El trasfondo religioso: imposición de las creencias masónicas



Ordo ab chao (el orden nace del caos), es un aforismo y principio masónico, presente en el ritual del grado 33 del Rito Escocés Antiguo y Aceptado. La misma idea encontramos en Disolve et coagula («disuelve y coagula», es decir; recomponer después de disolver) la «palabra de orden» que circula dentro de las logias bien relacionadas del grado 33 del mnismo rito (REAA), Es este un concepto fundamental para entender los «trabajos masónicos», sobre todo en cuanto a su proyección social a
largo plazo. Aplicado a la época que analizamos aquí, era imprescindible, para los jefes de la Revolución, disolver el Cristianismo; llegar al caos para establecer un nuevo sistema de creencias: el suyo; una imposición imprescindible para asentar el nuevo paradigma.

He publicado anteriormente que uno de los objetivos revolucionarios era la destrucción del Cristianismo, pero añadiré que era uno de los prioritarios. Recién secuestrado, y traslado de Versalles a París el «Rey Cristianísimo», en octubre de 1789, comenzaron a promulgarse decretos conducentes al desmantelamiento de la Iglesia: el 2 de noviembre, la nacionalización de todos los bienes eclesiásticos; y el 13 de febrero de 1790 la prohibición de los votos solemnes. Se suprimían las Ordenes religiosas, sirviendo en ocasiones sus casas como sede de los clubs revolucionarios; tal fue el caso de los jacobinos, insta lados en el convento de San Jaime, o de los cordeliers, llamados así por el cordón de San Francisco: habían ocupado el refectorio de los franciscanos. Y las comunidades
fueron exclaustradas, sin la menor indemnización. Lo  que Menéndez Pelayo, hablarndo de la España decimonónica, llamaría «el inmenso latrocinio»; el cometido con el mismo fin que la Asamblea francesa.

Se creaba un modelo de actuación que se reproducirá en los regímenes liberales de toda Europa en el siguiente siglo. Regimenes herederos de la Revolución, en los que el componente masónico, lejos de reducirse, fue más notorio. De ese modo, la Iglesia quedaba desarticulada, incapaz de realizar las tareas educativas y asistenciales que venía desarrollando tradicionalmente. Poco importaba el gran vacío creado de golpe en ambos campos; más adelante se trataría de reparar, aunque los daños se
prolongaron durante generaciones. El propio Napoleón pudo constatarlo. Era el comienzo de la gran operación de ingeniería anticristiana que volveremos a encontrar, a partir de este momento, periódicamente; el gran designio masónico nunca abandonado; ya establecido en gran medida. Estos fueron sus orígenes. Por fin, el 12 de julio de 1790, se votaba en la Asamblea la Constitución Civil del Clero: párrocos y obispos quedaban desvinculados del papa; serían elegidos en departamentos electorales como cualquier autoridad local; se convertían en funcionarios, obedientes solamente al
Estado y tenían que prestar el juramento de acatamiento a las medidas revolucionarias contra la Iglesia: fue el cisma. Los sacerdotes quedaban divididos entre juramentados que se plegaban a las exigencias de la Asamblea- y refractarios, que se negaban a acatar una ley condenada por el papa, que les separaba de él: Pío VI, después de largas deliberaciones y consultas, fue muy claro en su pronunciamiento, publicado en abril de 1791. Luis XVI, profundamente católico, empezó de inmediato
a planear su fuga para frenar la Revolución, mientras en muchas regiones francesas comenzaban las tensiones al aplicarse la nueva ley. El obispo de Angers felicitaba a sus sacerdotes por la firmeza demostrada ante el atropello: «Tenemos un señor más grande al que servir que la Asamblea nacional y es él quien nos impide de la manera más absoluta hacer el juramento que se nos exige»,

La llegada de los juramentados a las parroquias que los refractarios tenían que abandonar, desterrados, provocó las primeras reacciones populares que anunciaban lo que pronto estallaría; una guerra civil, seguida de un genocidio republicano del que traté en mi libro anterior, Una obra basada en la gran aportación del historiador Reynald Secher, La Vendée-Vengé. Le génocide franco-français, que no deja lugar a dudas: aquella guerra encubrió un verdadero genocidio; esas eran las órdenes del Comité de Salud Pública; arrasar la Vendée, exterminar a la población. De ello se jactaba un oficial masón, el general Westerman, enviado a la región con ese cometido:

Ya no hay Vendée. Ha muerto bajo nuestro sable libre, con sus mujeresy sus niňos. Acabo de enterrarlos en la marisma de Savenay. He aplastado a los niños bajo los cascos de mis caballos, masacrando a las mujeres que ya no alumbrarán más bandidos. No tengo un prisionero que reprocharme. He exterminado todo… Los caminos están sembrados de cadáveres. Hay tantos que en algunos puntos forman pirámides.

La causa principal del levantamiento vandeano fue la defensa de la religión católica; la resistencia de los pesinos a los juramentados; su fidelidad a los que llamaban «nuestros buenos curas», los refractarios, que llegaron a ser cazados como alimañas, poniendo precio a sus cabezas, por las autoridades republicanas. En la región se organizó una iglesia de catacumba, que celebraba la misa
cuando y donde podía: en bodegas, graneros, bosques o casas particulares. A riesgo de ser descubiertos, sacerdotes y fieles, sabiendo que arriesgaban la vida, se reunían  a despecho de las autoridades y de los aborrecidos juramentados, considerados como heréticos y traidores enemigos del papa; lo que eran. El cargo que podía llevar a los seglares a la guillotina por esconder curas o asistir a sus misas, era el de «fanatismo». ¡Pena de muerte! Con ese cargo eliminaban franceses no solo allí sino también en cualquier otra región. «Ocultara un sacerdote, aunque sea solamente un día; asistir a misa; esconder ornamentos de culto; todo ello son delitos y los que los comenten son «aristócratas» o «fanáticos», que serán condenados a muerte», Impresiona leer en la obra de Secher los procesos abiertos contra la madre y las hermanas del párroco de la Chapelle-Bassemère, el abate Robin, precisamente por esa acusación: «fanatismo invencible». Las jóvenes, que habían asistido a una procesión con «símbolos religiosos», fueron a prisión; la madre que ayudaba a los sacerdotes refractarios, condenada a la pena capital.

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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