Perdonar al otro… y a uno mismo



Hay heridas que nos hicieron otros. Y hay heridas que nos hicimos nosotros mismos. Ambas deben ser presentadas ante Dios. Pero a veces, la más dificil de perdonar no es a quien nos hizo daño, sino
a nosotros mismos, por lo que permitimos, por lo que hicimos, por lo que fuimos y hoy ya no queremos ser.

¿Cómo perdonarme por lo que destruí? ¿Por lo que arruiné? ¿Por las oportunidades que desprecié?
Solo hay una forma: dejando que Cristo te mire. Mírate en sus ojos en la Cruz. El no te lanza piedras. Te
ama con un amor que escandaliza. Ese amor no niega tu error, pero te dice que vales más que tu peor pecado.

Y que El no vino a «cancelarte», sino a rescatarte. “Dios no nos ama porque seamos buenos. Nos hace buenos porque nos ama.’ »
– San Agustín

Oración

Creo en Nuestro Señor; que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo

Evangelio

San Lucas 21:9-19
Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no os aterréis; porque es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato.» Entonces les dijo: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares, habrá cosas espantosas y grandes señales del cielo. «Pero, antes de todo esto, os echarán mano y os perseguirán, os entregarán a las sinagogas y cárceles y os llevarán ante reyes y gobernadores por mi nombre; esto os sucederá para que deis testimonio. Proponed, pues, en vuestro corazón no preparar la defensa, porque yo os daré una elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios Seréis entregados por padres, hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros. Todos os odiarán por causa de mi nombre. Pero no perecerá ni un cabello de vuestra cabeza Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.

Oración

Creo, en Jesucristo su único Hijo

Evangelio

San Mateo 25:1-13
«Entonces el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio. Cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes. Las necias, en efecto, al tomar sus lámparas, no se proveyeron de aceite; las prudentes, en cambio, junto con sus lámparas tomaron aceite en las alcuzas. Como el novio tardara, se adormilaron todas y se durmieron. Mas a media noche se oyó un grito: `¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!’ Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: `Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan.’ Pero las prudentes replicaron: `No, no sea que no alcance para nosotras y para vosotras; es mejor que vayáis donde los vendedores y os lo compréis.’ Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de boda, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras vírgenes diciendo: `¡Señor, señor, ábrenos!’ Pero él respondió: `En verdad os digo que no os conozco.’ Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora.

Iglesia

La Iglesia es santa: «una, santa, católica y apostólica». Es ésta una verdad primera de nuestra fe. La Iglesia es santa porque «Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella, para santificarla, purificándola con el baño del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo resplandeciente, sin mancha ni arruga ni cosa parecida, santa e inmaculada» (Ef 5,25-27).

Comunismo de guerra

Comunismo de guerra

Muy poco después de la revolución de 1917 los bolcheviques impulsaron el llamado <comunismo de
guerra>. Se quiso llegar al comunismo tratando al trabajador como si de un soldado se tratara, y a la industria como si fuera un enorme cuartel militar, siguiendo fielmente el modelo original esbozado por Lenin y Trotsky. De esta manera, el trabajo era obligatorio y desde el Estado se asignaba a cada quien labores al margen de su voluntad; los obreros fueron <movilizados> al trabajo en términos militares y quedaron sujetos al consejo de guerra y a una disciplina férrea de corte militar; quienes abandonaban sus puestos eran considerados <desertores> y se preveía para ellos una brutal represión; quienes no producían los niveles esperados o, peor todavía, se ausentaban, eran acusados de <saboteadores> y les esperaban terribles castigos, como penas en campos de concentración; se aumentó el tiempo de la jornada laboral y se obligó a muchos obreros a trabajar incluso los domingos; se chantajeó a los obreros con la «cartilla de racionamiento», por medio de la cual se podía dejar al trabajador sin provisiones de un momento a otro; los sindicatos fueron absorbidos por el Estado y la huelga contra la empresa pública fue prohibida de facto. Como dijera Trotski, el obrero ruso debía <«Someterse al Estado soviético, acatar todas las órdenes que reciba, por que esa es su condición», Respecto de los sindicatos, también Trotski expresaría que «son necesarios no para luchar por conseguir mejores condiciones laborales [. . . sino para organizar a la clase obrera para producir» y para «incorporar a los trabajadores en el marco de plan económico único» establecido por el gobierno. Los resultados del comunismo de guerra fueron desastrosos: «El proletariado ruso se redujo a la mitad, el suministro
industrial a tres cuartas partes y la productividad industrial en un setenta por ciento», Aunque en aspectos distintos, peores tiempos aguardaban todavía al trabajador soviético: pronto llegaría Stalin


Richard Pipes, La revolución rusa (Barcelona: Debate, 2016), p. 768
*La edición del 12 de febrero de 1920 de Pravda decía: <El mejor lugar para un huelguista, ese mosquito amarillo y dañino, es el campo de concentración» (citado en Stéphane Courtois, Nicolas Werth, Jean-Louis Panné et al., El libro negro del comunismo (Barcelona: Ediciones B, 2010), p. 126.

La culpa no sanada



Hay una culpa que sana, y otra que enferma. La primera es obra del Espíritu: te duele pero corres hacia Dios, La segunda es obra del acusador: te duele, pero te esconde, te aplasta, te aísla. Esta no quiere tu conversión quiere tu desesperación.

¿Cuántas veces va te has confesado de eso, y aun así te castigas?

Entonces no necesitas una nueva confesión, necesitas creerle a Dios cuando te dice que ya te ha perdonado. «Tan lejos de nosotros echó nuestras culpas como lejos del oriente está el occidente (Sal 103,12) «Aunque tus pecados sean como la escarlata, quedarán blancos como la nieve’ (Is 1,18)
Cristo no sólo vino a perdonar tus pecados. Vino a restaurar tu dignidad.

Y si tú no lo crees, estás diciendo – sin palabras que la Cruz no fue suficiente

Contra el Tiempo: La Batalla por la Eternidad. Toro, William

SANAR EL TIEMPO HERIDO

SANAR EL TIEMPO HERIDO

Redención del pasado: culpa, perdón, memoria El pasado no se borra. Pero sí puede ser redimido. Cada segundo vivido, cada herida, cada error, cada lágrima… nada escapa al poder de Dios cuando es entregado con humildad. Y sin embargo, cuántos viven esclavizados por lo que ya existe, pero aún duele. Por recuerdos que se repiten como ecos, por decisiones que ya no se pueden cambiar, por pecados que -aunque confesados– siguen gritando desde lo profundo.

Hay un dolor del alma que no necesita volver a cometer el error para revivirlo. Basta la memoria. Basta el arrepentimiento sin esperanza. Basta ese susurro que el enemigo instala: «ya es muy tarde para ti».
Pero no. No es tarde. Porque en Dios no hay tiempo perdido, solo tiempo por redimir. Sanar el pasado no es olvidarlo, ni negarlo. Es ponerlo en las manos de Cristo crucificado, y dejar que su sangre
caiga no solo sobre nuestras culpas, sino también sobre nuestras memorias. El no quiere amputarte la historia. Quiere glorificarla. «No hay pecado que Dios no pueda perdonar. Solo hay razones que no se dejan tocar»  San Juan Pablo II

Juan Pablo II, Ángelus del 14 de marzo de 1999

Confesiones

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