Igualmente claro fue el jurista nacionalsocialista H Hoehn cuando elogió a Reinhard Heydrich, uno de los más íntimos colaboradores de Himmler, alegando que consideraba a sus adversarios <no como individuos, sino como portadores de tendencias que ponian en peligro al estado y que por eso se hallaban más allá del umbral de la comunidad nacional>
Así pues, un rasgo común de los dos totalitarismos en los que aquí me he concentrado es que han procurado la completa destrucción de determinadas categorías sociales. Estas categorías no obedecen por necesidad a consideraciones de culpabilidad individual, ni siquiera a cálculos políticos tales como la amenaza que ellas podrían eventualmente representar para la estabilidad de régimen. Su amenaza es, en todo caso de índole existencial. El nacionalsocialismo identificó como enemigos a
los judíos, los gitanos, los discapacitados, los negros, los homosexuales y a determinadas poblaciones que estabar bajo su ocupación. Los comunistas, a su vez, sindicaros como contrarrevolucionarios a los burgueses, los terratenientes, los cosacos, los kulaks, los miembros de
otras fuerzas políticas, a determinados grupos nacionales o étnicos de zonas que cayeron bajo su dominio, a diversos grupos de campesinos, además del clero en general.
Arendt, Los origenes del totalitarismo, p. 572
*Una resolución secreta del Comité Central, del 24 de enero de 1919, reza: «En vista de la experiencia de la guerra civil contra los cosacos, es necesario reconocer como sola medida políticamente correcta una lucha sin compasión, un terror masivo contra los ricos cosacos, que deberán ser exterminados y fisicamente liquidados hasta el útimo». En junio, Reingold, presidente del comité revolucionario del Don, reconoció que la destrucción de los cosacos fue indiscriminada: <Hemos tenido una tendencia a realizar una política de exterminio masivo de los cosacos sin la menor distinción» (citado en Courtois et al., El libro negro del comunismo, p. 137)
*«iGuerra inmisericorde contra los kulaks! ¡Muerte a todos ellos!», exclamaba Lenin ya en 1918 (citado en Pipes, La revolución rusa, p. 800)
