Tú conoces a tu siervo, y sabes que ningún bien hay en él porque merezca que Tú le hagas tan grandísima merced. Yo confieso, Señor, mi vileza, y reconozco tu bondad; ensalzo tu misericordia, y te doy gracias por tu caridad infinita
Evangelio
San Juan 1:9-28
La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre, viniendo a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales no nacieron de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre sino que nacieron de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Unigénito, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y clama: «Este era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo.» Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, él lo ha contado. Y este fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle: «¿Quién eres tú?» Él confesó, y no negó; confesó: «Yo no soy el Cristo.» Y le preguntaron: «¿Qué pues?; ¿Eres tú Elías?» Él dijo: «No lo soy».» – «¿Eres tú el profeta?» Respondió: «No.» Entonces le dijeron: «¿Quién eres, pues, para que demos respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?» Dijo él: «Yo soy la voz del que clama en el desierto: Rectificad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías». Habían sido enviados por los fariseos. Y le preguntaron: «¿Por qué, pues, bautizas, si no eres tú el Cristo ni Elías ni el profeta?» Juan les respondió: «Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia.» Esto ocurrió en Bethabara, al otro lado del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

La motivación del exterminio de los valdenses
Ya por entonces, de la misma manera que hoy, la «razón» requiere una disminución poblacional para aumentar el bienestar de los (que queden) vivos. Y, también de la misma forma que hoy, para esto es
necesario que se lleve a cabo una profunda deshumanización de las víctimas. De repente, una enorme porción del pueblo francés perdía su rostro humano, y con él perdía también su condición humana. Babeuf denuncia que la maquinaria genocida se propuso hacer creer «que los franceses de la Vendée rno eran franceses, que además eran monstruos por no entender lo que era la República», Una carta de Carrier uno de los máximos responsables del genocidio- a la Convención lo dice sin ambages:
«Por principios de humanidad ando purgando la tierra de la libertad de estos monstruos» Sin rostro francés, no hay «derechos del ciudadano»; sin rostro humano, no hay «derechos del hombre». El vendeano queda reducido a un ente monstruoso que merece un rápido exterminio por el bien del pueblo, de la libertad y en nombre del triunfo de la razón y el progreso. Una proclamación de la
Convención Nacional ante el ejército del Oeste, citada por Babeuf, dice: Soldados de la Libertad, es preciso exterminar a todos los bandoleros de la Vendée antes de que finalice el mes de octubre. La salvación de la Patria lo exige, la impaciencia del Pueblo francés lo manda, su valor debe cumplirlo; el reconocimiento nacional os espera para esas fechas,
El discurso político había convertido a los vendeanos en bandoleros (brigands). «Exterminar a todos los bandoleros de la Vendée» significaba, en rigor, exterminar a todos los vendeanos. «¿Y con qué criterios hubiese podido distinguir a un no-bandolero»», se preguntaba Babeuf. La identificación «vendeano = bandolero = monstruo» se había obrado con tal nivel de eficacia que el criterio para identificar a un bandolero era identificar aun vendeano, y proceder a aniquilarlo en su calidad de monstruo.
El mismo Carrier había sostenido: «Yo os puedo afirmar que no ha quedado ni un solo patriota en la Vendée. Todos los habitantes de esta región han tomado parte más o menos activa en esta guerra»
Sáenz, La Revolución Francesa. Cuarta parte: La epopeya de la Vendée, pp. 171-172

Oración
Señor, confiando en tu bondad y en tu gran misericordia, vengo enfermo al Salvador, hambriento y sediento a la fuente de la vida, pobre al Rey del cielo, siervo al Señor, criatura al Criador, desconsolado a mi piadoso consolador
Evangelio
San Mateo 13:44-52
«El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel. «También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra. «También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. «¿Habéis entendido todo esto?» Dícenle: «Sí.» Y él les dijo: «Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de su arca cosas nuevas y cosas viejas.»

Oración
¿Por qué pues temes tomar la Cruz por la cual se va al Reino?, en la Cruz está la perfección de la santidad
Evangelio
San Mateo 11:2-10
Juan, que en la cárcel había oído ha- blar de las obras de Cristo, envió a sus discípulos a decirle: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?» Jesús les respondió: «Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nue- va; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!» Cuando éstos se marchaban, se puso Jesús a hablar de Juan a la gente: «¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? Mirad, los que visten con elegancia están en los palacios de los reyes Entonces ¿a qué salisteis? ¿A ver un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. Este es de quien está escrito: He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, que preparará tu camino por delante de ti.

Un despoblamiento era imprescindible
porque, hechas las cuentas, la población francesa excedía los recursos de la tierra y las necesidades
de la industria útil: es decir, que había demasiados hombres en nuestra tierra para que cada uno pudiese vivir en ella a sus anchas; que los brazos eran excesivos para la ejecución de los trabajos de utilidad esencial; que aquella verdad era demostrada por la única medida cierta: l relación del producto total del cultivo y de la economía rural, nedida fuera de la cual no hay por qué hacer otros cálculos, puesto que todas las otras artes posibles son incapaces de producir, entre todas, una libra de pan suplementaria
Babeuf, El sistema de despoblación, pp. 96-97. Babeuf se apoya en documentos de la época y en distintos testimonios públicos. Uno de ellos relata que Carrier dijo a sus subalternos: «Que según la recapitulación de la población de Francia había mil habitantes por legua cuadrada; que estaba demostrado que el suelo de Francia no podía alimentar a todos sus habitantes; que era preciso deshacerse del excedente de población, que de no hacerlo no podía existir República; que era preciso
empezar por los sacerdotes, los nobles, los mercaderes, los banqueros, los negociantes, etc. Que ninguno de aquellos hombres podía amar a la República» (citado en ibíd., p. 163).
Oración
¿Por qué pues temes tomar la Cruz por la cual se va al Reino?, en la Cruz está la suma virtud
Evangelio
San Mateo 16:13-19
Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas.» Díceles él: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.» Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.»
