Categoría: Antiguo Testamento

Evangelio

Aleluya, aleluya.
Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados por la carga y yo os aliviaré, dice el Señor.
Aleluya.
EVANGELIO
Lc 14, 15-24.
Sal por los caminos y senderos, e insísteles hasta que entren y se me llene la casa.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

En aquel tiempo, uno de los comensales dijo a Jesús: –¡Dichoso el que coma en el banquete del reino de Dios! Jesús le contestó: «Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente; a la hora del banquete mandó un criado a avisar a los convidados: “Venid, que ya está preparado”. Pero ellos se excusaron uno tras otro. El primero le dijo: “He comprado un campo y tengo que ir a verlo. Dispénsame, por favor”. Otro dijo: “He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Dispénsame, por favor”. Otro dijo: “Me acabo de casar y, naturalmente, no puedo ir”. El criado volvió a contárselo al amo. Entonces el dueño de casa, indignado, le dijo al criado: “Sal corriendo a las plazas y calles de la ciudad y tráete a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos”. El criado dijo: “Señor, se ha hecho lo que mandaste y todavía queda sitio”. Entonces el amo dijo: “Sal por los caminos y senderos, e insísteles hasta que entren y se me llene la casa. Y os digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete”».
Palabra del Señor.

Frases engañosas

Son mentiras disfrazadas de verdad que pretenden cambiar la manera de pensar bajo la premisa: “cambia tu manera de pensar y cambiará tu manera de vivir”. El mundo utiliza un lenguaje relativista, que invierte los valores, y que termina por convertirse en la norma de vida de quien lo escucha y adopta, y es así como hoy llamamos “habilidad” al engaño, “arte” a la pornografía, “anticuada” a la mujer decente, “rehacer su vida” al adulterio, “para adultos” a espectáculos inmorales, “sexualidad responsable” a la anticoncepción, “hacer el amor” a la fornicación, “libre desarrollo de la personalidad” al homosexualismo, etc.
Este ambiente anticristiano, que es el mundo, se guía por máximas como: “somos jóvenes, hay que disfrutar la vida”; “Dios es muy bueno y comprensivo, no por gozar y divertirnos nos va a condenar”; “comamos y bebamos que mañana moriremos” “si nos amamos ¿por qué va a estar mal hacerlo?”
Como dicen por ahí: “repite una mentira cien veces y terminarás creyéndola”, y esta es, precisamente, la estrategia del mundo: nos repite sus mentiras y engaños, proclama sus máximas que exaltan las riquezas, los placeres, el orgullo, el pecado, y las proclama por doquier hasta lograr que las personas las acepten como verdaderas y terminen viviendo según esos criterios, y no según los del Evangelio.
Si Cristo nos dice: “Bienaventurados los humildes, los pobres, los limpios de corazón, los que sufren” (Mt 5,1-12), el mundo, en oposición, proclama: “Bienaventurados los poderosos, los que poseen fama y riquezas, bienaventurados los lujuriosos y hedonistas”; cuando Cristo nos enseña “ama a Dios sobre todos las cosas y a tu prójimo como a ti mismo”, el mundo nos dice “ámate a ti mismo por sobre todas las cosas”, “odia y persigue a tus enemigos”.
Ante dicha situación, es muy importante no dejarnos engañar por estos conceptos falsos, y más importante aún, cristianizar nuestra manera de pensar y nuestro lenguaje.

La Nube y la Gloria de Dios


Los santos del Antiguo Testamento, se nos dice, habitan en “una nube”, una nube envolvente. Y para un auditorio de judíos del siglo primero esa afirmación estaba llena de significado. Para los “hebreos”, a quienes va dirigida la Carta, la nube era, simple y llanamente, la Gloria de Dios. Cuando Dios condujo a los israelitas a través del desierto, durante días se les aparecía como una columna de nubes. Cuando Dios se hacía presente ante ellos en el tabernáculo (y más tarde en el Templo), los israelitas veían solamente su Shekinah, la nube de gloria que acompaña a Dios. En el Nuevo Testamento, una nube también descendió para llevarse a Jesús a los cielos, ante la mirada atónita de sus discípulos. Y así el fiel difunto, que habita ahora en la “nube de los testigos”, literalmente está entre los santos en la gloria.

Sobre el bien común

Sobre el bien común

Las interdependencias humanas se intensifican. Se extienden poco a poco a toda la tierra. La unidad de la familia humana que agrupa a seres que poseen una misma dignidad natural, implica un bien común universal. Este requiere una organización de la comunidad de naciones capaz de “[proveer] a las diferentes necesidades de los hombres, tanto en los campos de la vida social, a los que pertenecen la alimentación, la salud, la educación [], como en no pocas situaciones particulares que pueden surgir en algunas partes, como son [] socorrer en sus sufrimientos a los refugiados dispersos por todo el mundo o de ayudar a los emigrantes y a sus familias” (GS 84, 2)

El bien común está siempre orientado hacia el progreso de las personas: “El orden social y su progreso deben subordinarse al bien de las personas y no al contrario” (GS 26, 3). Este orden tiene por base la verdad, se edifica en la justicia, es vivificado por el amor

Perfección

Se dice que un ser es perfecto en cuanto tiene en sí la máxima excelencia según su forma de ser. Ahora bien, Dios, al constituirse como el Ser Subsistente, ha de tener necesariamente en Sí toda la perfección y excelencia del ser en general, que es en sí la mayor de las perfecciones y excelencias. Además, ha de tener también en Sí -aunque de modo simple- todas las perfecciones de los demás seres particulares puesto que, al constituirse como el fundamento del ser de todos ellos, también se constituirá como el fundamento de sus perfecciones. Por tanto, no le falta ninguna perfección. Luego, Dios es perfecto

Dante Urbina

Autoridad

La autoridad no saca de sí misma su legitimidad moral. No debe comportarse de manera despótica, sino actuar para el bien común como una “fuerza moral, que se basa en la libertad y en la conciencia de la tarea y obligaciones que ha recibido” (GS 74, 2)

«La legislación humana sólo posee carácter de ley cuando se conforma a la justa razón; lo cual significa que su obligatoriedad procede de la ley eterna. En la medida en que ella se apartase de la razón, sería preciso declararla injusta, pues no verificaría la noción de ley; sería más bien una forma de violencia» (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 1-2, q 93, a 3 ad 2).

Autoridad y bien común

Si bien la autoridad responde a un orden fijado por Dios, “la determinación del régimen y la designación de los gobernantes han de dejarse a la libre voluntad de los ciudadanos” (GS 74, 3).

La diversidad de los regímenes políticos es moralmente admisible con tal que promuevan el bien legítimo de la comunidad que los adopta. Los regímenes cuya naturaleza es contraria a la ley natural, al orden público y a los derechos fundamentales de las personas, no pueden realizar el bien común de las naciones en las que se han impuesto