T’oca, pues, hablar del terror. Su índole, bajo el totalitarismo, difiere de las características y las funciones que asume bajo el despotismo de viejo cuño y el mero autoritarismo en general. Mantener atemorizados a los súbditos resultaba fundamental para el déspota en la medida en que así minimizaba las posibilidades de rebelión contra su régimen. En efecto, su gobierno no es el de las
leyes ni el de la tradición y la costumbre, sino el de la arbitrariedad de un individuo y su camarilla, comandada por la capacidad de aplastar cualquier elemento perturbador. Por eso Montesquieu dirá en el siglo xVIII-décadas antes de la revolución- que el temor es el principio que rige y hace funcionar al despotismo: porque el déspota se hace obedecer en la medida en que se hace temer
Bajo el despotismo, dice Montesquieu, «el hombre es una criatura que obedece a una criatura que exige» (Del espiritu de las leyes [Buenos Aires: Losada, 2007], p. 56). El principio de esta obediencia se funda en el temor
