La única reina cristiana que, con el tiempo, llevará el título de <la católica>, contaba apenas con once años cuando fue confiada a la corte de su hermanastro, el rey Enrique IV de Castilla, donde reinaba un ambiente frívolo y escandaloso. Era este rey un hombre endeble y de poco carácter que gustaba de las compamías mundanas y poco santas; conocido en Europa como Enrique <el impotente> (ante su aparente incapacidad de engendrar familia) no era tomado demasiado en serio por sus congéneres. Sumado a ello, aunque se declaraba cristiano y asistía a Misa, sus compañías predilectas recaian más bien sobre moros, judíos y cristianos renegados, enemigos de la fe católica. En la corte, se decía que durante las comidas o los paseos, tenía la mala costumbre de proferir blasfemias y narrar escuchar bromas obscenas sobre la Virgen los santos y la Eucaristía. Pero eso podría pasar por una falta personal y no sería lo más grave pues no afectaba sino indirectamente al reino que gobernaba. Su peor defecto era la falta de tino y hasta el descuido en el gobierno de Castilla, que se hallaba al borde de la bancarrota y de la disolución.
En dicho ambiente cortesano y descuidado, el alma adolescente de Isabel anhelaría la primera educación recibida junto a su madre, Isabel de Aviz, en Arévalo, donde había pasado privaciones y sufrimientos, que – en una vida de piedad la había acercado más y más a Dios. Segovia no estaba hecha para ella, entonces Isabel sabía que, quizás, algún día deberia llegar a ser reina, por lo que no perdería el tiempo incluso en un lugar adverso para SU alma; en Segovia ejercitó el arte de la equitación la caza, incluso a defenderse con armas, pero por sobre todo se las ingenió para adquirir una sólida cultura; ya habia aprendido las primeras letras en Arévalo, pero su férreo carácter la hizo perfeccionar aún más el castellano.
Estudió retórica, poesía, pintura e historia; algunos incluso dicen que conocia el latín y algo de griego, cosa no extraña para la época. Para ejercitarse manualmente, bordaba ornamentos y llegó hasta ilustrar algunos manuscritos iluminados (en la catedral de Granada se conserva aún hoy, un misal decorado por ella misma). También se inició en la filosofia gracias a la ayuda de algunos buenos preceptores venidos de Salamanca; fue con ellos que se empapó de la doctrina de Aristóteles y de Santo Tomás de Aquinol, El corazón inquieto de la princesa había heredado también de sus padres el gusto por las canciones populares; fue por medio de ellas que conoció los romances y el heroismo de sus antepasados ante el islam o las invasiones extranjeras; de allí entonces, su afición por los libros de caballería. Es decir, Isabel recibió una educación esmerada, la propia de los nobles de aquella Españia y, a pesar del negligente abandono en que la tenía su hermano, tanto en su infancia como en su adolescencia intentó ella sola, abrirse camino para forjar la mujer que sería
<Ela –Isabel I de Castilla- abre via libre a los humanistas que de Italia a España mantienen continuada comunicación; fomenta la difusión de la imprenta, cuya aparición en sus reinos coincide con su subida al trono, concediendo franquicia de impuestos y aduanas a impresores; ordena copiar manuscritos; sostiene una escuela de músicos y cantores y, siguiendo la afición de su padre (el rey Juan II) reúne la más rica librería de su tiempo, en la que, junto al núcleo bien nutrido de obras religiosas, se encuentran numerosísimas de clásicos latinos, libros de caballería, tratados y gufas de la conducta pública y privada, que adoctrinen para el buen gobierno, obras jurídicas e históricas, de música y de baile, y magníficas selecciones de los escritores castellanos del siglo XIV y de todos los poetas del siglo XV, creadores de aquella poesía en la que hacía su aparición un espíritu nuevo, un sentido musical y una sensibilidad que trasvasaba lo popular a lo erudito y cortesano, con iguales gusto y finura que las piedras góticas del XV recibían una caricia de las brisas renacientes y lograban esa fina gracia suave con la que el arte medieval vencido se entrega al halago de la primavera y de un nuevo espíritu.>
WIlLAM T. WALSH, Isabel de España, Palabra, Madrid 2005, 40. Incluso se rumoreaba acerca de <relaciones que Enrique mantenía con hombres de edad madura o con jóvenes de su mismo sexo>
Antonio Gallego y Burín
Que no te la cuenten II: La Falsificación de la historia
