Categoría: Comunión

Hoy



Aprendemos a orar en ciertos momentos escuchando la Palabra del Señor y participando en su Misterio Pascual; pero, en todo tiempo, en los acontecimientos de cada día, su Espíritu se nos ofrece para que brote la oración. La enseñanza de Jesús sobre la oración a nuestro Padre está en la misma línea que la de la Providencia (cf. Mt 6, 11 34): el tiempo está en las manos del Padre; lo encontramos en el presente, ni ayer ni mañana, sino hoy: “¡Ojalá oyerais hoy su voz!: No endurezcáis vuestro corazón” (Sal 95, 7-8)

Orar en los acontecimientos de cada día y de cada instante es uno de los secretos del Reino revelados a los “pequeños”, a los servidores de Cristo, a los pobres de las bienaventuranzas. Es justo y bueno orar para que la venida del Reino de justicia y de paz influya en la marcha de la historia, pero también es importante impregnar de oración las humildes situaciones cotidianas. Todas las formas de oración pueden ser la levadura con la que el Señor compara el Reino (cf Lc 13, 20-21).

LAS FUENTES DE LA ORACIÓN



El Espíritu Santo es el “agua viva” que, en el corazón orante, “brota para vida eterna” (Jn 4, 14). Él es quien nos enseña a recogerla en la misma Fuente: Cristo. Pues bien, en la vida cristiana hay manantiales donde Cristo nos espera para darnos a beber el Espíritu Santo

LA TRADICIÓN DE LA ORACIÓN



La oración no se reduce al brote espontáneo de un impulso interior: para orar es necesario querer orar. No basta sólo con saber lo que las Escrituras revelan sobre la oración: es necesario también aprender a orar. Pues bien, por una transmisión viva (la sagrada Tradición), el Espíritu Santo, en la “Iglesia creyente y orante” (DV 8), enseña a orar a los hijos de Dios

La tradición de la oración cristiana es una de las formas de crecimiento de la Tradición de la fe, en particular mediante la contemplación y la reflexión de los creyentes que conservan en su corazón los acontecimientos y las palabras de la Economía de la salvación, y por la penetración profunda en las realidades espirituales de las que adquieren experiencia (cf DV 8).

Acción de gracias por la Eucaristía

Honor y Alabanzas os sean dados, dulcísimo Jesús, por el inmenso amor que os hace bajar del cielo en cada Misa, donde el pan y el vino se convierten en vuestro Cuerpo y vuestra Sangre, os ocultaís bajo estas viles apariencias, desarmáis la cólera de vuestro Padre, y obteneis la remisión de las penas que hemos merecido.. Tiernamente os damos gracias por este beneficio inestimables; os alabamos, os bendecimos, os glorificamos con toda nuestra alma. Suplicamos a las potestades del Cielo suplan la insuficiencia de nuestras acciones de gracias. Oh Jesús, dignaos abrir los ojos de nuestro espíritu, para que adelantando cada día en el conocimiento de los grandes misterios del Santo Sacrificio, podamos honrarle dignamente y aplicarle por nuestra salvación.

La adoración



es la primera actitud del hombre que se reconoce criatura ante su Creador. Exalta la grandeza del Señor que nos ha hecho (cf Sal 95, 1-6) y la omnipotencia del Salvador que nos libera del mal. Es la acción de humillar el espíritu ante el “Rey de la gloria” (Sal 14, 9-10) y el silencio respetuoso en presencia de Dios “siempre mayor” (San Agustín, Enarratio in Psalmum 62, 16). La adoración de Dios tres veces santo y soberanamente amable nos llena de humildad y da seguridad a nuestras súplicas.

Padre Janis Pavlovskis


era un hombre santo. Irradiaba santidad. Era un alma callada, discreta, muy educada y muy amable. No era un hombre distante en el sentido frío de la palabra sino en el sentido noble, con una verdadera bondad. Y eso me impresionó muchísimo, su rostro y su calma. Escuchó mi primera confesión cuando tenía diez años y me dio la Primera Comunión. Mi madre me preparó para la Primera Comunión, ella fue mi catequista y me preparó muy bien
Mientras nosotros estábamos en la habitación de este sacerdote santo, él estaba en la iglesia y visitaba a sus feligreses, de modo que podíamos estar solos en familia.
Lo que me impresionaba de esa habitación era que estaba llena de libros. El sacerdote era un hombre culto y docto. Escribió un catecismo católico en ruso, uno muy bueno y tradicional, y también un libro buenísimo sobre la historia de la Iglesia. Tenía muchos libros. Eso me impactaba. Recuerdo que había un libro que me entusiasmaba. Era un libro de Roma con ilustraciones, había una de las catacumbas. Le pregunté «¿Qué es esto?». Contestó: «Son las catacumbas». «¿Qué son las catacumbas?», pregunté. «Eran escondites donde los cristianos tenían que ocultarse cuando había persecuciones, y a veces se les mataba en aquellos lugares». La frase me impactó y la meditaba en mi alma
Athanasius Schneider, O.R.C.Christus Vincit