Padre Janis Pavlovskis


era un hombre santo. Irradiaba santidad. Era un alma callada, discreta, muy educada y muy amable. No era un hombre distante en el sentido frío de la palabra sino en el sentido noble, con una verdadera bondad. Y eso me impresionó muchísimo, su rostro y su calma. Escuchó mi primera confesión cuando tenía diez años y me dio la Primera Comunión. Mi madre me preparó para la Primera Comunión, ella fue mi catequista y me preparó muy bien
Mientras nosotros estábamos en la habitación de este sacerdote santo, él estaba en la iglesia y visitaba a sus feligreses, de modo que podíamos estar solos en familia.
Lo que me impresionaba de esa habitación era que estaba llena de libros. El sacerdote era un hombre culto y docto. Escribió un catecismo católico en ruso, uno muy bueno y tradicional, y también un libro buenísimo sobre la historia de la Iglesia. Tenía muchos libros. Eso me impactaba. Recuerdo que había un libro que me entusiasmaba. Era un libro de Roma con ilustraciones, había una de las catacumbas. Le pregunté «¿Qué es esto?». Contestó: «Son las catacumbas». «¿Qué son las catacumbas?», pregunté. «Eran escondites donde los cristianos tenían que ocultarse cuando había persecuciones, y a veces se les mataba en aquellos lugares». La frase me impactó y la meditaba en mi alma
Athanasius Schneider, O.R.C.Christus Vincit

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