San Mateo 5:13-19 «Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres. «Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Os lo aseguro: mientras duren el cielo y la tierra, no dejará de estar vigente ni una i ni una tilde de la ley sin que todo se cumpla. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.
San Mateo 10:26-32 «No les tengáis miedo. Pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse. Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los terrados. «Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna ¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos. «Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos;
San Lucas 14:26-33 «Si alguno viene junto a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío. «Porque ¿quién de vosotros, que quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos y ver si tiene para acabarla? No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo: `Éste comenzó a edificar y no pudo terminar.’ O ¿qué rey, antes de salir contra otro rey, no se sienta a deliberar si con diez mil puede salir al paso del que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.
San Lucas 12:35-40 «Tened ceñida la cintura y las lámparas encendidas, y sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran. Dichosos los siervos a quienes el señor, al venir, encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá. Que venga en la segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra así, ¡dichosos ellos! Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría que le horadasen su casa. Estad también vosotros preparados, porque cuando menos lo penséis, vendrá el Hijo del hombre.»
Si esto es lo que hacía con el proletariado en cuyo nombre supuestamente se levaba adelante la «dictadura del proletariado», uno puede imaginarse con horror cómo serían las cosas para aquellos que no pertenecían a la clase obrera. En El Estado y la revolución, Lenin reinterpreta la teoría revolucionaria de Marx y Engels. El Estado, fruto de la división de la sociedad en clases sociales, se define como una máquina de represión que utiliza una clase contra otra. Según todas las variantes del marxismo, habitualmente el Estado ha sido utilizado por las «clases explotadoras» contra las «explotadas» (los amos contra los esclavos, los señores feudales contra los siervos, los burgueses contra los obreros). Pero la revolución, según la lectura de Lenin, supone la conquista del aparato del Estado para, a través suyo, lograr el aniquilamiento de la «clase burguesa» y establecer su reemplazo político en un «Estado obrero», En este proceso, la concentración del «poder no compartido con nadie» en manos del partido único que se arroga la representación del proletariado ha de ser, por ello mismo, total. Según la ideologia propuesta, el partido «transforma el Estado en el «proletariado organizado como clase dominante»», Esto es precisamente lo que Marx había dernominado «dictadura del proletariado», pero encarnada ahora en una organización política real: el partido. Su índole, respecto de las clases enemigas, es decididamente antidemocrática. Lenin así lo reconoce: «Debemos reprimir a éstos, para liberar a la humanidad de la esclavitud asalariada, hay que vencer por la fuerza su resistencia, y es evidente que allí donde hay represión, donde hay violencia no hay libertad ni demnocracia», El Estado queda absorbido por el partido que dice representar los intereses objetivos de la clase obrera, y utiliza todos cursos represivos, todos sus instrumentos de violencia con el objeto de aniquilar a su clase enemiga. Pero esta circunstancia, según promete la ideología en cuestión, tendría fecha de vencimiento cuando el aniquilamiento definitivo se hubiera consumado. Explica Lenin:
Sólo en la sociedad comunista, cuando se haya roto ya definitivamente la resistencia de los capitalistas, cuando hayan desaparecido los capitalistas, cuando no haya clases (es decir, cuando no haya diferencias entre los miem bros de la sociedad por su relación hacia los medios sociales de producción), sólo entonces «desaparecerá el Estado y podrá hablarse de libertad»
Hans Kelsen, Teoria comunista del derecho y del Estado (Buenos Aires: Emecé, 1957), pp. 52-53. Lenin, El Estado y la revolución (Buenos Aires: Edito rial Sol 90, 2012), p. 41
«Educando al Partido obrero, el marxismo educa a la vanguardia del proletariado, vanguardia capaz de tomar el poder y de conducir a todo el pueblo al socialismo, de dirigir y organizar el nuevo régimen, de ser el maestro, el dirigente, el jefe de todos los trabajadores y explotados en la obra de construir su propia vida social sin burguesía y contra la burguesía»
De error en error llegamos así a la eclesiología modernista. El hombre, dicen los modernistas, siente la necesidad de comunicar su fe a los otros, en particular cuando ha tenido alguna experiencia religiosa fuerte. Cuando muchas personas coinciden en esta necesidad, ponen en común su fe y se constituyen en una sociedad con el fin de proteger, promover y difundir esta fe. Es decir, constituyen una iglesia. En el delirio modernista, la Iglesia es pues un producto de la conciencia colectiva, una emanación vital de la colectividad de los cristianos, y no una sociedad sobrenatural directamente fundada por Nuestro Seňor Jesucristo. Los modernistas negaban que Nuestro Señor hubiera querido consciente y explícitamente fundar una Iglesia. Él se halbría limitado a predicar la inminente venida del «reino», galvanizando un cierto número de seguidores. Escribe Loisy: “Podemos decir que, en el curso de su ministerio, Jesús no ha prescripto a sus apóstoles, ni ha practicado él mismo, ninguna regla de culto externo que hubiera podido caracterizar al Evangelio como una religión. Jesús no ha determinado la liturgia cristiana, ni ha definido formalmente Las constituciónes y los dogmas de la Iglesia. (…) La visión de Jesús no incluia directamente la idea de una nueva religión, ni la fundación de una nueva Iglesia, sino sólo la realización del Reino de Dios» Cuando, sin embargo, se hizo evidente que el reino no vendría enseguida, los seguidores de Cristo sintieron la necesidad de constituirse en una sociedad, a fin de salvaguardar el anhelo y mantener viva la memoria de Cristo. Jesús ha predicado el reino, y en cambio llegó la Iglesia» es una de las frases más citadas de Loisy
Alfred LOISY, L’évangile et l’église, p. 166, cit. in Alec R. VIDLER, The Modernist Movement in the Roman Church, p. 118.
Señor Jesús, Tú sabes lo que hay en mi corazón. Conoces los momentos que me pesan, las decisiones que me hieren, los recuerdos que aún me acusan. Hoy los traigo ante tu Cruz. Mírame con esos ojos que no juzgan, sino que salvan. Con esos ojos que vieron a Pedro después de negarte, a la Magdalena después de llorarte, al ladrón después de arrepentirse.
Yo también quiero mirar tu rostro y creer. Creo que tu amor es más grande que mi pecado. Renuncio a seguir atrapado en ese pasado sin salida. Te entrego lo que fui, para recibir lo que quieres que yo sea. Haz nuevas todas las cosas… incluido mi corazón. Amén.