San Mateo 5:43-48;6:1-4 «Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial. «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos. Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
La demanda de ordenar hombres casados revela un profundo desconocimiento del vínculo ontológico entre el celibato y el sacerdocio. Los medios universitarios occidentales a veces han difundido una noción puramente legal y disciplinaria del celibato. Se ha llegado a afirmar que el celibato es propio de la vida religiosa y que debe restringirse a ella. San Juan Pablo II, sin embargo, subrayó que <es particularmente importante que el sacerdote comprenda la motivación teológica de la ley eclesiástica sobre el celibato>
Querría abordar ahora este principio teológico para extraer de él algunas consecuencias pastorales. El significado nupcial del celibato que hemos tratado antes debe ser precisado más aún. De hecho, el celibato sacerdotal nace de una nupcialidad eucarística necesaria. Así lo sugería san Pablo VI en 1967: <Apresado por Cristo Jesús (Flp 3, 12) hasta el abandono total de sí mismo en él, el sacerdote se configura más perfetamente a Cristo también en el amor con que el eterno sacerdote ha amado a su cuerpo, la Iglesia, ofreciéndose a sí mismo todo por ella, para hacer de ella una esposa gloriosa, santa e inmaculada (cfr. Ef 5, 26-27). Efectivamente, la virginidad consagrada de los sagrados ministros manifiesta el amor virginal de Cristo a su Iglesia y la virginal y sobrenatural fecundidad de esta unión>. Cristo se ha ofrecido en el altar de la Cruz. Cada día, el sacerdote renueva esa oblación pronunciando las palabras: <Esto es mi cuerpo entregado por vosotros>. Para él esas palabras adquieren el sentido de una incorporación a la ofrenda virginal de Cristo. Cada vez que un sacerdote dice <esto es mi cuerpo>, ofrece su cuerpo sexuado en continuidad con el sacrificio de la Cruz,
En la homilía pronunciada el 28 de septiembre de 2019 con motivo de mis bodas de oro sacerdotales, yo mismo recordaba: <Un sacerdote es un hombre que ocupa el lugar de Dios, un hombre revestido de todos los poderes de Cristo, ¡Este es el poder del sacerdote!: su lengua, de un pedazo de pan, hace un Dios>. No obstante, ese milagro no se producirá si no aceptamos ser crucificados con Cristo. Todos hemos de decir con san Pablo: <Con Cristo estoy crucificado: vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que vivo ahora en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí (cfr. Ga 2, 19-20). Solo a través de la Cruz, tras un prodigioso descenso a los abismos de la humillación, concede el Hijo de Dios a los sacerdotes el poder divino de la Eucaristía. El dinamismo íntimo del sacerdote, el pilar sobre el que se construye su existencia sacerdotal, es la Cruz de nuestro Señor Jesucristo, como afirmaba san Josemaría, cuyo lema era: In laetitia nulla dies sine cruce: <con alegría, ningún día sin Cruz>. La alegría del sacerdote se vive plenamente en la santa misa, que es la razón de su existencia y da sentido a su vida. En el altar el sacerdote no se separa de la hostia. Jesús le mira y él mira a Jesús. :Somos conscientes de lo que significa tener ante nuestros ojos a Cristo realmente presente? En cada misa el sacerdote se encuentra cara a cara con Jesús; se identifica, se configura con Jesús. No se convierte solamente en alter Christus, en otro Cristo: es realmente ipse Christus, el mismo Cristo. Está investido de la persona del mismo Cristo, configurado por una identificación específica y sacramental con el Sumo Sacerdote de la Alianza eterna (cfr. Ecclesia de Eucharistia, n° 26). <Todos los sacerdotes, decía san Josemaría Escrivá, seamos pecadores o sean santos, cuando celebramos la Santa Misa no somos nosotros. Somos Cristo, que renueva en el altar su divino Sacrificio del Calvario>. En efecto, en el altar no soy yo quien preside la misa que nos congrega. Es Jesús quien la preside en mí. Por indigno que yo sea, Jesús está realmente presente en la persona del celebrante. YO SOY Cristo. ¡Qué afirmación tan aterradora! iQué extraordinaria responsabilidad! En SU nombre y en SU lugar estoy ante el altar (Lumen gentium 28). In persona Christi consagro el pan y el vino después de haberle entregado mi cuerpo, mi voz, mi pobre corazón tantas veces manchado por mis muchos pecados. La víspera de cada celebración eucarística, si nos mantenemos filialmente acurrucados en los brazos de la Virgen, ella nos prepara para que entreguemos nuestro cuerpo y nuestra alma a Jesucristo y se obre el milagro de la Eucaristia, La Cruz, la Eucaristía y la Virgen María configuran, estructuran, alimentan y consolidan nuestra vida cristiana y sacerdotal. Entended por qué cualquier cristiano y, particularmente, el sacerdote deben edificar su vida interior sobre estas realidades: Crux, Hostia y Virgo. La Cruz nos hace nacer a la vida divina. Sin Eucaristía no podemos vivir. La Virgen, como las madres, vigila atentamente nuestro crecimiento espiritual. Nos educa para crecer en la fe. Jesús nos revela el secreto de esa nutrición espiritual en la que su propia carne se convierte en nuestro alimento. Podemos vivir de su carne, en una extraordinaria intimidad con Él. El sacerdote es realmente el amigo de Jesús. Se ofrece a Dios. Se ofrece a toda la Iglesia y a cada uno de los fieles a quienes es enviado. El sacerdote aprende en la Eucaristia la lógica de su celibato. <Actuando en la persona de Cristo, el sacerdote se une más íntimamente a la ofrenda, poniendo sobre el altar su vida entera, que lleva las señales del holocausto>. En el sacrificio eucarístico aprende lo que significa la entrega total de uno mismo. El celibato sacerdotal nace de la Eucaristía. Confiere a toda la vida del sacerdote un significado sacrificial: <De la Eucaristía recibe la gracia y la responsabilidad de impregnar de manera «sacrificial» toda su existencia>. El vínculo entre la continencia y la celebración eucarística percibido desde siempre por el sensus fidei de los fieles, tanto en Occidente como en Oriente, no tiene nada que ver con un tabú ritual en torno a la sexualidad: es una honda percepción de la <forma eucarística de la existencia cristiana>
El celibato se presenta como la puerta de entrada sacerdotal a esa forma eucarística. Nadie puede ser fiel al celibato sin la celebración diaria de la misa, En la Eucaristía el sacerdote recibe el celibato como un don. El vínculo entre la celebración eucarística y el celibato puede resumirse con unas palabras del cardenal Marc Ouellet: el celibato equivale a la oblación eucarística del Señor que, por amor, ha entregado su cuerpo una vez por todas, hasta el extremo de la distribución sacramental, y exige a quien ha sido llamado una respuesta del mismo orden, es decir, total, irrevocable e incondicional>. Si Cristo se entrega como alimento, también el hombre ha de ser <un hombre crucificado y un hombre devorado>, como decia el beato Antonio Chevrier. El celibato es el signo y la concreción de ello. Estoy profundamente convencido de que el pueblo cristiano <reconoce> a sus sacerdotes gracias a ese signo. Con el instinto de la fe, los fieles de cualquier cultura reconocen con toda certeza en el sacerdote a Cristo que se ofrece por todos
JUAN PABLO II, Pastores dabo vobis, no 29
L. Touze, < Theólogie du célibat sacerdotal>, en Nova et Vetera, XCIV, 2019/2, pp. 138-141
PABLO VI, Encíclica Sacerdotalis Caelibatus, 24 de junio de 1967, no 26
SAN JUAN MARÍA VIANNEY, citado en Bernard Naudet, Jean-Marie Vianney, curé d’Ars. Sa pensée, son coeur, Cerf, 2007
SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, <Sacerdote para la eternidad>, en Amar a la Iglesia, Madrid, Palabra, 2004
BENEDICTO XVI. Exhortación apostólica Sacramentum Caritatis, ne 80. <Además de la relación con el celibato sacerdotal, el Misterio eucarístico manifiesta una relación intrínseca con la virginidad consagrada, ya que es expresión de la con sagración exclusiva de la Iglesia a Cristo, que ella con fidelidad radical y fecunda acoge como a su Esposo. La virginidad consagrada encuentra en la Eucaristía inspiración y alimento para su entrega total a Cristo. Además, en la Eucaristía obtiene consuelo e impulso para ser, también en nuestro tiempo, signo del amor gratuito y fecundo de Dios a la humanidad I…]. En este sentido, es una llamada eficaz al horizonte escatológico que todo hombre necesita para poder orientar sus propias opciones y decisiones de vidas> (Sacramentum Carita- tis, ne 81)
MARC OUELLET, Celibato e legame nuziale di Cristo alla Chiesa, LEV, 201 6, p. 50.
Encended con vuestra luz nuestros sentidos, infundid vuestro amor en nuestros corazones, y fortaleced con perpetuo auxilio, la debilidad de nuestra carne
San Mateo 8:5-13 Al entrar en Cafarnaún, se le acercó un centurión y le rogó diciendo: «Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos.» Dícele Jesús: «Yo iré a curarle.» Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: `Vete’, y va; y a otro: `Ven’, y viene; y a mi siervo: `Haz esto’, y lo hace.» Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande. Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino serán echados a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes.» Y dijo Jesús al centurión: «Anda; que te suceda como has creído.» Y en aquella hora sanó el criado.
Querido Jesús, al recibir estas cenizas, en el inicio de esta Cuaresma, que pueda iniciar un verdadero camino de transformación para mi vida. Que la Luz de tu Palabra me guie hacia un poderoso cambio interior, para ser testimonio vivo de tu amor. Amén
San Mateo 6:16-21 «Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. «No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban Amontonaos más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.
Evangelio según san Mateo, 11: 16- 19 «¿ Mas a quién diré que se parece esta generación? Es parecida a los niños, que sentándose en la plaza, y gritando dicen a sus compañeros: hemos cantado por vosotros, y no bailasteis; nos hemos lamentado y no llorasteis; vino, pues, Juan, y no come ni bebe, y dicen: tiene el demonio: vino el Hijo del hombre, come y bebe, y dicen: ved aquí al hombre voraz y bebedor, al amigo de los publicanos y de los pecadores. Mas la sabiduría ha sido justificada por sus hijos». (vv. 16- 19)
Viene el Señor. Esto equivale a decir: «Juan y yo hemos venido por caminos diferentes y hemos hecho lo mismo, del mismo modo que unos cazadores que para caer sobre un solo animal lo persiguieran por caminos diferentes. Todo el mundo se admira del ayuno y de la vida penitente de Juan y porque quiso desde sus primeros años alimentarse de esta manera. No fue otro su objeto, que el que todos dispensaran confianza a sus palabras. También marchó el Señor por este camino cuando ayunó cuarenta días. Pero sin embargo, se valió de otro medio para atraer al pueblo a su fe. Porque era más digno que Juan, que había andado por este camino, diese testimonio de El, y no el que el mismo Señor lo hiciese. Juan no hace más que manifestar dos cosas: la vida y la justicia. Cristo tiene el testimonio de sus milagros. Dejando, pues, que brillase Juan en el ayuno, El siguió otro camino, asistiendo a la mesa de los publicanos, comiendo y bebiendo con ellos
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 37,3
San Lucas 12:35-40 «Tened ceñida la cintura y las lámparas encendidas, y sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran. Dichosos los siervos a quienes el señor, al venir, encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá. Que venga en la segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra así, ¡dichosos ellos! Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría que le horadasen su casa. Estad también vosotros preparados, porque cuando menos lo penséis, vendrá el Hijo del hombre.»