«Deben ser aniquilados»
La índole del terror totalitario está dada por el com ponente ideológico revolucionario que le caracteriza. La ideología omnicomprensiva, como ya se dijo, supone la develación de una clave fundamental que funciona como premisa de todo acontecer: el pasado se explica mediante el funcionamiento retrospectivo de esta clave, el presente se interpreta con arreglo a su arreglo a su influjo actual y el futuro se vuelve enteramnente previsible por el despliegue que cabe esperar de su lógica. Ahora bien, el elemento revolucionario, por su parte, se expresa allí donde semejante develación demanda la reconstrucción del mundo a la medida de esa clave fundamental que se acaba de descubrir (a la clave cognitiva del progreso imparable de la Razón le corresponde a la postre un mundo sin hombres <tradicionalistas» y «prejuiciosos»; a la clave económica de clases le corresponde como punto de llegada un mundo «sin clases explotadoras»; a la clave biológica de razas le corresponde al final del camino un mundo «sin razas inferiores»). Pero reconstruir el mundo conforme al contenido de la Idea es violentarlo en lo que tiene de existencia real y efectiva (esto es, en la realidad de la pluralidad de hombres, costumbres y tradiciones, niveles socioeconómicos y características hereditarias fenotípicas). Aquí juega su papel más cabal el terror totalitario: aniquilar lo plural para garantizar la victoria del Uno, adecuarla realidad a las exigencias de la Idea.
Solo en un primer momento se disponen los recursos represivos con relativa exclusividad para la persecución y el aplastamiento de las voces políticas disidentes. Los enemigos del régimen son aquellos que lo desafían y, en este sentido, subsiste cierta racionalidad en la política represiva que se dirige contra ellos. Para ser aniquilado, uno todavía tiene al menos que decir o hacer algo en concreto;
la violencia contra uno todavía es la consecuencia de un curso de acción calculable y, por tanto, evitable. En este sentido podía interpretarse aquello que Grigori Zinóviev, uno de los más importantes dirigentes bolcheviques, exclamaba en septiembre de 1918:
«Para deshacernos de nuestros enemigos, debemos tener nuestro propio terror socialista. Debemos atraer a nuestro lado digamos a noventa de los cien millones de habitantes de la Rusia soviética. En cuanto a los otros, no tenemos nada que decirles. Deben ser aniquilados»
Courtois et al., El libro negro del comunismo, p. 107.
