Los contenidos del mundo los que devienen dioses
El Estado moderno, absoluto en su primera fase histórica, se forma de esta manera al calor de los símbolos religiosos. El Estado es presentado en su mismo origen como un dios terrenal. Será cuestión de tiempo que se deshaga definitivamente de un Dios supramundano y se apropie por entero de la dimensión religiosa, provocando, en consecuencia, un cierre intramundano. Esto mismo se produce con toda claridad en Rousseau, o sea, en la transición hacia el Estado democrático un siglo más tarde. Hacia el final de su Contrato social, el ginebrino reconoce la dimensión religiosa como inherente a la naturaleza humana, pero la funde en la dimensión política. Para Rousseau, la separación de la política y la religión, tal como el cristianismo la ha propugnado desde sus orígenes, resulta nefasta para el Estado: divide las lealtades, fractura las jurisdicciones, promueve las rupturas y los conflictos sociales. La política debe, por tanto, producir su propia religión: una religión civil, por medio de la cual se termina adorando, fundamentalmente, el ordenamiento jurídico estatal, La comunidad política, que en algún momento fue concebida como emanación de una fuente divina, se vuelve ahora ella misma divina. El poder no le viene de ninguna otra parte más que de sí misma; suyo es el origen, suyo es el poder, suya es la ley, suya es la vida y la muerte,> Lo que se hacía en nombre de Dios ahora nece sita de otros nombres para hacerse de manera legitima: el pueblo, la raza, la clase, la historia. Las expectativas
de un más allá van dejando su lugar a utopías políticas que demandan un paraíso en el más acá. Las ideologías se articularán entonces como discursos de reemplazo que dependen, sin embargo, del mismo entramado simbólico religioso.
Dice Voegelin:
Los seres humanos pueden dejar que los contenidos mundanos se desarrollen hasta borrar del horizonte los conceptos de mundo y Dios, pero lo que no pueden hacer es eliminar la problematicidad
de su propia existencia. Esta continúa viva en el alma de cada individuo, y cuando Dios queda eclipsado por el mundo, son los contenidos del mundo los que devienen dioses
«Y (Jesús) les dijo: Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22:2 1).
Contrato social, libro IV, capitulo VIII
La secularización del derecho puede interpretarse como una divinización del poder político. En un discurso del 3 de febrero de 1933, por ejemplo, Hitler decía: «El derecho no está fuera de nosotros, sino en nosotros mismos; sólo podremos encontrarlo en nuestra propia fuerza» (Adolf Hitler, Discursos, tomo 1 [Buenos Aires: Ediciones Sieghels, 2014), p. 102)
Voegelin, Las religiones políticas, p. 58.
