Evangelio

San Mateo 25:1-13
«Entonces el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio. Cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes. Las necias, en efecto, al tomar sus lámparas, no se proveyeron de aceite; las prudentes, en cambio, junto con sus lámparas tomaron aceite en las alcuzas. Como el novio tardara, se adormilaron todas y se durmieron. Mas a media noche se oyó un grito: `¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!’ Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: `Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan.’ Pero las prudentes replicaron: `No, no sea que no alcance para nosotras y para vosotras; es mejor que vayáis donde los vendedores y os lo compréis.’ Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de boda, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras vírgenes diciendo: `¡Señor, señor, ábrenos!’ Pero él respondió: `En verdad os digo que no os conozco.’ Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora.

Iglesia

La Iglesia es santa: «una, santa, católica y apostólica». Es ésta una verdad primera de nuestra fe. La Iglesia es santa porque «Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella, para santificarla, purificándola con el baño del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo resplandeciente, sin mancha ni arruga ni cosa parecida, santa e inmaculada» (Ef 5,25-27).

Comunismo de guerra

Comunismo de guerra

Muy poco después de la revolución de 1917 los bolcheviques impulsaron el llamado <comunismo de
guerra>. Se quiso llegar al comunismo tratando al trabajador como si de un soldado se tratara, y a la industria como si fuera un enorme cuartel militar, siguiendo fielmente el modelo original esbozado por Lenin y Trotsky. De esta manera, el trabajo era obligatorio y desde el Estado se asignaba a cada quien labores al margen de su voluntad; los obreros fueron <movilizados> al trabajo en términos militares y quedaron sujetos al consejo de guerra y a una disciplina férrea de corte militar; quienes abandonaban sus puestos eran considerados <desertores> y se preveía para ellos una brutal represión; quienes no producían los niveles esperados o, peor todavía, se ausentaban, eran acusados de <saboteadores> y les esperaban terribles castigos, como penas en campos de concentración; se aumentó el tiempo de la jornada laboral y se obligó a muchos obreros a trabajar incluso los domingos; se chantajeó a los obreros con la «cartilla de racionamiento», por medio de la cual se podía dejar al trabajador sin provisiones de un momento a otro; los sindicatos fueron absorbidos por el Estado y la huelga contra la empresa pública fue prohibida de facto. Como dijera Trotski, el obrero ruso debía <«Someterse al Estado soviético, acatar todas las órdenes que reciba, por que esa es su condición», Respecto de los sindicatos, también Trotski expresaría que «son necesarios no para luchar por conseguir mejores condiciones laborales [. . . sino para organizar a la clase obrera para producir» y para «incorporar a los trabajadores en el marco de plan económico único» establecido por el gobierno. Los resultados del comunismo de guerra fueron desastrosos: «El proletariado ruso se redujo a la mitad, el suministro
industrial a tres cuartas partes y la productividad industrial en un setenta por ciento», Aunque en aspectos distintos, peores tiempos aguardaban todavía al trabajador soviético: pronto llegaría Stalin


Richard Pipes, La revolución rusa (Barcelona: Debate, 2016), p. 768
*La edición del 12 de febrero de 1920 de Pravda decía: <El mejor lugar para un huelguista, ese mosquito amarillo y dañino, es el campo de concentración» (citado en Stéphane Courtois, Nicolas Werth, Jean-Louis Panné et al., El libro negro del comunismo (Barcelona: Ediciones B, 2010), p. 126.

La culpa no sanada



Hay una culpa que sana, y otra que enferma. La primera es obra del Espíritu: te duele pero corres hacia Dios, La segunda es obra del acusador: te duele, pero te esconde, te aplasta, te aísla. Esta no quiere tu conversión quiere tu desesperación.

¿Cuántas veces va te has confesado de eso, y aun así te castigas?

Entonces no necesitas una nueva confesión, necesitas creerle a Dios cuando te dice que ya te ha perdonado. «Tan lejos de nosotros echó nuestras culpas como lejos del oriente está el occidente (Sal 103,12) «Aunque tus pecados sean como la escarlata, quedarán blancos como la nieve’ (Is 1,18)
Cristo no sólo vino a perdonar tus pecados. Vino a restaurar tu dignidad.

Y si tú no lo crees, estás diciendo – sin palabras que la Cruz no fue suficiente

Contra el Tiempo: La Batalla por la Eternidad. Toro, William

SANAR EL TIEMPO HERIDO

SANAR EL TIEMPO HERIDO

Redención del pasado: culpa, perdón, memoria El pasado no se borra. Pero sí puede ser redimido. Cada segundo vivido, cada herida, cada error, cada lágrima… nada escapa al poder de Dios cuando es entregado con humildad. Y sin embargo, cuántos viven esclavizados por lo que ya existe, pero aún duele. Por recuerdos que se repiten como ecos, por decisiones que ya no se pueden cambiar, por pecados que -aunque confesados– siguen gritando desde lo profundo.

Hay un dolor del alma que no necesita volver a cometer el error para revivirlo. Basta la memoria. Basta el arrepentimiento sin esperanza. Basta ese susurro que el enemigo instala: «ya es muy tarde para ti».
Pero no. No es tarde. Porque en Dios no hay tiempo perdido, solo tiempo por redimir. Sanar el pasado no es olvidarlo, ni negarlo. Es ponerlo en las manos de Cristo crucificado, y dejar que su sangre
caiga no solo sobre nuestras culpas, sino también sobre nuestras memorias. El no quiere amputarte la historia. Quiere glorificarla. «No hay pecado que Dios no pueda perdonar. Solo hay razones que no se dejan tocar»  San Juan Pablo II

Juan Pablo II, Ángelus del 14 de marzo de 1999

Confesiones

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Oración

Creo en Dios Padre, Todopoderoso, Creador del Cielo y de la tierra

Evangelio

San Lucas 6:17-23
Bajó con ellos y se detuvo en un paraje llano; había un gran número de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, que habían venido para oírle y ser curados de sus enfermedades. Y los que eran molestados por espíritus inmundos quedaban curados. Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos. Y él, alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataban sus padres a los profetas.

El dogma modernista


Filosóficamente, la verdad consiste en la conformidad de la idea con el objeto. En la concepción católica, una fórmula dogmática nos da correcto conocimiento del objeto que representa, en este
caso un punto de la Revelación. Y porque este objeto es invariable, la fórmula es siempre correcta. Para los modernistas, esto no tiene ningún sentido. Según ellos, un dogma no sería expresión de verdad, sino una mera tentativa de representar los sentimientos de la experiencia religiosa en un momento dado de su desarrollo.

«Los grandes dogmas cristianos – sostenía Loisy – son poesías semi-metafísicas en las cuales un filósofo podrá no ver sino una mitología un poco abstracta. Han sido útiles para guiar el ideal cristiano, y este es su mérito. Como definición científica de la religión, entretanto -y esto es lo que pretenden ser- están necesariamente fuera de moda, para la ciencia de hov son obra de la ignorancia» Si la razón de ser de los dogmas es expresar el sentido religioso, satisfaciendo las exigencias de los fieles en dado momento de la historia, pueden sobrevivir sólo en la medida en que cumplan tal papel. Encontramos
en el Modernismo una concepción fundamentalmente evolucionista del dogma que, en la práctica, constituye su negación. «¿Hay verdades eternas y necesarias? Lo dudamos», afirmaba LeRoy

Edouard LEROY, in «Revue de Metaphysique et de Morale», 1901, p. 305, cit. in A. FARGES, DAFC, vol. III, col. 645, s.V. «Modernisme».
Alfred LOISY, Quelques Lettres, p. 71, cit. in A FARGES, in DAFC, vol. III, col. 663, s.v. «Modernisme».

LA DESMESURA DEL TOTALITARISMO


La irrupción del nuevo concepto político «Totalitarismo» es un concepto político formado al calor de la desmesura del poder del siglo XX. Conceptos como despotismo, tiranía o autoritarismo resultan insuficientes para dar cuenta de una hipertrofia del poder que se conjuga con condiciones sociales, ideológicas y tecnológicas novedosas, que requieren de la irrupción del nuevo concepto político en cuestión. Hay algo diferente desde el punto de vista cualitativo, algo horrorosamente nuevo en la índole del poder del siglo xx, que conduce a los observadores a una innovación conceptual. La primera utilización del adjetivo «totalitario» se atribuye a Giovanni Amendola, un adversario de Benito Mussolini que denuncia en artículos publicados en Il Mondo del 12 de mayo, 28 de junio y 2 de noviembre de
1923 la existencia en Italia de un <sistema totalitario>

Por entonces, el partido de Mussolini había presentado en elecciones tanto la lista mayoritaria como la minoritaria, impidiendo así toda oposición política. Amendola caracteriza entonces lo totalitario como una <promesa de dominio absoluto y del mangoneo completo e incontrolado en el campo de la vida política y administrativa>. En su escrito de noviembre, Amendola añade más elementos a su definición y caracteriza el <espíritu totalitario> como aquel que <no permite al futuro amaneceres que no sean
saludados con el gesto romano, como no permite al presente alimentar almas que no se dobleguen a la confesión «creo»>. Lo totalitario depende, pues, de una suerte de religión política, de una ideología que se presenta como credo político incuestionable: <Esta singular «guerra de religión» que desde hace más de un año azota Italia no os ofrece una fe [.. .], pero como compensación os niega el derecho a tener una conciencia>.

Giovanni Amendola, «Un anno dopo», en Il Mondo, 2 de noviembre de 1923.
Giovanni Amendola, «Meggioranza e minoranza>, en Il Mondo, 12 de mayo de 1923.