
Hay que comprender que no era el español una persona rencorosa ni gustosa de la difamación, pues lo creía impropio de un caballero cristiano. La prueba está en que prácticamente no se conoce un solo libelo o declaración difamatoria por parte de los Reyes Católicos ni de sus sucesores, confesores o cronistas. Dirá de aquellos españoles el humanista siciliano Lucio Marineo Sículo: «Agrádame mucho las costumbres de los españoles, satisfáceme su condición y tengo por bueno su hábito, por lo cual siempre he buscado su conversación y seguido su manera de vivir. Porque no con menos diligencia y cuidado miran las cosas de Dios y la salud de sus almas que las riquezas y pasatiempos del mundo.
Verdaderamente muy grande es en el día de hoy la religión de los españioles, grande es el temor y el acatamiento que tienen cerca de la honra de Dios, gran cuidado de las almas los sacerdotes, los cuales no solamente celebran solemnemente sus misas y horas canónicas, más instruyen también los pueblos que tienen a su cargo con muchos sermones y buen ejemplo». El caso contrario se observa en los lideres reformistas. Las millares de violentas amenazas, acusaciones e injuriosos epítetos hacia España y la Iglesia ( muchas de ellas en forma de panfletos) desde las más altas esferas protestantes y sajonas, dan cabal muestra de ello. Desde Ginebra, por ejemplo, Calvino escribía al rey de Inglaterra: «Quien no quiere matar a los papistas es un traidor; pues salva al lobo y deja inermes a las ovejas». En otra de sus conocidas alocuciones, decía que los que se negaran a abandonar la fe católica romana deberían ser pasados a cuchillo. El antijudaísmo y odio militante de Lutero y los suyos será notable; cuestión ésta que se tratará a su debido tiempo. El español contrariamente, era un hombre integrador, como lo ha demostrado sobradamente en tiempos de la convivencia entre los tres pueblos bíblicos en Toledo y durante la acción misional en América,
Era también hombre dócil al perdón, más no toleraba la aceptación del error. Así dice de los españoles Saavedra Fajardo: «Los españoles aman la religión y la justicia, son constantes en los trabajos, profundos en los consejos, y así tardos en la ejecución. Tan altivos, que ni los desvanece la fortuna próspera, ni los humilla la adversa. Esto que en ellos es nativa gloria y elección de ánimo se atribuye a soberbia y desprecio de las demás naciones, siendo la que más bien se halla con todas y más las estima y la que más obedece a la razón y depone con ella más fácilmente sus afectos y pasiones». H. G. Wells explica el triunfo de la magna empresa española de la siguiente manera: «Es muy sencillo: se debe a su religión cristiana y a su derecho. El catolicismo es amplio, llama a su seno a todos los hombres y ofrece el perdón a quien lo combate. Es por ejemplo, una religión contraria al judaísmo, que no busca nuevos adeptos y sólo se reserva para sus fieles. El catolicismo explica, por lo tanto, la amplia y generosa universalidad de todo lo español» . El profundo sentido de la religión y de lo trascendente haría al hombre de aquella época temer a Dios y amarlo al mismo tiempo. Creian que una fe sin un respaldo de obras era insuficiente para lograr la salvación. Era natural entonces que un hombre de estas características no conciliase con métodos como la difamación y las calumnias. De esta misma forma describe Roth al hombre de aquellos tiempos. Ciertamente, se ve fundido el espíritu español en cada rasgo de Carlos V. Venga como ejemplo su conocida disputa con Francisco I, rey de Francia. Enterado el rey español de que Francisco I se encontraba planeando una invasión a España junto a los moros, apelando a su buena voluntad y a la razón, intentó convencer al rey galo de que desistiera de su enpresa, haciéndole notar que como reyes cristianos debían evitar el derramamiento de sangre inútil entre ambas naciones. El francés, obstinado en sus pretensiones y codicia, rechazó una y otra vez los llamamientos de Carlos. Éste último, cansado de las negativas ya fin de evitar las nuertes que generaría una guerra, propuso un duelo a muerte con su par francés: “Por tanto, yo prometo a V. S. delante deste sacro collegio, y de todos estos cavalleros que presentes estan, si el Rey de Francia se quiere conducir conmigo en armas de su persona a la mia, de conducirme con el armado,
o desarmado, en camisa, con espada o puñal, en tierra, o en mar, en unapuente, o en ysla, en campo cerrado. O delante de nuestros exercitos; o donde quiera, o como quiera que el querra y justo
sea». El rey francés, por cierto, no aceptó el desafío. El gran apologista español Julián Juderias describe a la perfección este espíritu español: «Don Quijote no salió de su aldea para ganar dinero,
sino honra; Sancho en cambio, pensaba de continuo en la Ínsula, o en los escudos que halló en el
aparejo de la mula muerta en Sierra Morena: entre nuestros ideales y los de otros pueblos existe la misma diferencia. Tanto el Rey como sus súbditos temían por igual por su salvación.
García Mercadal, España visto por los extranjeros, Biblioteca Nueva, Madrid, 1978. p.55.
Pastor, ob. Cit., t. XV, cap. XLII.
H. G. Wells, Esquema de la Historia Universal, Ediciones Anaconda, Madrid, 1947.
C. Roth, La Inquisición Española, Introducción, Ed. Martínez Roca, Buenos Aires, 1989.
Salvador de Madariaga, España. Ensayo de Historia contemporánea, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1974, p.55.
Julián Juderías, La Leyenda Negra, Madrid, Editora Nacional, 1960.