Oración

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo

Evangelio

San Mateo 25:1-13
«Entonces el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio. Cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes. Las necias, en efecto, al tomar sus lámparas, no se proveyeron de aceite; las prudentes, en cambio, junto con sus lámparas tomaron aceite en las alcuzas. Como el novio tardara, se adormilaron todas y se durmieron. Mas a media noche se oyó un grito: `¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!’ Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: `Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan.’ Pero las prudentes replicaron: `No, no sea que no alcance para nosotras y para vosotras; es mejor que vayáis donde los vendedores y os lo compréis.’ Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de boda, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras vírgenes diciendo: `¡Señor, señor, ábrenos!’ Pero él respondió: `En verdad os digo que no os conozco.’ Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora.

Palabra del Señor

Oración

Sin tu ayuda,
nada hay en el hombre,
nada que sea bueno

Evangelio

San Marcos 6:17-29
Es que Herodes era el que había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano.» Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto. Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré.» Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino.» Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?» Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista.» Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista.» El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

¿Qué entendemos por «presente», «pasado» y «futuro»?



Desde que el ser humano comenzó a mirar el cielo y a notar el paso de los días y las estaciones, surgió una inquietud inevitable: ¿qué es el tiempo? Es algo real o solo una forma de ordenar los acontecimientos que vivimos? A lo largo de la historia, hemos intentado atraparlo con relojes, calendarios, cronómetros, incluso con celebraciones que buscan fijar momentos en la memoria. Sin embargo, cuanto más tratamos de entender el tiempo, más escurridizo parece.

Comencemos con lo más intuitivo: si alguien nos pregunta en qué momento estamos, respondemos con seguridad: «en el presente». Pero si nos detenemos a observar más de cerca, descubrimos algo inquietante: el presente no puede ser retenido. Lo que llamamos «ahora» se desliza entre los dedos como agua. En el mismo instante en que decimos «este momento», ya se ha convertido en pasado.
<Entonces, qué es el presente? ¿Un punto? ¿Un puente? ¿Una ilusión? Si el pasado es todo aquello que ya sucedió – y que no podemos modificar –, y el futuro es lo que aún no ha ocurrido -y que no tenemos garantía de alcanzar-, el presente debería ser nuestro único terreno firme. Pero cuanto más lo miramos, más se deshace. Como dijo San Agustín: «Tres tiempos hay: el presente de las cosas pasadas, el presente de las cosas presentes, y el presente de las cosas futuras. Y estos tres están en
el alma»

Podríamos imaginarlo así: el pasado es un archivo, el futuro una promesa, y el presente… un parpadeo. Pero vivimos en un parpadeo? Puede construirse una vida, una historia, una vocación en algo tan
efímero? El lenguaje humano ha intentado capturar esta experiencia. Decimos «vivir el presente», «aprovechar el momento», «estar aquíy ahora» sin embargo, cada una de esas expresiones implica un esfuerzo casi heroico por habitar un punto que nunca se deja poseer del todo. Algunos filósofos comparan el presente con una línea infinitamente delgada que divide dos océanos: el mar ya recorrido y el mar por descubrir. En la práctica, nuestra mente tampoco se queda quieta en el presente: recordamos, anticipamos, imaginamos, tememos… rara vez estamos por completo en el ahora. Y quizás sea porque el ser humano, en el fondo, no fue hecho para lo que pasa, sino para lo que permanece.

Así que, cuando preguntamos qué es el pasado, el presente y el futuro, no estamos haciendo una pregunta cualquiera. Estamos abriendo una de las puertas más profundas hacia el misterio de nuestra existencia. Porque comprender el tiempo no es solo cuestión de filosofía: es comprender dónde estamos parados, qué sentido tiene nuestra vida, y hacia dónde realmente vamos

San Agustín , Confesiones, Libro XI, capitulo 20.

Contra el Tiempo: La Batalla por la Eternidad. Toro, William

Oración

Ven, Padre de los pobres,
ven, dador de gracias,
ven luz de los corazones

Evangelio

San Mateo 5:13-19
«Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres. «Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Os lo aseguro: mientras duren el cielo y la tierra, no dejará de estar vigente ni una i ni una tilde de la ley sin que todo se cumpla. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.

Palabra del Señor

La liberación del proletariado



La naciente «cuestión social» llamó naturalmente la atención de los católicos liberales. Alineándose con la izquierda del catolicismo social, algunos católicos liberales asumían la esencia de la doctrina marxista. «Después de la última revolución – afirmaba L’Avenir, dieciocho años antes del Manifiesto Comunista – resta sólo la burguesía y el pueblo, la clase que compra el trabajo y la clase que debe venderlo».

A su juicio, tal condición era equivalente a una servidumbre. Luchando por la abolición de la servidumbre en el campo político, a través de la creciente democratización de la sociedad civil,
era natural que los católicos liberales fuesen atraidos por la llamada emancipación del proletariado.

Según L’Avenir, el mal residía precisamente en el sistema capitalista, que produce necesariamente un conflicto de clases. L’Avenir amenazaba a los propietarios con «el’odio implacable de los proletarios que se adensa sobre vuestras cabezas (…) a la espera tan sólo de vosotros bajéis la guardia»

L’Avenir, 19 ottobre 1830, in Ibid. col. 535, s.v. «Liberalisme catholique».

Globalización y globalismo



A diferencia de la voz globalización, que apuntaba sobre todo a un fenomeno de tipo económico, la índole del globalismo es incontrastablemente política. Con esta palabra se quiere indicar la novedad de un régimen político que convierte la totalidad del globo en su teatro de operaciones, y que se consolida mediante la sustracción de la soberanía nacional en favor de entidades supraestatales.

El globalismo se institucionaliza en organizaciones que, por definición, no tienen ni patria, ni territorio ni pueblo.

Oración

Ven, Espíritu Santo,
y envía del Cielo
un rayo de tu luz