario de las cosas: cuándo se da o no se da lo que llamamos verdad o falsedad? En efecto, ha de analizarse en qué decimos que consiste esto. Desde luego, tú no eres blanco porque sea verdadero nuestro juicio de que tú eres blanco, sino al contrario, porque tú eres blanco, nosotros decimos algo verdadero al afirmarlo> (Aristóteles, Metafísica, libro noveno, cap. X, 1051b [Madrid: Gredos, 2014], p. 318)
Friedrich y Brzezinski han destacado el efecto vacío» que genera a la larga el monopolio de la información y los excesos de la propaganda totalitaria. Habitualmente ocurre, en efecto, que la población se vuelve incrédula, pero, como no cuenta con otras fuentes informativas, cae en la más profunda apatía. Los líderes totalitarios terminan siendo presos de sus propias mentiras y toman decisiones políticamente irracionales. Véa se Dictadura totalitaria y autocracia.
Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 488.
