Categoría: San Juan

Santificado sea tu Nombre

«Cuando decimos “santificado sea tu Nombre”, pedimos que sea santificado en nosotros que estamos en él, pero también en los otros a los que la gracia de Dios espera todavía para conformarnos al precepto que nos obliga a orar por todos, incluso por nuestros enemigos. He ahí por qué no decimos expresamente:

Santificado sea tu Nombre “en nosotros”, porque pedimos que lo sea en todos los hombres» (Tertuliano, De oratione, 3, 4)

Esta petición, que contiene a todas, es escuchada gracias a la oración de Cristo, como las otras seis que siguen. La oración del Padre Nuestro es oración nuestra si se hace “en el Nombre” de Jesús (cf Jn 14, 13; 15, 16; 16, 24 26). Jesús pide en su oración sacerdotal: “Padre santo, cuida en tu Nombre a los que me has dado” (Jn 17, 11).

Quienes conforman la genealogía de Jesús?



Es también Abiá, el Padre Señor: “Uno es vuestro padre que está en los cielos” ( Mt 23,9 ). Y San Juan: “Vosotros me llamáis Maestro y Señor” ( Jn 13,13 ). Es también Asá, el que levanta, el que alza.: “El que quita el pecado del mundo” ( Jn 1,29 ). Es Josafat, el que juzga: “Todo el juicio ha dado al Hijo” ( Jn 5,22 ). Es Joram, e l excelso, el elevado: “Ninguno subió al cielo, sino el que descendió del cielo” ( Jn 3,13 ). Es Ozías, el robusto del Señor: “El Señor es mi fortaleza y mi alabanza” ( Sal 117,14 ). Es Joatam, el consumado, el perfecto según el Apóstol: “Cristo es el fin de la ley” ( Rom 10,4 ). Es Acaz, el que convierte: “Convertíos a mí” ( Zac 1,3)

Remigio

El Nombre de Dios Santo



El Nombre de Dios Santo se nos ha revelado y dado, en la carne, en Jesús, como Salvador (cf Mt 1, 21; Lc 1, 31): revelado por lo que Él es, por su Palabra y por su Sacrificio (cf Jn 8, 28; 17, 8; 17, 17-19). Esto es el núcleo de su oración sacerdotal: “Padre santo por ellos me consagro a mí mismo, para que ellos también sean consagrados en la verdad” (Jn 17, 19). Jesús nos “manifiesta” el Nombre del Padre (Jn 17, 6) porque “santifica” Él mismo su Nombre (cf Ez 20, 39; 36, 20-21). Al terminar su Pascua, el Padre le da el Nombre que está sobre todo nombre: Jesús es Señor para gloria de Dios Padre (cf Flp 2, 9-11)

Quien escucha mi voz

Porque las ayudas humanas son muy variables y pronto se acaban y desaparecen. Pero Cristo ha prometido: “A quienes escuchan mi voz yo les doy vida eterna y no perecerán jamás y nadie les arrebatará de mi mano (Juan 10, 27) Él nos ayuda eficazmente hasta el final


Imitación de Cristo. Tomás de Kempis

Consejos que conducen a la Vida Eterna

Vamos pues, alma fiel. Prepárale digna morada espiritual a este gran amigo para que venga a visitarte y a hablar contigo.

Porque Él ha dicho: Quien me ama cumplirá mis mandamientos, y vendremos a él, y haremos en él nuestra morada (Juan 14, 23)

Así Yahvé cumplirá la promesa que hizo diciendo: `Si tus hijos guardan su senda, caminando fielmente en mi presencia, con todo su corazón y toda su alma no te faltará uno de los tuyos sobre el trono de Israel.’ (1 Reyes)

Hazle pues una digna habitación a Cristo en tu espíritu, y no dejes entrar a los que a Él se oponen. Niégale la entrada a lo demás

Imitación de Cristo (Tomás de Kempis)

Consejos que conducen a la Vida Eterna

Vendrá Cristo a visitarte y a concederte consuelos y alegrías si en tu interior le preparas digna morada. “Si alguno me ama – dijo Jesús- yo le amaré, y me manifestaré a él” (Juan 14,21) Toda su gloria y su belleza son interiores, y en la vida interior le agrada estar

Imitación de Cristo (Tomás de Kempis)

Que estás en el cielo



El símbolo del cielo nos remite al misterio de la Alianza que vivimos cuando oramos al Padre. Él está en el cielo, es su morada, la Casa del Padre es, por tanto, nuestra “patria”. De la patria de la Alianza el pecado nos ha desterrado (cf Gn 3) y hacia el Padre, hacia el cielo, la conversión del corazón nos hace volver (cf Jr 3, 19-4, 1a; Lc 15, 18 21).

En Cristo se han reconciliado el cielo y la tierra (cf Is 45, 8; Sal 85, 12), porque el Hijo “ha bajado del cielo”, solo, y nos hace subir allí con Él, por medio de su Cruz, su Resurrección y su Ascensión (cf Jn 12, 32; 14, 2-3; 16, 28; 20, 17; Ef 4, 9-10; Hb 1, 3; 2, 13)

Cuando la Iglesia ora diciendo “Padre nuestro que estás en el cielo”, profesa que somos el Pueblo de Dios “sentado en el cielo, en Cristo Jesús” (Ef 2, 6), “ocultos con Cristo en Dios” (Col 3, 3), y, al mismo tiempo, “gemimos en este estado, deseando ardientemente ser revestidos de nuestra habitación celestial” (2 Co 5, 2; cf Flp 3, 20; Hb 13, 14): «Los cristianos están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan su vida en la tierra, pero son ciudadanos del cielo» (Epistula ad Diognetum, 5, 8-9).

Evangelio

San Juan 6:51-58
Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.» Discutían entre sí los judíos y decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre.»

Palabra del Señor

Padre nuestro



Si recitamos en verdad el “Padre nuestro”, salimos del individualismo, porque de él nos libera el Amor que recibimos. El adjetivo “nuestro” al comienzo de la Oración del Señor, así como el “nosotros” de las cuatro últimas peticiones no es exclusivo de nadie. Para que se diga en verdad (cf Mt 5, 23-24; 6, 14-16), debemos superar nuestras divisiones y los conflictos entre nosotros

Los bautizados no pueden rezar al Padre “nuestro” sin llevar con ellos ante Él todos aquellos por los que el Padre ha entregado a su Hijo amado. El amor de Dios no tiene fronteras, nuestra oración tampoco debe tenerla (cf. NA 5). Orar a “nuestro” Padre nos abre a dimensiones de su Amor manifestado en Cristo: orar con todos los hombres y por todos los que no le conocen aún para que “estén reunidos en la unidad” (Jn 11, 52). Esta solicitud divina por todos los hombres y por toda la creación ha inspirado a todos los grandes orantes: tal solicitud debe ensanchar nuestra oración en un amor sin límites cuando nos atrevemos a decir Padre “nuestro”

Segunda reunión contra Cristo



la siguiente asamblea sucedió en febrero del 782 (año 34 de Jesús), cerca de cuatro meses y medio después de la primera. Dicha asamblea fue ocasionada, ni más ni menos, que por la asombrosa resurrección de Lázaro siendo el mismo Caifás quien proponga la pena de muerte ratificada por unanimidad: «Algunos de los judíos fueron a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús. A raíz de ello, los pontífices y los fariseos reunieron el concejo y decían: “¿Qué haremos? Este hombre hace muchos milagros. Si le dejamos continuar, todos creerán en él, y vendrán los romanos y se apoderarán de nuestro país y de sus habitantes”. Pero uno de ellos, nombrado Caifás, que era el príncipe de los sacerdotes aquel año, les dijo: “Vosotros no sabéis nada, y no consideráis que vale más que un solo hombre muera por todo el pueblo, y no que toda la nación perezca”. Así es que desde aquel día resolvieron hacerle morir. Por esto Jesús ya no se presentaba en público entre los judíos; sino que se fue de allí, a un país vecino del desierto, a una ciudad denominada Efrén, y allí estaba con sus discípulos… Los pontífices y los fariseos habían ordenado que, si alguno sabía dónde estaba, lo declarase, a fin de aprehenderle» (Jn 11, 43-57).

Así pues, fue en este segundo concejo que se decidió dar muerte a Jesús, por resolución del gran sacerdote: Vale más que uno solo hombre muera… Dicha sentencia, retengámoslo, fue pronunciada sin citar al condenado, sin oírle, sin acusadores ni testigos, sin defensa; la única razón era la de detener el curso de los milagros e impedir que el pueblo creyese en Él…

Y todo el concejo ratificó servilmente el veredicto: desde aquel día resolvieron hacerle morir…