Evangelio

San Mateo 22:1-14
Tomando Jesús de nuevo la palabra les habló en parábolas, diciendo: «El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo. Envió sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir. Envió todavía otros siervos, con este encargo: Decid a los invitados: `Mirad, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda.’ Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio; y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron. Se enojó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad. Entonces dice a sus siervos: `La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda.’ Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales. «Cuando entró el rey a ver a los comensales vio allí uno que no tenía traje de boda; le dice: `Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?’ Él se quedó callado. Entonces el rey dijo a los sirvientes: `Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes.’ Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos.»

“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien has enviado” (Jn 17,3).

La eternidad como plenitud absoluta



Hablar de eternidad suele generar, en el mejor de los casos, asombro; y en el peor, indiferencia o rechazo. Para muchos, incluso entre creyentes, el concepto de «vida eterna» puede parecer lejano, vago o poco atractivo. Parte del problema es que solemos imaginar la eternidad con categorías equivocadas: como un tiempo muy largo, como una repetición sin fin o, peor aún, como una existencia aburrida en un cielo estático lleno de nubes y arpas. Nada más lejos de la verdad cristiana.

La eternidad no es una extensión infinita del tiempo. No es «más tiempo», sino otro modo de ser. Ya lo decía Boecio, filósofo cristiano del siglo VI:

La eternidad es la posesión total, simultánea y perfecta de una vida sin fin

Santo Tomás de Aquino retoma esta idea para explicar que Dios no «espera» como nosotros, no avanza en secuencias, no recuerda ni anticipa: simplemente es.! En Él no hay antes ni después, sino un eterno presente. Y como somos creados imagen suya, nuestro destino último no puede ser simplemente «seguir existiendo», sino alcanzar esa misma plenitud de ser, sin falta, sin deterioro, sin vacio. La eternidad es, por tanto, la plenitud absoluta, el estado donde no hay pérdida, ni error, ni separación, sino comunión perfecta con la Verdad y el Amor. Quien no cree en la eternidad suele imaginar la muerte como un apagón definitivo, una disolución, una pausa sin retorno. En mi etapa de ateísmo, lo confieso, pensaba así. Aunque paradójicamente, esa negación de la eternidad me producía una inquietud tremenda. Decía que no creía, pero me molestaba no poder trascender. Como decía un autor secular: «Si no puedes set inmortal, entonces escribe algo digno de leerse o haz algo digno de escribirse.» Ese afán de dejar huella, de hacer algo grande antes del final, era -aunque no lo supiera una
prueba de que mi alma se resistía a aceptar lo efímero como destino

Boecio, La consolación de la filosofia, v, 6
Contra el Tiempo: La Batalla por la Eternidad. Toro, William

Oración

No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá

Evangelio

San Lucas 10:1-9
Después de esto, designó el Señor a otros setenta y dos y los envió por delante, de dos en dos, a todas las ciudades y sitios adonde él había de ir Y les dijo: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Id; mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino. En la casa en que entréis, decid primero: `Paz a esta casa.’ Y si hubiere allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; si no, se volverá a vosotros Permaneced en la misma casa, comed y bebed lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No vayáis de casa en casa. En la ciudad en que entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad los enfermos que haya en ella, y decidles: `El Reino de Dios está cerca de vosotros.’

El cristiano ya está viviendo una vida eterna



Según la fe cristiana, Dios es un solo ser divino que subsiste en tres Personas distintas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. No son tres dioses, sino un solo Dios en tres Personas. Esto no es una contradicción lógica, sino una verdad que supera nuestra razón sin oponerse a ella.

Como ha explicado la teología a lo largo de los siglos, la relación entre las Personas divinas es eterna: el Padre engendra eternamente al Hijo, y el Espíritu Santo procede eternamente del amor entre ambos. Esta realidad no ocurre «en el tiempo», sino fuera del tiempo, en la eternidad misma de Dios.

Lo asombroso es que, en un momento concreto de la historia humana, el Hijo eterno – la segunda Persona de la Trinidad – asumió una naturaleza humana sin dejar de ser Dios. Este acontecimiento único es lo que lamamos la Encarnación. No significa que Dios «se convirtió» en hombre dejando de ser Dios, sino que el Hijo eterno asumió la humanidad en el tiempo, naciendo de la Virgen María como verdadero hombre, sin perder su divinidad.

Por eso el Evangelio de san Juan puede proclamar con fuerza: «y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). por eso Jesús puede decir con absoluta autoridad: «Antes de que Abraham existiera, Yo Soy» (Jn 8,58). En El, el Eterno ha entrado en el tiempo, no para ser prisionero de él, sino para redimirlo desde dentro. En Jesús, el tiempo se convierte en sacramento de la eternidad

Desde esta perspectiva, el tiempo humano–con sus luchas, decisiones y anhelos- no es una condena, sino una puerta abierta a la eternidad. Cada segundo puede ser redimido. Cada elección puede ser un
paso hacia el «Yo Soy’ Esta es la grandeza del cristianismo: no se limita a darnos consuelo temporal, sino que nos invita a trascender el tiempo, a unirnos al Eterno, a participar de su vida.

En otras religiones el ser humano busca alcanzar lo divino; en el cristianismo, es Dios mismo quien ha descendido a nosotros, para llevarnos consigo más allá del tiempo, a la plenitud de la vida eterna.

Contra el Tiempo: La Batalla por la Eternidad. Toro, William

Oración

Si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas

Evangelio

San Mateo 11:25-30
En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.»

Oración

Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo. «Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal

Evangelio

San Mateo 13:44-52
«El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel. «También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra. «También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. «¿Habéis entendido todo esto?» Dícenle: «Sí.» Y él les dijo: «Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de su arca cosas nuevas y cosas viejas.»