A través de la propaganda, la masa percibe la magnitud del poder totalitario y cree en él (o al menos se ve inducida a fingir que lo cree). La propaganda le enseña, en concreto, que para sus lideres todo resulta posible; después de todo, por medio de la propaganda la realidad se acomoda al lider, y no el líder a la realidad. Esto genera entusiasmo y temor, al mismo tiempo. Se juega de esta manera con las dos emociones más caras a la psicología política de los hombres, que son a la vez los principios psicológicos sobre los que descansa el totalitarismo. El arte de movilizar a las masas, después de todo, es el arte de saber cómo y cuándo inducirles entusiasmo y cuándo y cómo provocarles terror
