San Lucas 2:22-32 Cuando se cumplieron los días en que debían purificarse, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones*, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Era un hombre justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. El Espíritu Santo le había revelado que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a las gentes y gloria de tu pueblo Israel.»
Evangelio y oro no son en el XVI cosas contrapuestas, o al menos pueden no serlo. Cuando en 1511 el milanés Pedro Martir de Anglería describe cómo Colón persuadió a los Reyes Catolicos para que apoyaran su empresa, dice que les convenció de que gracias a ésta <podría con facilidad acrecentarse la religión cristiana y conseguirse una cantidad inaudita de perlas, especias y oro> (Décadas I,1,2).
Evangelio y oro. Las dos cosas juntas. Esto nosotros no acabamos de entenderlo. Pero es que los hombres del XVI hispano eran tan distintos de nosotros que fácilmente interpretamos mal sus acciones e intenciones. Así por ejemplo, les asignamos una avidez por las riquezas del mismo género que la avidez actual. Y es un error. Sin duda el amor al dinero tenía en el XVI aspectos tan sórdidos y crueles como los tiene hoy entre nosotros, pero un conocimiento suficiente de los documentos de aquella época nos permite captar diferencias muy considerables en la modalidad de esta pasión humana permanente.
El caso personal de Colón puede darnos luz en este punto. Difundir la fe cristiana y encontrar oro son en el Almirante dos apasionadas obsesiones, igualmente sinceras una y otra, y falseariamos SU figura personal si no afirmáramos en él las dos al mismo tiempo. El confiesa de todo corazón:
<EI oro es excelentísimo; del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo, y Ilega a que echa las ánimas al Paraiso> (IV Vj.).
En esa declaración, muy enraizada en el siglo XVI hispano, la pasión por el oro no se orienta ante todo, como hoy suele ser más frecuente a la vanidad y la seguridad, o al placer y la buena vida, sino que pretende, más que todo eso, la acción fuerte en el mundo y la finalidad religiosa. Como dice el profesor Elliot, en el XVI español <el oro significaba poder. Esta había sido siempre la actitud de los castellanos con respecto a la riqueza> (El viejo mundo 78).
El oro significaba poder, y el poder era para la acción. Descubridores y conquistadores, según se ve en las crónicas, son ante todo hombres de acción y de aventura, en busca de honores propios y de gloria de Dios, de manera que por consequir éstos valores muchas veces arriesgan y también pierden sus riquezas y aún sus vidas. Y si consiguen la riqueza, rara vez les vemos asentarse para disfrutarla y acrecentarla tranquilamente. Ellos no fueron primariamente hombres de negocios, y pocos de ellos lograron una prosperidad burguesa.
En Colón, concretamente, la fe y el oro no se contradicen demasiado, si tenemos en cuenta que, como él dice, «así protesté a Vuestras Altezas que toda la ganancia de esta mi empresa se gastase en la conquista de Jerusalén, y Vuestras Altezas se rieron y dijeron que les placía, y que sin esto tenían aquella gana» (I Vj. 26 dic).
Plantar la Cruz <En todas las partes, islas y tierras donde entraba dejaba siempre puesta una cruz», y Cuando era posible, «una muy grande y alta cruz» (I Vj. 16 nov). Procuraban ponerlas en lugares bien destacados, para que se vieran desde muy lejos. De este modo, a medida que los españoles, Conducidos por Colón, tocan las islas o la tierra firme, van alzándose cruces por todas partes, cobrando así América una nueva fisonomía decisiva. Las colocan con toda conciencia, «en señal que Vuestras Altezas tienen la tierra por suya, y principalmente por señal de Jesucristo Nuestro Señor y honra de la Cristiandad» (12 dic). Y así «en todas las tierras adonde los navíos de Vuestras Altezas van y en todo cabo, mando plantar una alta cruz, y a toda la gente que hallo notifico el estado de Vuestras Altezas y cómo tenéis asiento en España, y les digo de nuestra santa fe todo lo que yo puedo, y de la creencia de la santa madre Iglesia, la cual tiene sus miembros en todo el mundo, y les digo la policía y nobleza de todos los cristianos,y la fe que en la santa Trinidad tienen» (III Vj.)
Hechos de los Apóstoles en América, José María Iraburu
Consagrar el futuro no significa “desentenderse», sino caminar con un horizonte. Y ese horizonte no es un logro, ni una meta… es una Persona: Cristo. Como también decía Santa Teresa de Jesús:
«Nada te turbe, nada te espante. Todo se pasa. Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene, nada le falta. Solo Dios basta.»
San Pío X muere el 20 de agosto de 1914, abatido por no haber sido capaz de evitar la «matanza inútil», como su sucesor definirá la Gran Guerra. Su sucesor, Benedicto XV renovó más de una vez la condenación doctrinal al Modernismo. No obstante ello, en Roma se comenzó a respirar un clima nuevo. Aunque aún se criticaba el Modernismo a nivel doctrinal, se comenzó a recriminar los «excesos» en la lucha antimodernista. El nuevo Pontífice hizo saber que tales «excesos» debían acabar. Los colaboradores más estrechos de San Pío X fueron apartados y muchos modernistas golpeados por sanciones fueron rehabilitados. Evocando en 1975 ese cambio de clima, el dominico Marie-Dominique Chenu relata: «Benedicto XV represen taba una tendencia diversa. Hoy lo llamariamos un progresista. A tal punto que Pío X se había negado a hacerlo cardenal, aunque él fuese arzobispo de Boloña. (…) Benedicto XV pronto exoneró lal cardinal] Merry del Val (Secretario de Estado de S. Pio X], sustituyéndolo por el Cardenal Gasparri. (..) Una verdadera revolución de palacio! El cardenal Gasparri reintegró en sus cátedras los jóvenes sacerdotes y teólogos italianos hasta entonces sospechoso o incluso condenados, porque la represión en Italia había sido muy dura» En carta a Paul Sabatier, el P. Giovanni Genocchi es aún más explícito: «Ya estamos probando algunos buenos efectos de la sabiduria del nuevo Papa. Él no quiere mostrar el aire iconoclasta de su predecesor. Estamos respirando mejor (…) Mons. Du se copió al portapapeles. a bestia negra. Don Lanzoni ha sido hecho prelado. Muchas victimas de la locura y del fanatismo ya están rehabilitadas, y otras están en camino
Givanni GENOCCHI, carta a Paul Sabatier, del 28 diciembre 1914, cit. in Emile POULAT, Intégrisme et Catholicisme intégrale, p. 601 Marie-Dominique CHENU, in Jacques DUQUESNE, Un théologien en liberté, p. 33
Es habitual comprender nuestro mundo moderno como el resultado de un proceso de secularización en el que la religión se va apagando a toda velocidad. El hombre, quedándose solo consigo mismo, quita a Dios del centro y levanta sobre sus propios hombros un mundo enteramente humano. Con sus ojos puestos en el fenómeno totalitario, el filósofo Eric Voegelin cuestionó este lugar común: en realidad, lo que se ha venido produciendo desde el final de la Edad Media no es una desaparición de la dimensión religiosa, sino un desplazamiento que fue desde lo extramundano a lo intramundano. Así pues, todo lo que ha ocurrido es que las religiones sobre naturales fueron paulatinamente reemplazadas por religiones políticas.
Esta clave nos permite comprender mejor el totalitarismo en su especificidad. De otra manera podríamos confundirlo con otras configuraciones políticas que también pretendieron una concentración absoluta del poder, como es el caso del absolutismo estatal que hallamos en los primeros siglos de nuestra modernidad política. Pero un Hitler o un Stalin son sustancialmente diferentes de un Luis XIV o un Carlos II, no solo porque en términos organizacionales aquellos se valgan del partido único apalancado en un movimiento de masas, sino también porque en términos discursivos operan con ideologias. La ideología puede concebirse como una modalidad sistematizada de religión política. En efecto, este tipo de discurso irrumpe justo allí donde la religión sobrenatural se esconde. Sus símbolos, no obstante, permanecen: irradiación, comunión, redención, sacerdocio, apocalipsis, paraíso, providencia, etcétera, adoptan contenidos mundanos, apuntan hacia fines terrenales, pero sus formas religiosas se mantienen inalteradas. La política y el poder, que han perdido su referencia a un Dios sobrenatural, no por ello se desacralizan. La función de la ideología consiste en ofrecer nuevas referencias divinas, de carácter terrenal, a las sagradas necesidades del poder.
La misma formación del Estado moderno puede leerse, según Voegelin, como el avance de la religión política. No es una casualidad que el más célebre símbolo del que se valió el Estado moderno para autocomprenderse haya sido el Leviatán. La imagen del Leviatán, un monstruo bíblico del que podemos leer en Job, la tomó Thomas Hobbes, el filósofo político más importante del siglo xvi, para caracterizar y justificar al Estado absoluto de su tiempo. Según la filosofia de Hobbes, el cuerpo político se funda a sí mismo, se origina en sí, a través de un pacto entre individuos que da lugar a una persona colectiva. La multiplicidad, caótica y peligrosa, deviene ahora unidad, y un soberano detentará el poder absoluto sobre todos esos individuos que, de otra manera, se matarían entre ellos en guerras de todos contra todos. Si bien esta unidad todavía encuentra a Dios por encima suyo, el Estado ya no está separado de la Iglesia como institución, sino que él mismo se convierte en Iglesia. Así lo ilustra la célebre tapa del libro de Hobbes: el Leviatán sostierne la espada en una mano, y el cetro en la otra. La interpretación religiosa depende también del soberano, que por algo es absoluto. Explica al respecto Voegelin: «El contrato de gobierno del que habla Hobbes crea el Estado como persona histórica, como Mortal God, como Dios en la tierra, al que los hombres deben, junto al Immortal God o Dios eterno, paz y seguridad»
Eric Voegelin, Las religiones políticas (Madrid: Editorial Trotta, 2022) «Da grima oír unay otra vez que el nacionalsocialismo es un regreso a la barbarie, a los tiempos oscuros de la Edad Media, a la edad anterior al nuevo progreso humanístico, sin que los que así hablan adviertan que la secularización de la vida que ha traído consigo esa idea de humanidad es precisamente el caldo de cultivo en que han podido medrar movimientos religiosos anticristianos como el nacionalsocialismo» (Voegelin, Las religiones politicas,p. 24).
San Mateo 20:1-16 «En efecto, el Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña. Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Salió luego hacia la hora tercia y al ver a otros que estaban en la plaza parados, les dijo: `Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo.’ Y ellos fueron. Volvió a salir a la hora sexta y a la nona e hizo lo mismo. Todavía salió a eso de la hora undécima y, al encontar a otros que estaban allí, les dice: `¿Por qué estáis aquí todo el día parados?’ Dícenle: `Es que nadie nos ha contratado.’ Díceles: `Id también vosotros a la viña.’ Al atardecer, dice el dueño de la viña a su administrador: `Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros.’ Vinieron, pues, los de la hora undécima y cobraron un denario cada uno. Al venir los primeros pensaron que cobrarían más, pero ellos también cobraron un denario cada uno Y al cobrarlo, murmuraban contra el propietario, diciendo: `Estos últimos no han trabajado más que una hora, y les pagas como a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor.’ Pero él contestó a uno de ellos: `Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en un denario? Pues toma lo tuyo y vete. Por mi parte, quiero dar a este último lo mismo que a ti ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?’. Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos.»
San Mateo 18:1-5 En aquel momento se acercaron a Jesús los discípulos y le dijeron: «¿Quién es, pues, el mayor en el Reino de los Cielos?» Él llamó a un niño, le puso en medio de ellos y dijo: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Así pues, quien se humille como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos. «Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe