El comunismo de Stalin
A fines de 1920, el régimen bolchevique contaba con 84 campos de concentración en los que tenía internados a cerca de 50.000 reclusos, El fin de la guerra civil y la estabilización del gobierno bolchevique no clausuró la red de campos, sino que la agigantó. Solo tres años más tarde, en 1923, la Rusia soviética ya contaba con 315 campos de concentración y 70.000 internados, 185 Este
sorprendente crecimiento se debió, entre otras cosas, a que se había descubierto que era factible sacar provecho económico de esta institución a través del trabajo forzado. Los internamientos masivos se transformaron entonces en una medida no solo inducida por criterios políticos, sino también requerida por razones económicas. Nadie estaba a salvo de convertirse, en cualquier momento, en un verdadero esclavo del Estado. Desde 1922, el régimen prefirió redefinir los campos de concentración como «campos de trabajos forzados». A partir de 1929, Stalin decidió hacer uso de ellos y sus prisioneros con el fin de acelerar la industrialización y explotar los recursos de las zonas inhóspitas del extremo norte de la Unión Soviética. En 1930, la mano de obra penal explotada ya contabilizaba 140.000 individuos; en 1932, el número ascendió a 300.000; en 1935, creció a 965.000 y llegó a 1.930.000 en 1941186 Solo desde 1929 a 1953, año de la muerte de Stalin, se calcula que cerca de 18.000.000 de personas pasaron por campos de trabajo forzado
Los campos soviéticos explotaron la mano de obra esclava para un sinfín de sectores productivos: minería, agricultura, pesca, construcción, manufactura, armamentos, aeronáutica, deforestación. Nada de esto hubiera sido posible sin el desarrollo de una burocracia capaz de digitar hasta el último detalle de un mecanismo que debía lidiar con el transporte, la distribución de los prisioneros, los insumos y provisiones, la organización de los tiempos y los espacios. La vida como tal, incluso en sus manifestaciones más pequeñas, quedaba regida por un sistema de normas y disposiciones: cuánto, cuándo, dónde y cómo comer; cuánto, cuándo, dónde y cómo dormir; cuánto, cuándo, dónde y cómo trabajar. Todo tenía su cuota, todo estaba <racionalmente> determinado por los cálculos de verdaderos ingenieros sociales. Si el campo de concentración refleja como nada la índole del totalitarismo, eso es porque allí realiza mejor que en cualquier otro lugar el dominio total sobre la vida, la máxima inhibición de la espontaneidad humana
En un informe de ese año de Martin Latsis, jefe de la Cheka en Ucrania, puede leerse: «Reunidos en un campo de concentración cerca de Maikop, los rehenes -mujeres, niños y ancianos– sobreviven en condiciones terribles, en medio del barro y el frío de octubre. [. ..] Mueren como moscas. [. ..] Las mujeres están dispuestas a todo con tal de escapar de la muerte. Los soldados que vigilan el campo se aprovechan de ello para mantener relaciones con estas mujeres» (citado en Courtois et al., El libro negro del comunismo, p. 139)
Pipes, La revolución rusa, p. 910
Courtois et al., El libro negro del comunismo, pp. 203, 271, 272 y 274
Applebaum, Gulag. Historia de los campos de concentración soviéticos, p. 21
