Categoría: San Lucas

Santo Sacrificio de la Misa y el Reino de Dios


Con las invocaciones a la alianza, Jesús califica la Última Cena como una comida de renovación de la alianza, al igual que la Pascua era la comida en la que se renovaba la alianza de Dios con Moisés. Cuando los cristianos toman el cáliz eucarístico, reafirman su lugar dentro de la alianza; en la renovada y transformada alianza davídica.


En el Reino renovado, Jesús desea compartir su autoridad. Pero antes corrige la equivocada idea de reinado y de poder que tenían sus discípulos (Lucas 22, 28-30), Les dice: “Yo os preparo un reino, como mi Padre me lo preparo a mi (v. 29). La traducción castellana “preparar” no capta suficientemente el término griego. La palabra original, diatithemai, quiere decir literalmente “concertar una alianza”. Una traducción más precisa del versículo sería: “Yo concierto con vosotros un reino, como mi Padre concertó uno conmigo, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino, y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel (Lucas 22, 29-30)

Corazón de las Sagradas Escrituras



Después de haber expuesto cómo los salmos son el alimento principal de la oración cristiana y confluyen en las peticiones del Padre Nuestro, San Agustín concluye: «Recorred todas las oraciones que hay en las Escrituras, y no creo que podáis encontrar algo que no esté incluido en la oración dominical» (Epistula 130, 12, 22)

Toda la Escritura (la Ley, los Profetas, y los Salmos) se cumplen en Cristo (cf Lc 24, 44). El evangelio es esta “Buena Nueva”. Su primer anuncio está resumido por san Mateo en el Sermón de la Montaña (cf. Mt 5-7).

Pues bien, la oración del Padre Nuestro está en el centro de este anuncio. En este contexto se aclara cada una de las peticiones de la oración que nos dio el Señor: «La oración dominical es la más perfecta de las oraciones En ella, no sólo pedimos todo lo que podemos desear con rectitud, sino además según el orden en que conviene desearlo. De modo que esta oración no sólo nos enseña a pedir, sino que también llena toda nuestra afectividad» (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 2-2, q 83, a 9).

LA ORACIÓN DEL SEÑOR: “PADRE NUESTRO”



“La oración del Señor o dominical es, en verdad el resumen de todo el Evangelio” (Tertuliano, De oratione, 1, 6) «Cuando el Señor hubo legado esta fórmula de oración, añadió: “Pedid y se os dará” (Lc 11, 9). Por tanto, cada uno puede dirigir al cielo diversas oraciones según sus necesidades, pero comenzando siempre por la oración del Señor que sigue siendo la oración fundamental» (Tertuliano, De oratione, 10)

LA ORACIÓN DEL SEÑOR: “PADRE NUESTRO”



«Estando él [Jesús] en cierto lugar orando, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: “Maestro, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos”» (Lc 11, 1). En respuesta a esta petición, el Señor confía a sus discípulos y a su Iglesia la oración cristiana fundamental. San Lucas da de ella un texto breve (con cinco peticiones [cf Lc 11, 2-4]), San Mateo una versión más desarrollada (con siete peticiones [cf Mt 6, 9-13]). La tradición litúrgica de la Iglesia ha conservado el texto de San Mateo:

Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal

Muy pronto, la práctica litúrgica concluyó la oración del Señor con una doxología. En la Didaché (8, 2) se afirma: “Tuyo es el poder y la gloria por siempre”. Las Constituciones apostólicas (7, 24, 1) añaden en el comienzo: “el reino”: y ésta la fórmula actual para la oración ecuménica. La tradición bizantina añade después un gloria al “Padre, Hijo y Espíritu Santo”. El misal romano desarrolla la última petición (cf. Rito de la Comunión, [Embolismo] Misal Romano) en la perspectiva explícita de “mientras esperamos (Tt 2, 13) la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo”; después se hace la aclamación de la asamblea, volviendo a tomar la doxología de las Constituciones apostólicas.

Antigua y Nueva Alianza


En el Evangelio de Lucas, Jesús se refiere al cáliz eucarístico como la “Nueva Alianza en mi Sangre” (22,20). Evoca las palabras de Moisés en Éxodo 24, 6-8: “Esta es la sangre de la alianza”; pero Cristo las combina con el oráculo de Jeremías -muy posterior a aquellas- referido a la promesa divina: Mirad que vienen días -oráculo del Señor- en que pactaré una nueva alianza con la casa de israel y la casa de Judá (Jr 31, 31)La “Nueva Alianza” de Jeremías iba a ser como la alianza rota del Sinaí (Jr 31, 32). El profeta aclaró (Jeremías 30-33) que, con la “Nueva Alianza”, se alcanzaría un nuevo nivel de intimidad con Dios (31, 33 -34); además de lograrse la reunificación del Reino dividido (31, 31), así como la restauración de la Casa de David (30, 9,33, 14-26), y de la alianza de David (33, 19-21) Eso era una gran noticia, una buena noticia, que sintoniza plenamente con las palabras de Jesús en la institución.
La fe es razonable (Scott Hahn)

El Reino de Dios


Algunos sugieren que Jesús emplea pan y vino como metáfora para explicar su inminente sacrificio. Pero, si fuera así, el pan y el vino no servirían. Estos elementos no resultan como metáfora, !porque sería el pan y el vino, y no la muerte de Cristo, la que requeriría explicación!. Las palabras de Jesús no son tanto una explicación o una enseñanza, cuando una acción, una declaración que origina lo que expresa; al igual que el “hágase la luz” o alguna de las promesas de la alianza. El discurso de Jesús no se produce después del acontecimiento, sino que origina el acontecimiento.Lo que está implícito en la Última Cena se torna explícito en el relato de Emaús , donde la presencia visible del Señor se diluye con la distribución de los trozos de pan (24, 31) ¿porqué ocurrió esto? Porque, a la luz de Lucas 22, 19, la presencia de Jesús se identificó entonces con el pan. De manera que el rey mesiánico se “dió a conocer”, a los discípulos “en la fracción del pan” (24, 35). Más tarde, Lucas conecta su propia experiencia litúrgica con la Última Cena de Jesús, al incluirse Él mismo entre aquellos que se reunieron el primer día de la semana para “partir el pan” (Hechos 20, 7)De la Última Cena y de la escena de Emaús, los cristianos -a lo largo de la historia- han aprendido que el Cristo resucitado está realmente presente en el pan eucarístico que compartimos juntos.Dónde está la Eucaristía, allí está el rey. Y dónde está el Rey allí está el Reino
La fe es razonable (Scott Hahn)

Noticias de última Hora

Si la promesa de Jesús es el marco del relato, el punto focal es el así llamado “relato de la institución”. Las palabras de la institución son ciertamente extrañas, aunque los cristianos nos hemos acostumbrado a ellas a lo largo de estos dos milenios, Jesús, el rey y el ungido, se identifica a sí mismo con el pan partido y con el vino: “Esto es mi cuerpo… este cáliz es la nueva alianza en mi sangre” (Lucas 22, 19-20). Luego, en el relato de Lucas y Pablo, se recoge el mandato de Jesús de reiterar esta comida “en conmemoración” suya. Este mandato hace del pasaje el relato de la última comida de Jesús antes de su muerte. Pero Jesús manda a los apóstoles que repitan la cena cuando Él ya no esté visiblemente presente. Y así, la narración de la Última Cena se convierte en el relato fundacional para la actuación de la Iglesia, como vemos en los Hechos de los Apóstoles (2, 42, 46; 20, 7, 11;27, 35)

La fe es razonable (Scott Hahn)

Orar es siempre posible



El tiempo del cristiano es el de Cristo resucitado que está con nosotros “todos los días” (Mt 28, 20), cualesquiera que sean las tempestades (cf Lc 8, 24).

Nuestro tiempo está en las manos de Dios: «Conviene que el hombre ore atentamente, bien estando en la plaza o mientras da un paseo: igualmente el que está sentado ante su mesa de trabajo o el que dedica su tiempo a otras labores, que levante su alma a Dios: conviene también que el siervo alborotador o que anda yendo de un lado para otro, o el que se encuentra sirviendo en la cocina, intenten elevar la súplica desde lo más hondo de su corazón» (San Juan Crisóstomo, De Anna, sermón 4, 6).

María y el demonio



Lo que Lucifer perdió por su orgullo, lo ganó María con su humildad. “La humilde María triunfará siempre sobre aquel orgulloso, y con victoria tan completa, que llegará a aplastarle la cabeza (Gén 3,15). María descubrirá siempre su malicia de serpiente, manifestará sus tramas infernales, desvanecerá sus planes diabólicos y defenderá hasta el fin a sus servidores de aquellas garras mortiferas”. Satanás no soporta ser vencido por una criatura, María

Vanidad

Supongamos que hasta ahora hayas vivido gozando de honras y placeres, ¿de qué te habrá servido todo eso si ahora en este momento tuvieras que morir? “Te reclamarán el alma”. “Insensato y necio quien atesora riquezas para sí y no se enriquece en orden a Dios (Lucas 12)

Recuerda que todo es vanidad, menos el amar y servir a Dios y hacer lo que Él manda “De muchas cosas te preocupas, pero sólo una es necesaria (Lucas 10, 41)

Imitación de Cristo (Tomás de Kempis)