Para la fe cristiana, el tiempo es creado: tiene un inicio (la creación) y tendrá un fin (la consumación del mundo y el juicio final). No es eterno, ni absoluto, ni autónomo. Es el «escenario» donde ocurre la historia de la salvación, y donde la libertad humana se juega en cada decisión.
Dios, en cambio, no está en el tiempo. Es eterno: su existencia no se se despliega en pasado, presente y futuro, sino en un eterno «ahora». Como escribe San Agustín: «Tu ‘hoy’ no pasa al mañana ni sucede al ayer; tu ‘hoy’ es la eternidad,»
Santo Tomás de Aquino también lo explica: «La eternidad es la posesión total, simultánea y perfecta
de una vida interminable.»
Dios no ve los eventos uno por uno conforme suceden, como nosotros. El lo ve todo a la vez: el pasado, el presente y el futuro. Todo está presente ante sus ojos, pero sin que eso signifique que El cause todo directamente.
San Agustín, Confesiones, Libro XI, cap. XIII.
Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I, q-10, a. 1
