El regalo de Zeus por medio de Hermes, esto es, el sentido de moral y de justicia, casi no tiene sentido ya para la mayoría de las personas. El sentido moral ha sido reemplazado por un relativismo cuyo imperativo consiste en suspender toda valoración moral y dedicarse, sencillamente, a <gozar> (¡qué enormes servicios ha prestado el progresismo a la sociedad de consumo!). Para esto no se precisa ninguna educación; no se
aprende a levantar las barreras morales del <goce>, sino que, en todo caso, se <desaprende> a ello.
Este es el culmen del proceso de idiotización colectiva. Ya no podemos definir el bien; ya no sabemos qué es el mal. Tampoco nos interesa. Hablar de moral hoy suena poco menos que a represión. Bueno es suspender todo sentido moral concreto malo es decir que algún valor en concreto resulta absolutamente bueno y que algún mal en concreto resulta absolutamente malo. Cuando el mal es tan flagrante que desgarra nuestra vista, lo máximo que podemos hacer es cambiar nuestra foto de perfil; cuando el bien es tan bueno que nos conmueve, lo más que hacemos es dar un like. No cabe deducir ninguna reflexión ulterior de nada.
Lo que a todos se impone es una metaética que sostiene que cualquier sistema de valores vale tanto como cualquier otro, pues ya no existen puntos de referencia comunes. De lo que se trata es de celebrar la diferencia. Todo lo diferente es bueno: tal es el dogma de la metaética dominante. Pero si toda diferencia es buena, entonces el mal, en tanto que diferencia respecto del bien, no puede existir. Así, hemos hecho desaparecer el bien y el mal en un mismo movimiento, en el nombre de la <diferencia>. Lo valioso, por lo tanto, es cerrar de una buena vez la boca y suspender el juicio. Este dogma de la diferencia, sin embargo, no se aplica realmente a todos por igual: hace bastante que no resultaba tan fácil mofarse de ciertas religiones (las que no decapitan a los burlones), culpar de todos los males a uno de los dos s3xos, demonizar en la prensa a la gente señalando el color de su piel o atribuirle responsabilidades criminales contra el clima al fruto de las relaciones heteros3xvales.
Asistimos, así, a un idiotismo moral que ni siquiera es consecuente consigo mismo, mientras repite por doquier que <todo vale lo mismo> y se regocija en la <diferencia>. La moral, que permitía mantener unido al grupo social, articulando la acción social y dando estabilidad a las expectativas sociales, ha sido despojada de la dimensión del deber. El actual hundimiento de las sociedades es,en gran medida, efecto de la desaparición de la moral. Las morales tradicionales, de raigambre teológica, se articularon en torno a un sentido fuerte del deber.
Los modernos, que barrieron con el anclaje teológico de la moral y la hicieron descansar en el hombre mismo y su sociedad, mantuvieron por lo general un sentido fuerte del deber. El ejemplo paradigmático al respecto es el de Kant, pero también se puede pensar en Locke, en Rousseau, en Comte, en Durkheim, en Condorcet y otros muchos. El individuo autónomo se debe a sí mismo y a los demás; los derechos son
acompañados por obligaciones, que constituyen la contracara de una misma moneda. Si en la escuela reposa la esperanza del progreso para los ilustrados, eso es porque el individuo autónomo es el producto de una educación que lo cultiva
verdaderamente, y que le enseña por tanto a cumplir con sus obligaciones morales. No hay ilustración allí donde no se educan los deberes del hombre. Los órdenes liberales que surgen al unísono descansan también en una moral fuerte, como por ejemplo la puritana. Es precisamente en virtud de esa moral fuerte como pueden mantener un Estado reducido: al existir obligaciones comunes que están más allá de la ley escrita
Esta puede reducirse a la protección de la vida, la libertad y la propiedad. En cambio, nuestros sistemas morales mutilados, a los que correctamente se los ha denominado <posmoralidad>, reemplazan el lugar del deber por la exaltación del deseo. La única obligación pasa a ser el cumplimiento del propio deseo. De ahí que la moral estalle en mil pedazos, porque le falta la dimensión del deber compartido que articula la acción social y da estabilidad a las expectativas sociales
<La ofensiva contra la oposición moral, precedida de otra contra la oposición de la verdad, impiedad de fondo, allana el terreno a la impiedad cultural en el sentido más vasto, en cuanto que la cultura pierde su significado si viene a menos su cometido formativo o de educación del hombre integral>
Miguel Sciacca, El oscurecimiento de la inteligencia. Madrid, Gredos: 1973,pp. 167-168)
<El idiota moral puede conseguir imitar o simular una emoción y hacernos creer que tiene buenos sentimientos. Pero no puede comportarse como lo haría un hombre reflexivo sin que haya dejado de ser el idiota que era, lo que ocurriría muy rara vez, o sin que ejecute su papel rematadamente mal, porque pararse a pensar es decididamente lo más extraño a su naturaleza>
Norbert Bilbeny, El idiotismo moral. La banalidad del mal en el siglo XX. Barcelona, Anagrama: 1993,p.78)
<;El cambyo climªtico te da igual? Probablemente seas un hombre>, El Confidencial, 25 julio 2022, h t tp s: // b lo gs.elc on-
fidenc ial.c o m/esp ana/seg undo-pa-
rrafo/202 2-07-25/ca m bi o-c lim at ic o-te-
da-igual-se as-un-hom bre_34660 83/
<Having a childis the grandest act of climate destruction>, The Spectator, 16 octubre
2021, h ttp s://w w w.sp ecta-
tor.c o.u k/article/having-a-child-is-the-
grandest-act-of-clim at e-destru ction.
<Los progresos de las ciencias aseguran los del arte de instruir, que a su vez aceleran luego los de las ciencias; y esta influencia recíproca, cuya acción se renueva incesantemente, debe colocarse entre el número de las causas más activas y más poderosas del perfeccionamiento de la especie humana>
Condorcet, Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano. Madrid: Editora Nacional, 1980, p. 244
Gilles Lipovetsky, El crepúsculo del deber. La ética indolora de los nuevos tiempos democráticos (Barcelona: Anagrama, 1996)
