Aleluya, aleluya, aleluya.
Brilláis como lumbreras del mundo,
manteniendo firme la palabra de la vida.
Aleluya, aleluya, aleluya.
EVANGELIO
Lc 6, 39-45.
De lo que rebosa el corazón habla la boca.
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola:
«¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.
Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos.
El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca».
Palabra del Señor

La enseñanza que hoy nos trae la lectura del día habla de convivencia, de reciprocidad y fraternidad desde la mirada de Cristo, pero el corazón del Señor es amplísimo, infinito, y sus palabras no se acotan a los pares, a ese prójimo que identificamos desde la pertenencia o semejanza religiosa. Su mensaje siempre es universal pues se dirige al corazón de todos los hombres de todos los tiempos.
El prójimo no se acota solamente a cierta objetividad que implica que está allí, aquél que podemos mirar desde cierta distancia. El prójimo se edifica aprojimándonos/aproximándonos. Por eso la vida cristiana no es un compendio de las cosas permitidas y de las prohibiciones, sino más bien la vivencia plena del amor en todos los aspectos de la existencia.
Uno de esos aspectos es la mirada que tenemos para con los demás. Es usual que se anuden los prejuicios como eslabones de una pesadísima cadena que nos aleja de los demás, y desde ella se aisla a muchos y se oprime a otros tantos. La brizna en el ojo del hermano es aferrarse a nimiedades y potenciarlas a la totalidad de la vida, es decir, a partir de minucias rotular al prójimo con mil y una etiquetas, pero escasamente como un hermano.
Es claro que no se trata de abandonar criterios propios ni resignar el espíritu crítico, impulsor cabal en la búsqueda de la verdad. Se trata de no usurpar lo que es propio de Dios, de no tomarnos atribuciones que no tenemos, ni tampoco la torpe condescendencia que esconde la soberbia de creernos mejores que otros.
El juicio, en tanto que tribunal cordial de nuestro interior en donde somos juez, jurado y verdugo, atenta contra la Buena Noticia y quebranta la fraternidad, pues enciende ciertos detectores de enemigos e infractores, y reniega de la justicia de Dios, la misericordia
Me gustaMe gusta