San Agustín



San Agustín Escéptico, lujurioso, soberbio… así era Agustín -luego San Agustín- antes de encontrar a Dios… o mejor dicho, antes de que Dios lo encontrara a él. Aurelio Agustín nació el 13 de noviembre del 354 en Tagaste, al norte de África. Su padre, Patricio, no era nada religioso. En cambio su madre Mónica (hoy Santa Mónica) era todo un ejemplo de piedad. Madre amorosa y abnegada, le enseñó desde pequeño a su hijo los principios básicos de la religión cristiana. “Todavía siendo niño había yo oído hablar de la Vida Eterna que nos tienes prometida por tu Hijo nuestro Señor, cuya humildad descendió hasta nuestra soberbia”, escribía Agustín en su bellísimo libro autobiográfico Confesiones.. Sin embargo, apenas llegado a la adolescencia se alejó del camino del Cristianismo y comenzó a llevar una vida desordenada y mundana. “En el decimosexto año de mi vida (…) se formó en mi cabeza un matorral de concupiscencias que nadie podía arrancar”.

Impulsado por los malos amigos fue cayendo en cada vez más y más pecados (en especial de impureza): “Iba desbocado, con una ceguera tal, que no podía soportar que me superaran en malas acciones aquellos compañeros que se jactaban de sus fechorías tanto más cuanto peores eran” (3). Su madre sufría terriblemente al ver todo esto y trató de corregir a su hijo, pero este se alejaba cada vez de ella. Años más tarde Agustín se llamará a sí mismo “el hijo de las lágrimas de mi madre”. “Mi madre (…) lloró por mí más de lo que suelen todas las madres llorar los funerales corpóreos de sus hijos. Ella lloraba por mi muerte espiritual” (4). Dotado de una extraordinaria inteligencia, Agustín se interesará especialmente por la literatura clásica griega. A su vez, poseedor de una gran elocuencia, se destacará en las ramas de la poesía y la retórica. Los halagos y fama no tardaron en llegar así como su soberbia no tardó en crecer.

A los diecinueve años leyó el Hortensius de Cicerón. Tal fue el impacto de esta obra en el espíritu de Agustín que hizo que decidiera dedicarse de lleno a la filosofía. Lamentablemente ello (en un inicio) terminó alejándolo más de Dios. “Tú, Dios mío, me habías dado un entendimiento vivaz y agudo para discutir; pero siendo dones tuyos no los usaba yo para tu alabanza. Por eso mis conocimientos me resultaban más que útiles, perniciosos”.. En su incansable y apasionada búsqueda de la verdad, Agustín pasa de una escuela filosófica a otra sin encontrar una respuesta satisfactoria a sus inquietudes. Finalmente abraza el maniqueísmo creyendo que en este sistema encontraría un modelo según el cual podría orientar su vida. Varios años siguió esta doctrina, pero (principalmente por causa de sus estudios de filosofía) comenzó a tener dudas.

No pudiendo responder a sus dudas, los maniqueos le dijeron que esperara al obispo Fausto, quien las resolvería todas sin problemas. Así, escribe, “durante esos nueve años bien corridos en que con inmenso deseo de verdad pero con ánimo vagabundo escuché a los maniqueos, estuve esperando la llegada del dicho Fausto. Porque los otros maniqueos con que dada la ocasión me encontraba y no eran capaces de responder a mis objeciones, me prometían siempre que cuando él llegara, con su sola conversación les daría el mate a mis objeciones y aun a otras más serias que yo pudiera tener”.

Sin embargo, llegado Fausto, todo fue una gran decepción: “Cuando Fausto por fin llegó me encontré con un hombre muy agradable y de fácil palabra; pero decía lo que todos los demás solo que con mayor elegancia. (…) Los que tanto me lo habían ponderado no tenían buen criterio: les parecía sabio y prudente solo porque tenía el arte del buen decir” (6). ¿Aceptaría entonces Agustín la verdad? No. “No hay verdad” se dijo en su corazón y se volvió escéptico. “Entonces, dudando de todo (…) y fluctuando entre nubes de incertidumbre decidí que mientras durara mi dubitación, no podía seguir ya de cierto con los maniqueos. Pero también a los filósofos me negaba yo a confiarles la salud de mi alma”


Mas “no podía perderse el hijo de tantas lágrimas”. Y Dios no iba a dejarlo solo… Lo envió hasta un ángel: Ambrosio (ahora San Ambrosio), obispo de Milán. ¿El anzuelo? Pues su pasión por la retórica (sí, señores, Dios sabe nuestros gustos). Ambrosio era uno de los mejores oradores de todo el orbe. Agustín comenzó entonces a asistir a sus prédicas… sin sospechar nada acerca de la trampa que le tenía preparada Dios a su escepticismo… “Me quedaba todavía una frívola desesperación al pensar que el camino hacia Ti está cerrado al hombre; y en esta disposición de ánimo no me preocupaba por aprender lo que él (Ambrosio) decía y solo me fijaba en el modo cómo lo decía. Y sin embargo, llegaban a mi alma, envueltas en las bellas palabras que apreciaba las grandes verdades que despreciaba, y no podía yo disociarlas. Y mientras abría mi corazón para apreciar lo bien que enseñaba las cosas, me iba percatando muy poco a poco de cuán verdaderas eran las cosas que enseñaba. Gradualmente fui derivando a pensar que tales cosas eran aceptables. Respecto a la fe católica pensaba antes que no era posible defenderla de las objeciones de los maniqueos; pero entonces creía que podía aceptarse sin imprudencia, máxime cuando tras haber oído las explicaciones de Ambrosio una vez y otra y muchas más, me encontraba con que él resolvía satisfactoriamente algunos enigmas del Antiguo Testamento entendidos por mí hasta entonces de una manera estrictamente literal que había matado mi espíritu” (9). Sin embargo, Agustín no se entregaba del todo a la fe. “Por miedo a precipitarme en algún yerro, suspendía yo mi asentimiento, sin darme cuenta de que tal suspensión me estaba matando”.. Pero ese no era el único motivo (y ni siquiera el principal). Agustín todavía seguía hundido “en la ciénaga de los placeres carnales” y sabía muy bien que si se hacía creyente no solo tendría que cambiar su modo de pensar sino también su modo de vivir. Pero Dios no se iba a rendir. Ya encontraría la forma de atraerlo. Fue justamente en aquella época que estalló la crisis decisiva previa a la conversión de Agustín. Habiendo sido un día visitado en su casa por un cristiano llamado Ponticiano, este le contó la historia del monje egipcio Antonio, quien había abandonado el mundo para consagrarse a Dios. Tremendamente consternado al darse cuenta de cómo contrastaba esto con su modo de vida se reprochó muy duramente su tibieza y cobardía diciendo a su compañero Alipio: “¿ Por qué tenemos que aguantar todo esto? ¿Te das cuenta cabal de lo que hemos oído? ¡Mira cómo los indoctos se levantan y arrebatan el reino de los cielos mientras nosotros, llenos de saber pero sin corazón, nos estamos revolcando en la carne y en la sangre! ¿No queremos seguirlos nada más porque nos han tomado la delantera? ¿Y no es mayor vergüenza si ni siquiera intentamos seguirlos?”.

No pudiendo más con el peso que llevaba dentro de sí mismo se retiró al jardín y tendido bajo una higuera se echó a llorar. Allí se llevó a cabo en su alma la lucha final entre el pecado y la gracia: “Así iba yo, enfermo y atormentado y haciéndome acusaciones más acerbas que nunca y volviéndome y revolviéndome en mi cautiverio mientras no acababa de romperse el lazo que aún me retenía, delgado ya pero todavía persistente. Y entre tanto tú, Señor, con severa misericordia seguías haciendo presión en lo más hondo de mi alma” (12). Pero no podía decidirse. “¿ Cuándo, cuándo acabaré de decidirme? ¿Lo voy a dejar siempre para mañana? ¿Por qué no dar fin ahora mismo a la torpeza de mi vida?”, se increpaba. Y fue ahí donde vino el golpe final de la gracia: “Mientras tanto se oyó una voz, de niño o niña, que desde la casa vecina repetía cantando: Toma y lee, toma y lee. Al punto mudó mi ánimo y comencé a preguntarme con fija atención si había oído alguna vez cantar a los niños una letrilla semejante. (…) Volví entonces apresuradamente al lugar en que estaba sentado Alipio, pues allí había dejado el libro del apóstol. Lo tomé, lo abrí y leí en silencio el capítulo en que habían caído mis ojos.

Decía: ‘No andéis en comilonas ni borracheras; no en las recámaras y en la impudicia, ni en contiendas y envidias; sino revestíos de nuestro Señor Jesucristo y no os dejéis llevar por las concupiscencias de la carne’ (Romanos 13: 13- 14). No quise leer más, ni era necesario. Porque al terminar de leer la última sentencia una luz segurísima penetró en mi corazón disipando de golpe las tinieblas de mi dubitación” (13). Así fue como Dios lo atrapó. Agustín fue bautizado como el 23 de abril del 387, a los treinta y tres años, por el santo obispo Ambrosio. Las lágrimas de su madre habían triunfado. El 391 fue consagrado sacerdote y el 395, obispo. Considerado el más grande de los Padres de la Iglesia escribió infinidad de libros apologéticos y polémicos entre los que destacan De Trinitate, De Vera Religione, De Civitate Dei, De Doctrina Christiana, De Gratia et Libero Arbitrio, Contra Académicos, Contra Juliano, entre otros. “Nos creaste para Ti, Señor, y nuestro corazón estará siempre inquieto hasta que no descanse en Ti”. Estas palabras con que se inician las Confesiones (14) resumen perfectamente el itinerario de San Agustín. Buscó la felicidad en la riqueza, los placeres y los honores… pero no la encontró. Su corazón había sido hecho para Dios y a Él volvería.

San Agustín, Confesiones

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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