El principal daño es el debilitamiento progresivo de las fuerzas del alma: esto es peligrosísimo porque se da casi sin sentir; nadie cae en tibieza espiritual de un momento a otro; es un proceso en el que el deseo de santidad se va extinguiendo, el amor por la oración disminuye, el ardor apostólico se apaga.
Ceguera de conciencia: del continuo querer excusar y tapar las propias faltas, se llega a juzgar falsamente, y a considerar, como leves, faltas de suyo graves. Se forma así una conciencia laxa, relajada, que no considera la gravedad de las imprudencias o de los pecados que se cometen, que ya no reacciona para detestarlos, y que cae culpablemente en errores
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