La revolución (una vez más) se come a sus hijos
Tras una fase de exterminio de los disidentes y otra de exterminio de categorías sociales enteras, un tercer momento del terror totalitario irrumpe cuando, ya fuera de control, este amplía sus márgenes de tal modo que llega incluso a las propias filas de la élite totalitaria. En ese embrión de totalitarismo que hallamos en la Revolución francesa ya se notó aquello de que «la revolución se come a sus hijos». En el siglo XX, el comunismo repitió la historia a una escala todavía mayor. Las inmnensas purgas estalinistas resultan icónicas al respecto: «Tres de los cinco mariscales, 14 de los 16 jefes de ejército de clase, 60 de los 67 cuerpos de ejército, 136 de los 199 jefes con mando y cerca de la mitad del cuerpo de oficiales, [en total] unos 35.000 fusilados o presos», 160 solo en lo que concierne al Ejército Rojo. Pero los purgadores terminarán siendo también purgados muy pronto. Tal fue, por ejemplo, el destino de los altos oficiales que hicieron las veces de jueces frente a los comandantes de dicha institución militar en los procesos de junio de 1937. Ya por entonces, las purgas dejan de concentrarse en los cuadros dirigentes y llegan a los estratos inferiores del partido, desatándose una histeria colectiva de denuncias masivas cruzadas. Los motivos de sospecha se agudizan en torno a
las características sociales del acusado: ser hijo de kulaks, provenir de una familia de comerciantes, tener algún pariente viviendo en el extranjero, detentar cierto origen nacional o étnico, etcétera. Otra vez, los purgadores que respondían por entonces a la policía secreta dirigida por Nikolái Yezhov resultaron purgados pocos meses más tarde. El propio Yezhov fue, por su parte, condenado y ejecutado en 1940.
Nikolái Yezhov
*El nacionalsocialismo también tuvo sus purgas. El episodio más rimbombante tuvo lugar en 1934, cuando el capitán Ernst Röhm, jefe de las SAy uno de los hombres más cercanos a Hitler, terminó muerto (junto a varios más, como Schmidt y Heines) por órdenes de su líder. Así lo comunicaba Hitler: «Se ha fusilado a diecinueve jefes superiores de las Secciones de Asalto, a treinta y un jefes de las Secciones y miembros de las mismas. Así mismo perdieron la vida tres jefes de las Secciones Especiales de Protección (SS), que habían participado en el complot y que trataron de resistirse a su detención; otros dos se suicidaron y cinco miembros del partido que no pertenecían a las SS fueron fusilados por su participación en el complot. También se fusiló a tres SS culpables de malos tratos a los prisioneros» (citado en Max Gallo, La noche de los cuchillos largos [Barcelona, Bruguera: 1976], p. 441)
Linz, Sistemas totalitarios y regímenes autoritarios, p. 516. Referencia a Conquest, Great Terror, p. 485
