Poco a poco este bello pulpo nos asfixia cada día más



Las posibilidades de manipular desde la política la opinión del público aumentan de manera proporcional al poder político que se detenta. Cuando el político ha llegado a hacerse con el poder del Estado es frecuente que utilice sus aparatos ideológicos para dar a la opinión pública la forma que él desea que esta tenga. En esto consisten, después de todo, los programas educativos del Estado, los medios audiovisuales estatales, la propaganda oficial, los órganos de censura ideológica (instituciones «contra la discriminación», por ejemplo), y así sucesivamente.

El Estado es, en el mundo moderno, el agente cultural más poderoso de todos, porque a todos obliga y porque sus gastos se sufragan con recursos obtenidos en forma impositiva, cuyo costo de obtención es con mucho un riesgo político-electoral y no un problema económico directo para el erario.

La ventaja, frente a otras instituciones, de la que goza el poder estatal para influenciar ideológicamente, reside en que este último no está subordinado a un mercado que satisfacer, económico y también cultural, donde existe la necesidad de que sus costes sean una inversión productiva y de reproducir o «vender» algo de lo que el público busca realmente. ¿No es lo que se vio hace no mucho en Alemania, cuando el 31 de diciembre de 2015 hordas de inmigrantes (alrededor de mil árabes y magrebíes) llevaron a cabo violaciones masivas en la ciudad de Colonia, y la alcaldesa Henriette Reker solicitó a la prensa que no informara sobre el origen étnico de los violadores, para no perjudicar las políticas migratorias de Angela Merkel («Welcome Refugees»)? ¿No es esto lo que vemos en el complejo de medios estatales que montaron los llamados «socialismos del siglo XXI» en distintos países latinoamericanos, como la Argentina de los Kirchner, la Bolivia de Morales, la Nicaragua de Ortega o la Venezuela de Chávez y Maduro, con los que de manera explícita asumieron sus intenciones de emprender «batallas culturales» para apuntalar la «revolución» que decían encarnar? ¿No es lo que padecen hoy también los mexicanos en las insufribles transmisiones diarias de TV del presidente López Obrador?

AGUSTIN LAJE, LA BATALLA CULTURAL REFLEXIONES CRÍTICAS PARA UNA NUEVA DERECHA

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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