Tres formas de duración:

Tres formas de duración: tiempo, aevum y eternidad Santo Tomás explica que existen tres maneras de «permanecer en el ser»:

-El tiempo (tempus): Propio de los seres materiales, sujetos al cambio continuo. Se mide por el movimiento y la sucesión de antes y después.
-La eternidad (aeternitas): Propia solo de Dios. Es un “presente absoluto» sin sucesión, inmutable, simple y perfecto.
-El aevum (aevumn): Propio de las criaturas espirituales (ángeles, almas separadas). Es una duración intermedia: no es temporal, pero tampoco absolutamente eterna. Hay cierta sucesión interior (por ejemplo: pensar, amar, recordar), pero sin estar sujetas al cambio fisico ni al tiempo externo

Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I, 4. 10, a. 5 yq. 53, a. 3.

Oración

¿Por qué pues temes tomar la Cruz por la cual se va al Reino? en la Cruz está el gozo del espíritu

Evangelio

San Mateo 16:13-19
Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas.» Díceles él: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.» Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.»

Pena de daño: la pérdida de Dios

Pena de daño: la pérdida de Dios

La más terrible de las penas del infierno no es el fuego, ni los demonios, ni el tormento de los
sentidos. La verdadera condenación consiste en la pérdida definitiva de Dios. Esta es la llamada
pena de daño: la privación eterna de la visión de Dios, del amor que todo lo lena y da sentido.
San Juan Pablo II lo expresó con claridad: «La condenación consiste en la separación definitiva de
Dios, libremente elegida por el hombre y confirmada con la muerte». Esta doctrina tiene una
fuerza desgarradora si la entendemos desde nuestra sed natural de plenitud. Todo ser humano,
incluso sin saberlo, busca a Dios en lo profundo de sus anhelos: en el amor, en la belleza, en la
verdad, en el deseo de eternidad. Lo que llamamos felicidad no es otra cosa que una participación
anticipada en la plenitud de Dios. Perderlo, entonces, es perderlo todo. Por eso, la pena de daño no es solo ausencia, sino dolor. No un dolor fisico, sino existencial, espiritual, ontológico. Una herida
incurable en el alma que sabe -con certeza absoluta- que ha perdido su bien supremo para siempre.

Santo Tomás de Aquino enseña que: «La pena principal del infierrno consiste en la separación del alma de Dios, a quien está naturalmente unida como a su fin útimo». Esto convierte al infierno en un estado de autoexclusión consciente, pero también en un lamento eterno por lo que se ha perdido. El alma en ese estado no puede amar ya a Dios, porque su voluntad ha quedado fija en el rechazo, pero sí puede- y lo hace- reconocer lo que ha perdido. Y esa es la fuente de su mayor tormento.

Algunos podrían objetar: ¿cómo puede alguien sufrir por haber perdido algo que nunca deseó? Pero la respuesta está en que el alma, al morir, ya no vive en la confusión de este mundo, sino en la plena claridad de la verdad. Ya no hay máscaras, excusas ni distracciones. El alma ve a Dios como es- aunque sea solo en el momento del juicio- y, si se condena, esa visión desaparece para siempre. Y ahí, incluso el más endurecido reconocerá, con horror, lo que ha perdido. C.S. Lewis captó esta paradoja con crudeza en El gran divorcio, al decir que: «Las puertas del infierno están cerradas… por derntro». El infierno, entonces, no es un lugar donde Dios ha abandonado al hombre. Es el lugar donde el hombre ha querido vivir sin Dios, y Dios, respetando su libertad hasta el extremo, le concede esa trágica decisión. Pero al hacerlo, el alma experimenta que estar sin Dios es estar sin todo lo que da sentido a la existencia. Y eso es lo que verdaderamente quema.

Pena de sentido: sufrimiento del alma y del cuerpo glorificado Además de la pena de daño la pérdida de Dios-, la doctrina católica enseña que en el infierno también se experimenta la pena de sentido: es decir, un sufrimiento que afecta a la criatura en su dimensión psíquica y física, cuando llegue la resurrección final de los cuerpos. Esta pena no es meramente simbólica, ni es un «castigo externo», sino una consecuencia profunda de haber negado al Amor que sostiene todas las cosas. Santo Tomás de Aquino explica: «La pena de sentido se refiere al castigo que sufre el alma (y, luego del juicio final, el cuerpo) a causa del desorden voluntario del pecado.» Esto no significa que Dios envíe sufrimientos
arbitrarios. La pena de sentido es consecuencia del pecado, de la elección libre del alma que ha preferido el mal y, al hacerlo, ha desordenado su ser. Es como un incendio espiritual que arde desde dentro, porque el alma ha sido creada para el amor, y ha terminado encerrada en sí misma, rechazando el Bien. Con la resurrección de los muertos tanto justos como condenados tambiérn los cuerpos se unirán a su destino eterno. Así lo dice Jesús: «No os asombréis de esto, porque viene la hora en que todos los que están en los sepulcros oirán su voz: los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación» (Jn 5,28- 29).

Los condenados, entonces, recibirán un cuerpo resucitado, pero no glorioso: será un cuerpo incorruptible, pero no para evitar el sufrimiento, sino para sostenerlo. No porque Dios quiera torturar, sino porque ese cuerpo estará unido a un alma que ha rechazado su principio de orden y de vida. Así como el cuerpo glorioso de los santos será instrumento de gozo eterno, el cuerpo de los condenados participará del dolor eterno que proviene de esa autoexcusión definitiva. San Juan Pablo II lo explicó así: «La condenación eterna no es una imposición externa de Dios, sino la consecuencia natural de una opción radical que se convierte en estado definitivo del ser:» Para quien aún se pregunte por qué debe haber sufrimiento, es importante recordar que no se trata de un capricho divino. Imaginemos una persona que ha tenido un accidente automovilístico por haber manejado bajo los efectos del alcohol. Como consecuencia, su pierna queda gravemente herida. Pero esta persona nunca ha querido ir al médico, y ni siquiera después del accidente acepta ayuda. Esa herida se convierte entonces en una fuente constante de dolor. No porque alguien quiera que sufra, sino porque ha rechazado libremente el camino de sanación. El infierno es como esa herida abierta: resultado de múltiples “accidentes» morales – pecados no curados, que arden sin cesar en el alma. En contraste, el purgatorio, sería como la persona que, tras el mismo accidente, acepta ir al hospital, someterse a una operación dolorosa
ya una recuperación larga.. pero con esperanza. El dolor allí tiene un sentido: conduce a la sanación.

Benedicto XVI lo expresó con gran claridad: «La eternidad no es un castigo que Dios impone, sino el resultado lógico de la vida vivida. El que ha rechazado la comunión con Dios no podrá entrar en ella por la fuerza.» La pena de sentido es, por tanto, un eco del alma que ha olvidado su verdadera vocación. El sufrimiento del alma, y más tarde también del cuerpo, no es sino la expresión última de esa disonancia entre el fin para el que fuimos creados- el amor eterno- y el rechazo de ese fin. Y no hay mayor dolor que vivir para siempre fuera del propósito para el que uno fue creado.

Juan Pablo I, Audiencia general, 28 de julio de 1999
Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, Suplemento, q. 97, a. 1.
C.S. Lewis, El gran divorcio, Editorial Rialp, cap. 9.
Benedicto XVI, Spe Salvi, n. 45.

Oración

¿Por qué pues temes tomar la Cruz por la cual se va al Reino?, en la Cruz está la fortaleza del corazón

Evangelio

San Mateo 11:2-10
Juan, que en la cárcel había oído ha- blar de las obras de Cristo, envió a sus discípulos a decirle: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?» Jesús les respondió: «Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nue- va; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!» Cuando éstos se marchaban, se puso Jesús a hablar de Juan a la gente: «¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? Mirad, los que visten con elegancia están en los palacios de los reyes Entonces ¿a qué salisteis? ¿A ver un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. Este es de quien está escrito: He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, que preparará tu camino por delante de ti.

Oración

¡Oh Dios! Que por la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, preparaste una digna morada para tu Hijo, concédenos, te rogamos, que así como la preservaste de toda mancha en virtud de la muerte prevista de ese mismo Hijo, así también, por su intercesión, podamos ser purificados y admitidos en tu presencia. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén

Evangelio

San Lucas 1:26-28
Al sexto mes envió Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y, entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»

Oración

¿Por qué pues temes tomar la Cruz por la cual se va al Reino? en la Cruz está la infusión de la suavidad celestial

Evangelio

San Mateo 11:2-10
Juan, que en la cárcel había oído ha- blar de las obras de Cristo, envió a sus discípulos a decirle: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?» Jesús les respondió: «Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nue- va; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!» Cuando éstos se marchaban, se puso Jesús a hablar de Juan a la gente: «¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? Mirad, los que visten con elegancia están en los palacios de los reyes Entonces ¿a qué salisteis? ¿A ver un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. Este es de quien está escrito: He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, que preparará tu camino por delante de ti.