La unidad de la Iglesia permite su visibilidad y por eso Jesús la pidió expresamente al Padre la noche de la pasión como señal distintiva de su Iglesia: «No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí. Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplen mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido y éstos han
conocido que tú me has enviado.»
Esta unidad debe tener una triple manifestación: de fe, porque la verdad es una sola y la Iglesia es depositaria de esta verdad; de gobierno, porque Jesús creó en ella un cuerpo directivo integrado por los Apóstoles, por Pedro y por sus sucesores dotados de la plenitud de poderes; de comunión, donde todos los miembros unifican sus esfuerzos en orden al fin a conseguir: enseñar la Revelación para la salvación de las almas.De allí que San Pablo enseña que la Iglesia es «Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, y debe estar unida en «una sola fe, un solo bautismo.»
Jesús advirtíó que «un reino está dividido contra sí mismo no puede subsistir». Satanás sabe que la Iglesia no puede dividirse porque es UNA, pero si sabe que puede apartar a los cristianos de su comunión.
Juan 17, 20.25
Marcos 3,24
Efesios 4,4
Efesios 4,5
